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30/12/14

Esto no es sólo un resumen del año

El 17 de enero me desperté abrazada a ti en un sofá prestado de Paris. Hacía frío y las capas del croissant se nos iban deshaciendo entre los dedos. Desde el río miramos el reflejo de esa ciudad de hierro y luces blancas y nos sentamos en la iglesia de Saint Sulpice para contarnos secretos entre rezos extraños o, al menos, extranjeros. Más tarde escuchamos a la orquesta filarmónica de Viena desde el segundo piso de un teatro que contuvo el aliento. Esa noche pensé que era feliz, que todo estaba bien. Pero dos días más tarde a mi madre se le paró el corazón. Nunca he tenido tanto miedo. Los hospitales son fábricas de lágrimas y plástico, con sábanas nuevas y heridas viejas. Meses después mi madre ya recorría entero el parque del Retiro, con sus zapatillas modernas y su pequeña arruga entre las cejas, de todos los asaltos que ha ganado. Y ya son unos cuantos. Demasiados.

Se qué en febrero cumplí años pero apenas lo recuerdo. Había un ramo de flores de Valencia, un abrigo verde, una cena en un patio, cojines amontonados sobre un banco de piedra. Y casi 30 velas. Mi hermana y yo volvimos a la casa de siempre, donde huele a patatas al horno y a bizcochos de azúcar moreno. Las tres abrazadas en el sofá más viejo -de eso sí me acuerdo-. Más o menos entonces me cambiaron de sección en el periódico. Me fui cien metros más al sur, al mar revuelto de teletipos y alertas, donde se escriben últimas horas que son penúltimos minutos. Me gustó enseguida y no fue por las meriendas, lo prometo. 

El director se despidió encima de tres tomos de folios, zanjando para siempre el síndrome de la página en blanco. Repasó las portadas antiguas como quien saca polvo a las orlas de la Universidad, reconociéndose(nos) más sabio(s), pero también más frágil(es). Relevaron al gran jefe  y nos regalaron, sin preguntar, un culebrón de los buenos. Un poco como en España, pero en pequeño. Luego, un domingo por la mañana, entró por la puerta el tipo más loco y más valiente de la redacción. Venía de un secuestro de seis meses pero nadie se lo notó. Su hijo, a punto de perderle para siempre, sólo preguntaba: “¿y mañana tienes que trabajar?”


En abril hizo un año que nos conocimos. Quiero decirte más o menos esto: contigo todo tiene más sentido. Nos fuimos a tu antiguo escondite, Mallorca, que ahora es un poco mío. Tu amigo del colegio nos enseñó las puntas de la tierra metiéndose en el mar,  la cartuja donde vivió Chopin, las terrazas de mordiscos de sol y sobrasada. Y en el coche llamaron al teléfono. Era mi hermana, anunciando que se casaba, aunque todavía tiene las manos y la risa de un bebé.

Un mes más tarde inauguramos coche. Y carretera y manta llegamos a Santander, que siempre nos espera. Con amigos de siempre y algunos más recientes  visitamos las postales de la tierruca, acompañando el frío y las montañas con queso y bandejas enormes de pescado. También en mayo hubo elecciones europeas. Nadie pensó en el tipo que dibujó papeletas con su cara -con un par de coletas- Nadie vio venir a Pablo Iglesias. Nadie, tampoco, les ve llegar hasta el Congreso, pero la realidad supera casi siempre las encuestas. En la parte buena: han conseguido que la gente, además de hablar de fútbol, discuta sobre política; crear un partido distinto capaz de competir, quizás superar a los dos grandes; poner de moda las camisas blancas (esto también es un mérito). En el lado malo: lo que se vende como nuevo tiene mucho de robado; defendien que el fin -ser los más votados- justifica los medios- suavizar el discurso y no ser ni de derechas ni de izquierdas. 

En junio abdicó el Rey y dijo que guardaría a España siempre en el corazón, igualito que los 27.000 españoles que han tenido que marcharse este año del país por culpa de la crisis. Durante un par de días, pareció que España era, por fin, republicana. Pero los cánticos se fueron apagando igual que las luces del pasillo del piso de la Guindalera. Mis dos compañeras de sofá se fueron de casa con sus mecedoras y sus muñecas africanas, sus pepinillos en vinagre y sus tocadiscos; se llevaron un espejo de pared, unas zapatillas rosas, botes de crema, tacones mudos, algunas confesiones, ruidos, besos, silencios. No sé cuántas de estas cosas seguirán viviendo con ellas.



