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26/2/13

Pestañear de puerta en puerta


He vivido entre los muertos
Son todo cicatrices y ríen como hienas

¿Vivir es estar?
No es sólo eso
Es pestañear de puerta en puerta

Algunos muertos son indefensos
me han dibujado bosques cuando estaba dormida

¿Vivir es ser?
Es más que es eso

Tener trozos de ti debajo del pulmón y esperar cortinas rojas al final
un gesto virgen, no estar manchado, doler y tener
frío en los andenes, calor, dos cuerpos descubriéndose, reconocer
tus arrugas en mis ojos
tan abiertos 

Vivir, sólo eso

'The Walk to Paradise Garden'. W. Eugene Smith

4/5/12

Diario de Nueva York


Tengo un problema con las citas. Me obsesionan. Por extraño que parezca, la explicación a esta enfermedad, cuyos síntomas aparecen en todos los textos que escribo en el periódico, está en American History X (obra maestra). Hacia el final de la película se escucha la voz en off de Danny, el hermano pequeño de Derek. Está escribiendo su ensayo para el instituto, en el que viene a decir que se ha dado cuenta de que no merece la pena pasarse la vida cabreado y en ese momento se escucha algo así:

Dereck dice que siempre viene bien acabar un trabajo con una cita, dice que siempre hay alguien que lo ha hecho mejor que tú, que si no puedes superarlo, puedes robárselo y aprovecharte.  Así que he escogido algo que creo que le gustará: No debemos ser enemigos. Si bien la pasión puede tensar nuestros lazos de afecto, jamás debes romperlos. 

Mucha gente ha escrito maravillas sobre Nueva York, pero nadie la comprendió tan bien como Federico García Lorca.

Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
 Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.

Así es esta ciudad. Despierta, inmensa, contradictoria. Con un arcoiris amarillo dejando su huella por los edificios de piedra. Ya hace dos días que volví y no me la puedo quitar de la cabeza. Sonará a algo que diría Julia Roberts en la típica comedia insulsa y adictiva, pero creo que una parte de mí se ha quedado para siempre en Manhattan o en algunas escaleras de ladrillo rojo. Por eso tengo la necesidad de dejar escritas las cosas que no quiero olvidar.

125, Columbus Avenue, dije al taxista. Y aquella máquina, con televisión en el asiento trasero, enfiló la autopista. Era de noche pero para mí era de día. Y entonces, de repente, aparecieron los rascacielos. Miraba por el cristal, maravillada y dije en voz alta lo que pensaba. ¡Estoy aquí, estoy aquí! Como cuando Jack Lemmon se repite en aquel tren ¡Soy una chica, soy una chica!

Mohamed (siempre hay una tarjeta en el cristal con el nombre del conductor, muy útil para entablar conversaciones), berbiendo a sorbos un café, se giró hacia mí Sorry...you said? Daba igual. Hola, capital del mundo. Pleased to meet you, at last. 


Recuerdo que al día siguiente amanecí a las siete de la mañana con los ojos tan abiertos como los de un felino hambriento. Acompañé a mi amable anfitriona a su trabajo, cerca de Madison Avenue. Café del Starbucks en mano, atravesamos Central Park. Hacía frío de invierno. Caminé por la Quinta Avenida. Allí estaba el escaparate donde Audrey Hepburn tomaba un croissant en el reflejo de un diamante de Tiffany's. Más adelante la catedral de San Patricks y el Rockefeller Center, una mole imponente del magnate del petróleo y sus dos conocidas esculturas. Atlas sosteniendo el mundo y Prometeo, el dios que salvó a los humanos enseñándoles cómo utilizar el fuego. Y me resultó entre mágico y obsceno encontrar tantas referencias mitológicas en un lugar que escupe oro.


Recuerdo la impresión al ver las grúas y el humo en el hueco que todavía queda en el World Trade Center e imaginar el otro humo de la muerte el 11S. Y después subir al ferry camino de Staten Island para ver más de cerca a la mujer de la antorcha, símbolo de la libertad. En su base de metal hay una inscripción de un poema de Emma Lazarus.


Una poderosa mujer con una antorcha cuya llama es el relámpago aprisionado, y su nombre Madre de los Desterrados. Desde el faro de su mano brilla la bienvenida para todo el mundo.