De repente era verano y los dos subimos a nuestro coche lleno de botellas vacías, monedas pequeñas y sombreros de paja. Hicimos 1.400 kilómetros en diez días. Vimos los tejados de Oporto desde una buhardilla en la calle de atrás. Conocimos a una familia de gaviotas con vocación caníbal y viajamos en un tranvía sin ventanas dibujando la línea del mar. En la habitación había una figura de un santo en porcelana azul y una cama para querernos en portugués. Se estrellaban aviones y nosotros comíamos pulpo y nos llenábamos los ojos de imágenes nuevas. Aprendimos que somos frioleros y valientes -salvo en las cuestas de Ézaro-, que hay escondites para esquivar peregrinos en Santiago, que existen islas vírgenes, que las mareas ocultan esculturas de piedra, que en Asturias las montañas frenan las nubes, que siempre tenemos algo más que contarnos antes de apagar la luz.

En agosto ya estábamos juntos al final del día y al principio. Nos inventamos rituales y recetas y ordenamos la casa otra vez: el gran bazar, la sala de pensar y de las cuentas, la habitación de las almohadas y los (doscientos) vasos de agua. Fuimos a Salamanca, vimos ‘Begin Again’ y ‘True Detective’, nos bañamos en un río cerca de la Sierra de Gredos, con sombrillas clavadas en las piedras. Mi querida arquitecta se marchó a Pamplona, meses después otra amiga se iría a Frankfurt. Bruselas y París completan el mapa de la ‘movilidad exterior’.

En septiembre dimitió Gallardón y renunció Ana Botella. También se habían despedido Rubalcaba, Cayo Lara y Alfonso Guerra. Ana Mato dimitió después, no por el caso Gürtel, ni el ébola, si no por no hacerle un feo a Rajoy el (único) día que iba a hablar de corrupción en el Congreso. Matas, Fabra y hasta Isabel Pantoja entraron en la cárcel, pero otras formas de folklore -como robar a manos llenas- nos dejaron, de los Pujol a las tarjetas ‘black’, el calendario corrupto muy completo. 


En octubre tocamos con las manos cascadas de piedra en Zaragoza y vimos buitres y águilas volando encima de nuestras cabezas. Empezaste en un trabajo nuevo, fuimos al Auditorio, también a ver a Rosendo. Con tu dominio de las carreteras de circunvalación te hiciste madrileño por derecho. En la fiesta del 25 aniversario del periódico a algunos compañeros les juré mi admiración eterna por subirse a los escenarios a plena luz de los jefes atentos. A otros, que justificaron sus egos con las drogas, les perdí el respeto.

El 9 de noviembre fue la consulta catalana, soberanista, independentista, popular, inconstitucional y un desafío a España (no confundir con la ofensa a España, que es un delito nuevo). Artur Mas calificó de éxito total una votación con urnas de cartón y sin censo y Rajoy ignoró el problema, que no es ERC ni Mas, como él piensa, si no un descontento crónico que sigue sin resolverse porque los políticos, en vez de cambiar el modelo de estado, se echan en cara, por tribunas y teles, el saqueo ajeno. Días después fuimos a Barcelona -ni rastro del guirigay, por cierto- y conociste a mi abuela paterna, chiquitita, mandona, Te dio dos besos y, después de estudiarte, el visto bueno. Ya estaba muy cansada. 

En diciembre asistí a la jura de nacionalidad española de un gran amigo medio cubano medio americano. Es una misa multicultural en la que todos repiten lo que dice el juez para conseguir un papel parecido a la salvación. (Todo depende de con qué se compare). El otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, nos cantó Sabina en el concierto bueno después del miedo escénico. Inauguramos la Navidad invitando a cenar a los amigos más fieles. Entre empanadas, tortilla y pacharán, discutimos sobre política y confesamos gustos musicales embarazosos de herencia adolescente.
El 22 de diciembre murió mi abuela. El día anterior había salido a ver el sol más de cerca y había pedido más galletas. Entre sus cosas guardaba el jarrón de Doña Flora, una rica del pueblo a la que tuvo que atender cuando no era más que una niña. También una fotografía de mi abuelo, al que conoció en la verbena de Santoña a principios de los años 40. Ella bailaba mejor. Estaban los libros de poemas de mi padre, unos prismáticos, mi primer artículo, los pendientes de perlas, el reloj que ahora guarda mi hermana, las postales que mandamos los veranos. Nunca hay que dejar de escribir cartas.