De hecho, de 1886 a 1902 la Estatua de la Libertad funcionó como faro y su luz era tan potente que se veía a 40 kilómetros de distancia. En la cubierta del ferry, con un viento de mil demonios y los murmullos de un grupo de japoneses, intenté imaginar cómo se sentirían aquellos emigrantes europeos que llegaban a la costa de la Tierra Prometida. Y no me pareció algo ni lejano ni extraño.

Esa tarde fui al MoMA (Museum of Modern Art). En la quinta planta, en el segundo pasillo, me paré en seco. Después de verlo, escucharlo e imaginarlo en tantos libros, en boca de profesores, amigos y padres, allí estaba: Las señoritas de Avignon. No tengo muy claro por qué tiene tal trascendencia en la Historia del Arte (algo me quiere sonar de que marco el inicio del cubismo) pero allí me quedé un buen rato mirándolo, perdida entre el rosa y las piernas puntiagudas, pensando que mientras la belleza pudiera guardarse en un lienzo de tres metros, todo lo demás sería menos malo.


Recuerdo Chelsea Hotel, casa de escritores, músicos y poetas, convertido en una ruina cubierta de andamios. La gente paseaba por la cercana High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín desde la que se ven las entrañas de los edificios y, muy al fondo, el Empire State, al que no subí por una absurda rebeldía que todavía no he sabido interpretar. En Chelsea Market estuve hablando con la dueña de un puesto de bolsas de tela con frases (remítanse al primer párrafo, ya dije que estaba enferma). Me habló fascinada del Reina Sofía y me dijo que cinco días eran muy poco tiempo. También me recomendó un regalo para mi novio. La corregí en su error y luego hablamos de la nieve, pero de una forma poética, no como se habla del puñetero frío con el vecino del quinto.

Caminé por Blecker Street y desemboqué en Washington Square Park, donde tenía lugar una animada fiesta del perro salchicha (no confundir con perrito caliente, que también crecían por allí). Los dueños comparaban orejas, correas, dientes, y acariciaban cabecillas peludas. Entrañable y ridículo. Al lado, un tipo rubio tocaba bandas sonoras de película en un piano de cola y, en medio de los aplausos decía a los paseantes : Dejen de mirar a esos estúpidos perros. La música es más importante. Frase que provocaba la cólera de no pocos amos entregados. Yo estaba de lado del pianista, evidentemente, pero me pareció más prudente seguir caminando.

Pasé por canchas de baloncesto en las que sólo jugaban negros musculosos. Mientras hacía fotos sin pudor, un chavalín de gorra y casi dos metros de altura pasó por mi lado y me espetó un Hey, how're you doing? alargando mucho el doing. Se que pretendía seducirme (mi aspecto guiri los tiene locos), pero a mí me recordó tanto a Joey en Friends que me entró la risa floja. Lástima. Podría haber tenido retoños mulatos la mar de monos. Y altos.

El domingo, llegó el momento cumbre del viaje. Muy de mañana puse rumbo a Harlem. Primera parada, Columbia University. Segunda parada, Facultad de Periodismo. Fundada por Pullitzer y probablemente la mejor del mundo. Que no es que estudiar periodismo sea una cosa difícil, nada más lejos. Pero si estudias aquí puedes entrar en cualquier medio de comunicación del mundo. Esto es así. Por ejemplo, gracias a Luna, la amiga que me alojó en su bonita casa del Upper West, conocí a otra chica, Rachel. Nada más acabar el master de periodismo en Columbia había empezado a trabajar en el programa 60 minutos de la CBS que, para los no entendidos, es como trabajar en la BBC o en Informe Semanal si tuviera una audiencia como Telecinco. La bomba, vamos.

El caso es que después de imaginar que descubría el siguiente Watergate (¿creíais que trabajar en El Mundo no iba a despertar mi ambición y mi esquizofrenia?) me dediqué a la tarea de encontrar una iglesia. Quería escuchar una misa gospel. Conclusiones básicas: Qué lastima damos los turistas acudiendo en masa al templo como si aquello fuera una sala de cine. Segundo: ¿saben ustedes el anuncio de las pilas Duracell? Bien, pues el catolicismo europeo es el conejo que se cansa, se duerme y se queda solo de solemnidad, y el americano es, quedándome corta, Usain Bolt con luces de colores. Aquello es la pera limonera.

Nada más entrar, unas negras vestidas de enfermeras, es decir, con traje blanco de chaqueta, me indicaron donde había un sitio libre. Afortunadamente, acabé dando con una iglesia en la que la proporción turistas/fieles era casi equilibrada. Llegué justo en el momento crucial de "Darse la paz". Una señora que estaba al lado del reverendo se lanzó el micro y gritó: Stand up! , stand up and tell your neighbour you love him! Así que la Iglesia entera se puso en pie y todo el mundo empezó a abrazarse como si se fueran mínimo a una guerra lejana. Y, a la par, algunos gritaban I love u! Nada de drogas, sólo música celestial. Yo observaba embelesada. Luego empezaron los cánticos y el rock 'n roll. Porque señores, había voces pero también había una batería y un órgano despertando del letargo. ¡Aquello era una fiesta! No es que entendiera mucho el discurso religioso, porque cada tres palabras se colaba un sonoro Amen, pero les juro que casi me convencieron de que tenía que revisar mi falta de fe.

Luego estuve paseando por Central Park. Allí estaban los estereotipos que me faltaba por ver. Las chicas de cuerpos esculturales matándose a hacer deporte. Las familias paseando a sus cinco perros. Los niños jugando al baseball. Llegué hasta el Metropolitan, la inmensidad de nuevo. Recuerdo una exposición de fotografías de desnudos que estaba más llena que el metro en Japón. Los que habían ido sólo por ver tetas eran los que se daban codazos y reían nerviosamente. La tontería es universal, gracias a Dios. También recuerdo las salas dedicadas al arte de Oceanía y África. Del techo colgaba una canoa de madera de por lo menos 20 metros. Y las máscaras, con aquella luz tan ténue, daban bastante canguelo, que es una palabra que hay que decirla más.

El día terminó en The Top of The Rock, osea en el piso 70 del Rockefeller Center. Subí hacia las seis de la tarde y allí me quedé hasta que se hizo de noche porque quería ver cómo se iluminaba el Empire State Building. También tengo otra obsesión con las puestas de sol. Es que me maravilla que en cuestión de segundos el cielo pueda cambiar tanto de color. ¿Ven que poco hace falta para hacerme feliz? Corran a decírselo a mi príncipe azul, hagan el favor.

Enfin, el caso es que allí estuve, en un banquito de madera, viendo cómo se hacía de noche y cómo aquel mirador se iba llenando de gente. A mi lado las parejas se hacían arrumacos y un francés que pronunciaba mucho la h discutía con el típico fotógrafo que hace las fotos-recuerdo los trucos para conseguir la mejor imagen. Recuerdo que sonaba Frank Sinatra en mi ipod, porque en algunos momentos cruciales de la vida sólo puedes confiar en los clásicos, y me sentí feliz y triste a la vez.

Podría seguir escribiendo de la ciudad que huele a grasa, azúcar y gasolina. Del metro, donde parece que en cualquier momento alguien va a sacar una pistola o un saxo. De las gorras de los policías y de los tacones brillantes. De la música del camión de los helados y los carteles verdes que indican las calles. Del puente de Brooklyn, las escaleras de incendios, los huevos al estilo Benedict, los camareros que se dedican a llenarte el vaso de agua con frenesí,  los cócteles desde las 10 de la mañana. De aquellos enjambres de ventanas acribillando la noche. Volveré, Nueva York, ya lo creo que volveré.

pd: Esta entrada esta inspirada, de alguna forma, en esta, genial por supuesto: Pongamos que hablo de Nueva York 

25/2/12

Hay que brindar más

Pulso con el dedo índice la bendita (infecta de bacterias) tecla del enter y, en los segundos que tarda en cargarse el radiopatio de la actualidad, contengo el aliento y rezo al dios del frigorífico (libertad religiosa, ¡chitón!)-Hoy no, por Dios, hoy no- pero, malheur, allí están otra vez. El olor fétido de la corrupción, los millones de parados, los políticos vomitando sandeces, los jueces de Bruselas castigándonos contra la pared, Atenas ardiendo en silencio, los desconsolados niños sin mi pupitre nooo, la policía aporreando a jóvenes que blanden libros como espadas, los casposos salivando, las deudas a punto de nieve para el apocalipsis.  La desgraciada, malnacida crisis. Yo resoplo, maldigo al dios del frigorífico que no me da más que yogures y disgustos, musito un ay señor y sigo, haciendo. 