El año se tiene que terminar con un deseo. Hace dos años, en el último resumen de 2012, deseé que todo estallara por los aires para empezar algo nuevo. Me equivoqué; quizás sea mejor conseguir que las cosas pequeñas aguanten el paso del tiempo y crezcan. Porque sólo se aprende de las cosas que dejan huella.

3/8/12

La Niña que quería ir a Portugal

Se que cada día conviene regar las plantas, que cada seis meses hay que esconder la lana en el armario y que una vez al año conviene quedar con Jackeldestripador barra dentista. Pero, me temo, no hay reglas sobre cuándo hay que (re)pintar las paredes de la casa. Apostaría mi olfato de Sherlock a que depende de la cantidad de fumadores que habiten en ella y del ansia viva del/la cabeza de familia.

Oui, hemos pintado la casa. Es un coñazo. Huele a acrílico, a pintura, a que te estas muriendo asfixiado. Las paredes muy pulcras, sí, pero todo lo demás está cubierto de cajas, de trapos, o de cajas con trapos, que es directamente el infierno. Y libros. A montones. Porque, en casa de padres profesores de literatura, no pretenderéis que haya cucharas de palo, insensatos. Nuestro rollo es el metal. Digo, las letras.

Y así, colocando y ordenando, de repente apareció una joya: Tres cuentos para María, escritos en 1991 por José Angel Crespo, mi padre. Así que aquí va uno ellos: La Niña que quería ir a Portugal


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

Esta era una niña que quería ir a Portugal. La primera vez que lo dijo, a sus padres no les extrañó, porque acababan de pasar unos días en Quarteira, cerca de Faro, en unas casitas de madera, y la Niña había jugado mucho, con su hermana pequeña y con su amiga Sara, que vivía también con su familia en otra casita al lado de la suya; y habían aprendido a decir "Bom Día"  y "obrigada" y a calcular cuántas monedas portuguesas hacían falta para comprar un chicle y dos chicles; y habían bajado algunas noches al baile que había en una plaza del pueblo y habían bailado con canciones parecidas a las que se oían en la radio del coche, que casi siempre eran de amor. 

La Niña tenía entonces cinco años y ese verano había aprendido a nadar (aunque parecía que lo que flotaba era sólo una cabecita con los labios muy apretados y los ojos medio cerrados, cuando iba de donde cubría hasta la orilla, hasta las manos de mamá, que la recogían cuando acababan de aplaudir), pero todavía no sabía leer, y de geografía sólo le sonaban unos pocos nombres, como Madrid y Barcelona. Por eso les sorprendió que aprendiese tan rápido que Portugal era un país (mientras que Madrid era sólo una una ciudad) y que recordase ese nombre casi desde que oyó cómo sus padres planeaban las vacaciones. 

Dice Google que esto es Quarteira. Mal gusto no tenía, he de decir. 

Luego, cuando volvieron a casa, cuando llevaron a los abuelos y los amigos los regalos que les habían comprado en Portimao y en Loulé, era siempre la Niña la que decía: "Este mantel te lo hemos traído de Portugal". Y cuando vieron las fotos del verano, distinguía sin error las que estaban hechas en Portugal, aunque confundiese las demás. 

No se le olvidó. Vino el otoño, y volvió al colegio, y cambió de maestra y de amigos, y aprendió cosas nuevas y palabras nuevas. Pero cuando jugaba a imaginar, ella vivía en Portugal, y cuando le contaban un cuento nuevo, pasaba en Portugal, y si oía hablar en una lengua distinta, era sin duda la que se hablaba en Portugal. 

Y no sólo eso. Cuando la Niña se quedaba callada (lo que ocurría muchas veces, porque cada uno es como es y la Niña hablaba poco mientras la Hermana Pequeña hablaba por los codos), todos suponían qué estaba pensando. Y cuando se enfadaba (por tres razones: la primera, porque no la dejaban ver la televisión, la segunda, porque no era sábado; la tercera, porque no quería hacer los ejercicios para el ojo vago) la Niña amenazaba a papá y mamá con irse a Portugal y sólo cuando ellos decían consternados: "¿Y qué haremos nosotros sin tí?", aceptaba esperar a hacerse mayor para coger su mochila y marcharse. 