Y como estoy tan harta, busco y recuerdo cosas que hagan que todo este desastre lo sea menos. Como dijo Nacho Vegas, alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo. Amigos, hay que brindar más.  

Por los ataques de risa de detonante inexplicable que acaban con alguien quedándose sin aire. Por los niños que aprenden a andar con la concentración de un escalador pero se caen de culo cada tres pasos. Por los dibujos de sirenas y de árboles con casas dentro, por los papelitos voladores que contenían secretos políticos y por los que una amiga doblaba haciendo  grullas (las ranas estaban muy vistas), por los emails bíblicos de Liverpool a Madrid, por las  cartas que mi padre me escribía cuando me iba un mes a aprender inglés (aunque aprendía a robar pares de calcetines de South Park porque lo hacía todo el mundo). 


Por los cuentos de naufragios y pastoras con rebaño que decidían cambiar de sexo que escribía con 10 años. Por la cara de susto que se nos quedó a mi hermana y a mí cuando descubrimos que los pollitos rosas que habíamos comprado en el mercado de Villacañas desteñían al cabo de los días. Por las veces que mi abuela dice ¡Si yo no digo nada! después de haber criticado a media familia. Por la expresión de mi otra abuela, ¡Anda la osa negra!, como quien dice, ¡Anda mi madre! Por aquel chiste que nos contaba de unas monjas con serios problemas de incontinencia. Y por el otro chiste de una niña que se llamaba Nocruces y acababa atropellada. Y nosotros, muertos de la risa.

Porque después del calimocho vino el vino y bienvenido sea. Porque a veces bebimos hasta perder el control. Por los planes para cambiar el mundo, tan sólidos como una catedral hecha con una baraja. Por la tarta de manzana y la tortilla de patatas de mi madre. Por las    veces que se pone tan manchega que a su lado Jose Mota es un piltrafilla. Y por cómo se esconde debajo de la manta cuando tiene frío, como un animalillo asustado. Por los gritos de mi hermana cuando le hago cosquillas detrás de las orejas. Por las veces que me pide que le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. Porque las dos arrugamos la nariz con el mismo gesto. Por los libros con los que aprendí a soñar y por cómics que leí solo por acercarme un poco a tí. Por los chicos que juegan a las palas en el Sardinero: menos Nadal y más aficionados con el torso sudoroso. Por descubrirte mirándome, por tus ojos medio cerrados un segundo antes del orgasmo. Por los besos tan largos que nos dejaban los labios rojos. Por los besos que he imaginado mil veces. 

Por Misterioso Asesinato en Manhattan, Con Faldas y a lo loco, los Hermanos Marx y  hasta los momentos inconfensables en los que de la vergüenza ajena pasamos a la risa disparatada con Quién quiere casarse por mi hijo (club de fans para los gódicos ya). Por la música de Desayuno con Diamantes, por Robert de Niro, por Hey Jude, por la canción de la Feria del Este, y cómo no ,por el ababaaa bababaraaaan. Por las canciones que me gustaron desde la primera vez, por las que oí por tí, por las que aprendí a escuchar con el tiempo, por las que me ponen la piel de gallina.

Por aquel día que nos perdimos por las calles de Granada siguiendo a unos gallegos. Por las   playas italianas que aparecen después de deshidratarnos. Por aquel hotel de Atenas en el que el dueño nos recomendó, muy serio, regarnos con la manguera. Porque lo acabamos haciendo.Por aquella vez que hiciste 200 fotos a una sola puesta de sol y tenías razón, todas   eran diferentes. Por la habitación en Londres que nos alquiló un búlgaro que repetía a gritos But where is the wardrobe? Por las carreras en calles desiertas con veinte kilos en la espalda y por la vez que andamos en un precipicio sobre el mar. Por las zanahorias que sacabais en cada tren para matar el hambre (sin conseguirlo, claro). Por todos los viajes que nos quedan por hacer. Por vosotros y los que vendrán. Por el futuro aunque esté jodido. Por el amor que está a punto de llegar. Por los bostezos que se contagian y porque, como dijo el maestro, disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine. 



30/12/11

Colección de medallas y arañazos


Enero amaneció demasiado pronto, con juegos raros pero sin besos. Al llegar a casa, mi hermana me contó una historia: petardos a traición, la noche en urgencias, el ruido que no le ha dejado dormir demasiados meses. Aquel desenlace de fiesta todavía sigue dando coletazos de escamas pero ahora ella tiene la nota más alta en Derecho Tributario. Así es la inteligencia, sobrevive a pesar de los desastres. También en enero una masa de ciudadanos enfurecidos derrotó a Ben Alí en Túnez. Era sólo el primero.

El sexto día del segundo mes del año abrí la puerta de casa y de la oscuridad aparecieron mis amigos, los de siempre, gritando "¡Sooorpreeeesa!” a prueba de infartos, con margaritas gigantes y vasos de plástico en la mano. En algún momento de la noche, cuando escribían poemas cursis en un mantel alargado, les propuse que se quedaran para siempre a vivir aquí en Cartagena 2 –seguro que hay espacio entre tanto libro viejo-, pero no tuve éxito. Resaca, sí, bastante. Eran 25, qué menos. En febrero una momia llamada Mubarak también perdió en Egipto. Entonces las plazas volvieron a ser ágoras, núcleo y desenlace, política y acción.

A principios de marzo, por casualidad y adicción a las teclas, desemboqué en Estado de Malestar. Era un grupo de gente inconformista y creativa que quería cambiar la política, la economía y la injusticia. Algunas noches pegamos carteles por las calles heladas de Madrid, convocando a otros ilusos: todos los viernes a las siete de la tarde en Sol. En ese momento no lo sabíamos, pero aquellos viernes de imaginación y megáfonos fueron las primeras olas que rompen en una playa que empezaba a llenarse.

El mismo mes, en la otra punta del mundo, Japón hizo crack y repasamos en bucle los vídeos del mar tragándose la tierra, quizá para comprobar que seguíamos vivos. Con el apocalipsis y las revoluciones árabes sangrando todavía, me despedí de la sección de Internacional. Allí comprendí que el periodismo de verdad es rápido hasta la enfermedad, irónico en los descansos y para mí, tendrá siempre ascendencia rusa. Allí conocí a un futuro diplomático con la cabeza hirviendo ideas; a un melómano que dispara sarcasmo contra la timidez, romántico aunque finge ser un tipo duro y al ciclista más intrépido y optimista de aquí a Miami, talento sin explotar para la mímica y confidente de los miedos y los deseos.

En abril viajé hasta una isla volcánica donde soplaba el viento. A la vuelta, una llamada telefónica me devolvió al periódico y desembarqué en la sección de Suplementos Especiales. Vi un Cadillac rosa del 59, a Carmen Lomana en bolas en una habitación de hotel, escribí sobre supermercados y alguna feria del ladrillo y me hice amiga de una fan de Depeche Mode aventurada con los peluqueros y desventurada en el amor, sensual, cinéfila y concursante de Pasapalabra.

Con el calor, todo cambió de repente. El 15 de mayo la calle Alcalá gritó tan fuerte que se escuchó a kilómetros de distancia. Dos días después, él y yo nos besamos en un banco de Pinar del Rey, con nervios y  migas de pan aún entre los dientes. Esa misma tarde fuimos juntos a ver cómo se levantaba aquel hotel de cartón y sueños. Y si nos falla Sol, iremos a la Luna. No hay pan para tanto chorizo. Pienso, luego estorbo. Hoy es siempre todavía. Sólo los besos nos taparán la boca. El mundo estaba cambiando y nos comíamos a besos. Siempre necesitábamos más tiempo. Y aunque los periódicos nos concedieron los titulares, eran sus palabras y sus caricias lo que me daba aliento.



En junio todo iba bien, muy bien. Hubo música, cabañas y pasillos oscuros. Fresas y terrazas. Fotos emulando a Hemingway y conciertos en azoteas nocturnas. Algún cumpleaños, vestidos nuevos, y en un acantilado vimos ponerse el sol. Éramos diminutos al lado de todo lo demás, pero nos agarrábamos de la mano y, a la vez, nos echábamos de menos. 