Sus padres conversaban a veces sobre esta manía que a la Niña le había entrado. Habrían comprendido que le hubiera dado por París, de donde a veces vienen los niños y las cigüeñas, o por el pueblo de Mamá, porque al fin y al cabo a Mamá se la habían encontrado en una viña. Pero no a Portugal, que estaba tan lejos y, como decía el abuelo, lleno de pobres. Pero la niña era obstinada y fiel: aprendió a escribir ese nombre y a dibujar una especie de cara de perfil, con la nariz a la altura de Lisboa, y llamó Portugal a su muñeca preferida, al bolso de viaje y a la carpeta donde guardaba sus dibujos y las fotografías que recortaba de los periódicos.

Un día mamá se despertó sobresaltada: había soñado que iba a busca a la Niña al colegio y no estaba. Había preguntado al conserje y este recordaba que la niña se había ido con una chica que esperaba a la puerta. Una madre, solícita, le dijo más: "Eran dos chicas y un matrimonio mayor. Su hija iba muy contenta y supuse que los conocía. Hablaban algo parecido al español, pero no era español, y ella respondía en la misma lengua". Mamá había leído en el periódico que a veces los niños se escapan de casa y no le cupo ninguna duda. Se levantó de la cama, corrió al cuarto de la niña...pero allí estaba, todavía dormida. 

Otro día, Mamá soñó que vivían en Portugal. Se habían instalado en una ciudad llena de edificios destartalados y casas blancas, de cuestas y escaleras, de bares y confiterías. La niña estaba asomada a una ventana. Mamá se acercaba a ella y le decía: "Ya estamos aquí, ¿contenta?" Pero la Niña no respondía. Mamá volvió a despertarse, volvió a encontrarla metida en su cama. 

Y un tercer día volvió a soñar. Ella y Papá eran viejos y recibían una carta: "Queridos papá y mamá: ya es la tercera carta que os escribo...¿cuándo vais a venir?". Mamá llamó a voces a Papá, pero él no la oía, guardó la carta en un bolsillo y volvió a caminar hasta el cuarto de la Niña. Y esta vez (la persiana bajada, la cama hecha, los jueguetes en orden), no estaba. 
....
-¿Y qué pasó?, preguntó entonces la Niña.- ¿Dónde estaba la Niña? ¿Y la Hermana Pequeña?
Pero Mamá no sabía como acababa el cuento
-Duérmete ya. Es muy tarde. Mañana

Madrid, Diciembre de 1991

4/5/12

Diario de Nueva York


Tengo un problema con las citas. Me obsesionan. Por extraño que parezca, la explicación a esta enfermedad, cuyos síntomas aparecen en todos los textos que escribo en el periódico, está en American History X (obra maestra). Hacia el final de la película se escucha la voz en off de Danny, el hermano pequeño de Derek. Está escribiendo su ensayo para el instituto, en el que viene a decir que se ha dado cuenta de que no merece la pena pasarse la vida cabreado y en ese momento se escucha algo así:

Dereck dice que siempre viene bien acabar un trabajo con una cita, dice que siempre hay alguien que lo ha hecho mejor que tú, que si no puedes superarlo, puedes robárselo y aprovecharte.  Así que he escogido algo que creo que le gustará: No debemos ser enemigos. Si bien la pasión puede tensar nuestros lazos de afecto, jamás debes romperlos. 

Mucha gente ha escrito maravillas sobre Nueva York, pero nadie la comprendió tan bien como Federico García Lorca.

Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
 Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.

Así es esta ciudad. Despierta, inmensa, contradictoria. Con un arcoiris amarillo dejando su huella por los edificios de piedra. Ya hace dos días que volví y no me la puedo quitar de la cabeza. Sonará a algo que diría Julia Roberts en la típica comedia insulsa y adictiva, pero creo que una parte de mí se ha quedado para siempre en Manhattan o en algunas escaleras de ladrillo rojo. Por eso tengo la necesidad de dejar escritas las cosas que no quiero olvidar.