En julio me mandaron a San Lorenzo del Escorial, con una grabadora y una maleta de ruedas. Aquello sí era periodismo. Corre y graba. Pregunta y acierta. Toma titular y pásame ese corte. ¿Qué vendes? Un par de veces di en la diana y otras me equivoqué ("¿qué opina del caso Faisón?"). De aquel mes me llevé noches de desenfreno, una lista de frases para la posteridad y varios amigos. En especial, una filósofa catalana que habla de sexo como de política, casi actriz, casi nacionalista, incorrecta y transparente. 

Llegó agosto y el chico que iba a ser para siempre, dejó de serlo. Desaparecieron los escalofríos, los besos, los secretos. Dolía, en ese punto cerca de las costillas donde se coge aire, y en las piernas, y hasta en las yemas de los dedos. Dolía, saber lo que pudo haber sido. Afortunadamente, mi amiga, la de la risa contagiosa, la de los cafés cada semana, me llevó a Sicilia. Y entre ruinas, callejuelas de película, playas blancas, ataques de risa y pasta a la Norma, las heridas empezaron a curar, aunque el equipaje todavía guarda restos de ceniza negra de aquel volcán. Hace poco, un amigo me dijo que prefería olvidar aquellas historias que le hicieron daño. Yo no. Mientras duró, me hizo sentir viva. 

En septiembre volví al periódico, aunque me gustó menos. Desde entonces guardo en la manga un plan B de exilio a otro lugar, pero me hace falta un mapa y un par de huevos. Me escapé a la playa con mi chica de Liverpool, mi Simone de Beauvoir, la valiente que escucha música incluso bajo el mar. En octubre la redacción de El Mundo se paralizó: ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada. Era la noticia que todos los periodistas hemos soñado dar. No es suficiente, pero es mucho. Y la alegría, paradojas, también suena a tristeza. 

Llegó noviembre y aterrizó un presidente nuevo de un partido antiguo, con la palabra "empleo" pegada a la boca y la mayoría absoluta debajo del brazo. Sin dinero, no hay milagros. Y sin Ministerio de Ciencia, menos. Por el camino del recuento, se perdieron miles de votos, culpa de una ley electoral terriblemente injusta por la que nadie se pelea. Pero entre bofetón y tortazo estaban las noches de invierno. El Freeway, con sus paredes rojas y su música viejuna ha visto conspirar a una arquitecta enamoradiza de imaginación sin límites y chaquetas de lana, y a una ex opositora que busca chicos altos entre la multitud, dispuesta a hablar en guiri después de medianoche. En la Casa de Cantabria un lunes 28 de noviembre se presentó El Río del Tiempo, un libro de poemas de mi padre. Hay tantas cosas que me gustaría preguntarle y tan pocas cosas que dejó escritas. Por eso lo leo sin parar, aunque a veces, basta una fotografía mal encuadrada de una mañana de Reyes -los cuatro, abriendo regalos- para saber qué diría.


El año acaba en diciembre, el de la Navidad y las investiduras, el de las cenas que nunca son últimas, el que nos traerá medidas urgentes después de escándalos monárquicos. Pero todo lo que importa está ya escrito. Espero que disfrutéis lo que está por venir. Ahora sólo queda esperar que el año que viene tenga, por lo menos, doce meses y testigos para contarlo. 

25/10/11

Carta y deseos

Prepara café caliente la primera mañana. Conduce más rápido. Prómeteme un viaje y un beso más después del último. Interrúmpeme con caricias y hazme cosquillas en los pies y detrás de las orejas. Dime que te gusta el olor antes de la lluvia y el de los libros que acaban de abrirse. Mira el cielo durante esos diez minutos en los que el día se vuelve noche; rojo en junio, morado en octubre. Háblame del tacto de las piedras que escalas, de las fotografías que has imaginado, del ruido en la callé Alcalá teñida de rabia, y del silencio, porque la muerte es silencio. Abrázame cuando tenga tanto miedo del tiempo que no pueda pedirte un abrazo.



Hazme el amor como si nunca fueras a querer a nadie más. Recuerda la arruga entre mis cejas y mi obsesión con guardar el calor entre las mantas. Llévame la contraria, llévame de la mano, llévame al mar al menos una vez cada año. Grita si me escapo, grita conmigo cuando me arranques el sentido.


Oblígame a ver películas francesas, italianas si no son muy dramáticas, cuentos de invierno, historias de espadachines y de tipos duros que mueren cabalgando. Enséñame quiénes son Les Luthiers, Serge Latouche, Banksy, Beirut, Chaouen, Bergman, Eliades Ochoa. Enséñame a jugar al mus y al ajedrez, a boxear, a bailar el tango de los torpes, a recordar cómo se conduce una bici y como se hacen siluetas con el sol. Enseñáme cómo suena tu risa, cómo se alargan las noches de agosto y dame de una vez la receta de esas magdalenas. Enséñame cabañas diminutas cerca de los aeropuertos, consultas con diván y sin horarios, cuartos blancos con lienzos apilados, camas deshechas, bares sin luz, y calles desiertas donde se alargan las despedidas que, por un momento, no lo fueron.


Y no me olvides.

24/5/11

Los tiempos están cambiando

Hoy es el cumpleaños de Bob Dylan. Aquel tipo despeinado agarrado a una harmónica y compañero fiel de la nostalgia escribió hace ya mucho tiempo una canción sobre el cambio y el tiempo: "Más vale que empecéis a nadar si no queréis ahogaros. Mantened los ojos abiertos, porque esta oportunidad no volverá a repetirse. Porque los tiempos están cambiando".

Aquella letra podía haberse escrito en los pasillos de la plaza que brilla: la Puerta del Sol. Porque me parece que todo ha cambiado en una semana. En siete días, la cúpula del metro se ha convertido en una inmensa pizarrra del ingenio y el enfado. Las farolas son las guías para no perderse en la marea y los cartones tirados, camas para los valientes. Las dos fuentes se han callado, transformadas en escenarios que esperan un discurso, una palabra huérfana, una audiencia entregada. El reloj de las doce campanadas es el guardián del éxito de los pacientes. El quiosco de prensa, siempre abierto, el único faro del que quieren fiarse los marineros que a veces pierden el rumbo. El caballo de Carlos III es una bandera de resistencia. Los cables, las vigas de esta ciudad de lona y piedra y las cuerdas, tiendas de tender de las que cuelgan frases del pasado recién lavadas.

Si queréis conocer este lugar, todavía hay habitaciones disponibles, con vistas y pensión completa. Por la mañana se sirven churros y se reparten manzanas verdes de madrugada. También hay biblioteca, con cómodos sillones, guardería, un equipo legal muy competente y hasta  una enfermería (de momento sólo da remedios contra la hiperactividad, no ha habido violencia). Hay agua para todos, aunque no es suficiente para calmar a quienes llevan años sedientos.

Pero no os confundáis. Esto no es un hotel con encanto, ni un experimento, ni una anécdota, ni una conspiración, ni una rabieta. Esto es Historia. Con mayúsculas. Es debate y análisis, discusión y reflexión, dudas y aciertos, derechos y deberes, exigencias y sueños, votaciones y aplausos. Es emocionante. Pone la piel de gallina.

Y a pesar de que el mundo parezca girar en otro eje y gran parte de la población siga actuando como el avestruz que esconde la cabeza y no se pregunta nada, seguiré creyendo en la fuerza de la acampada de Sol. A pesar de la prepotencia de quienes han vencido y creen que tienen carta blanca para recortar todavía más y de quienes son incapaces de asumir la derrota, seguiré creyendo en la fuerza de los ciudadanos informados, críticos y valientes que sueñan con un futuro mejor. Ciudadanos que se reunen en multitudinarias asambleas en esta plaza de las Sol-uciones y votan levantando los brazos y las manos. Personas indignadas que forman comisiones para organizarse. Que definen lo que quieren (reformar la ley electoral, eliminar a los imputados por corrupción de las listas electorales, abolir los sueldos vitalicios e incrementar el salario mínimo, regular la condición del becario, implantar la tasa Tobin...y estas son sólo algunas de las propuestas). Que hablan con libertad. Que exigen respeto. Que comparten sueños.

Y si pasa el tiempo y la realidad vuelve a escupirnos, recordaré las imágenes de esos días de la Spanish Revolution. Imágenes de una plaza en la que no se podía respirar, de un grito mudo a medianoche, de "no nos representan", de besos robados, de carteles y firmas, de micrófonos, votaciones, risas, y, sobre todo, orgullo, por haber formado parte de aquellos que un día gritaron: ¡no!

31/12/10

Lo que brilla en la memoria

Cualquier final desencadena la nostalgia. Las historias que una vez tocamos con la mano huyen a ese lugar donde almacenamos los recuerdos, y allí intentan hacerse oír entre otros cientos que casi se han convertido en sombras.

El caso es que aquí estoy, queriendo hacer una recopilación de un año que se acaba, básicamente porque al ver tantos resúmenes en periódicos, televisiones y redes sociales (y emocionarme con ellos, porque ése es el poder del periodismo) no he querido ser yo menos. Pero como sé que justo hoy estareís con prisas - qué me pongo, qué cocino, dónde voy, busca los langostinos- por cada mes, sólo dos frases. Ahí va:

Enero: Con el frío helado que corta los labios llegó un encantador de serpientes de ojos claros, fatalista y soñador, explorador de músicas que se quedan. Mucho más lejos, la tierra se desgarró en Haití y supimos que tantas veces los más olvidados son también los que nunca pueden escapar.

Febrero:  Me hice un poco más adulta y recordé la letra de una canción que dice "que cumplimos más años que promesas". Con una cámara nueva bajo el brazo recorrí Madrid, y deseé que el futuro no llegara, aún, quizás nunca.

Marzo: En el mes de los premios del cine dos películas dejaron huella: Irak en guerra y la revolución entre rejas. La lucha contra una enfermedad maldita nos hizo creer que había esperanza, pero era mentira.

Abril: Fuimos a Córdoba pero ojalá nunca hubiéramos ido. Por segunda vez en menos de seis años, la misma familia se volvía a quedar vacía y la injusticia resonaba, y todavía resuena, en una habitación con demasiado eco.

Mayo: Se agotó el tiempo en la universidad mientras intentábamos agarrarnos a las mesas incómodas, los croissants a la plancha y puede que hasta a las diapositivas en power point. Los planes se iban amontonando a la vez que la economía encabezaba los telediarios, pero siempre había alguna canción para salvarnos (más si era en un Palacio entregado).

Junio: Llegó por fin el sol y el tiempo de tomar algunas decisiones. Afortundamente, un día me llamó una señorita para decirme que sí quería hacer unas prácticas en la sección de Internacional, en El Mundo.

Julio: Los incendios y las inundaciones pasaban a golpe de teletipos, titulares y teclas y las noches volaban entre piscinas, mojitos dulces y sábanas deshechas. Por primera vez ví mi nombre, chiquitito pero ¡era yo!, en una página del periódico y sentí que los sueños, a veces, se hacen realidad.

Agosto: En un pueblo de Burgos se nos congelaron los huesos y perdimos la voz, cantando las canciones en directo de Sidonie y Lori Meyers. Mi abuela María cumplía 92 años. También fue entonces cuando en Chile 33 mineros quedaron atrapados en las tinieblas aunque el final feliz, como siempre, se hizo esperar.

Septiembre:  Conseguí alargar mi condición de becaria precaria pero feliz. Algunos amigos se quedaron injustamente en la calle, con brillantes currículum y ganas de comerse el mundo y otros (los menos) consiguieron hacerse un hueco en el mundo empresarial opaco y un poco podrido. Mi abuela Julia cumplía 90.

Octubre: Llegaba el otoño y con una amiga fuí a Bilbao y San Sebastián, salvándonos por poco de ser engullidas por la furia del mar Cantábrico. Aquellos mineros de antes salieron de las entrañas de la tierra. Por fin, una historia feliz reunía al mundo frente a la pantalla.

Noviembre: Viajé a Roma, a sus callejuelas, sus edificios rojizos y todos esos rincones en los que podría haberme quedado a vivir para siempre. Creo que quise encontrar allí el amor, pero no pudo ser.

Diciembre: Hasta hoy he comido como si no hubiera un mañana, he dicho adiós aunque quería decir "hasta pronto", he comprado algún regalo,  he empezado "Oliver Twist" y he acabado varias copas de vino tinto. Pero puede que después de esta noche todo esto no importe nada.

Feliz año a todos. Espero que el 2011 esté lleno de historias que luego se convertirán en recuerdos :)