125, Columbus Avenue, dije al taxista. Y aquella máquina, con televisión en el asiento trasero, enfiló la autopista. Era de noche pero para mí era de día. Y entonces, de repente, aparecieron los rascacielos. Miraba por el cristal, maravillada y dije en voz alta lo que pensaba. ¡Estoy aquí, estoy aquí! Como cuando Jack Lemmon se repite en aquel tren ¡Soy una chica, soy una chica!

Mohamed (siempre hay una tarjeta en el cristal con el nombre del conductor, muy útil para entablar conversaciones), berbiendo a sorbos un café, se giró hacia mí Sorry...you said? Daba igual. Hola, capital del mundo. Pleased to meet you, at last. 


Recuerdo que al día siguiente amanecí a las siete de la mañana con los ojos tan abiertos como los de un felino hambriento. Acompañé a mi amable anfitriona a su trabajo, cerca de Madison Avenue. Café del Starbucks en mano, atravesamos Central Park. Hacía frío de invierno. Caminé por la Quinta Avenida. Allí estaba el escaparate donde Audrey Hepburn tomaba un croissant en el reflejo de un diamante de Tiffany's. Más adelante la catedral de San Patricks y el Rockefeller Center, una mole imponente del magnate del petróleo y sus dos conocidas esculturas. Atlas sosteniendo el mundo y Prometeo, el dios que salvó a los humanos enseñándoles cómo utilizar el fuego. Y me resultó entre mágico y obsceno encontrar tantas referencias mitológicas en un lugar que escupe oro.


Recuerdo la impresión al ver las grúas y el humo en el hueco que todavía queda en el World Trade Center e imaginar el otro humo de la muerte el 11S. Y después subir al ferry camino de Staten Island para ver más de cerca a la mujer de la antorcha, símbolo de la libertad. En su base de metal hay una inscripción de un poema de Emma Lazarus.


Una poderosa mujer con una antorcha cuya llama es el relámpago aprisionado, y su nombre Madre de los Desterrados. Desde el faro de su mano brilla la bienvenida para todo el mundo.

De hecho, de 1886 a 1902 la Estatua de la Libertad funcionó como faro y su luz era tan potente que se veía a 40 kilómetros de distancia. En la cubierta del ferry, con un viento de mil demonios y los murmullos de un grupo de japoneses, intenté imaginar cómo se sentirían aquellos emigrantes europeos que llegaban a la costa de la Tierra Prometida. Y no me pareció algo ni lejano ni extraño.

Esa tarde fui al MoMA (Museum of Modern Art). En la quinta planta, en el segundo pasillo, me paré en seco. Después de verlo, escucharlo e imaginarlo en tantos libros, en boca de profesores, amigos y padres, allí estaba: Las señoritas de Avignon. No tengo muy claro por qué tiene tal trascendencia en la Historia del Arte (algo me quiere sonar de que marco el inicio del cubismo) pero allí me quedé un buen rato mirándolo, perdida entre el rosa y las piernas puntiagudas, pensando que mientras la belleza pudiera guardarse en un lienzo de tres metros, todo lo demás sería menos malo.


Recuerdo Chelsea Hotel, casa de escritores, músicos y poetas, convertido en una ruina cubierta de andamios. La gente paseaba por la cercana High Line, una antigua línea de tren reconvertida en jardín desde la que se ven las entrañas de los edificios y, muy al fondo, el Empire State, al que no subí por una absurda rebeldía que todavía no he sabido interpretar. En Chelsea Market estuve hablando con la dueña de un puesto de bolsas de tela con frases (remítanse al primer párrafo, ya dije que estaba enferma). Me habló fascinada del Reina Sofía y me dijo que cinco días eran muy poco tiempo. También me recomendó un regalo para mi novio. La corregí en su error y luego hablamos de la nieve, pero de una forma poética, no como se habla del puñetero frío con el vecino del quinto.

Caminé por Blecker Street y desemboqué en Washington Square Park, donde tenía lugar una animada fiesta del perro salchicha (no confundir con perrito caliente, que también crecían por allí). Los dueños comparaban orejas, correas, dientes, y acariciaban cabecillas peludas. Entrañable y ridículo. Al lado, un tipo rubio tocaba bandas sonoras de película en un piano de cola y, en medio de los aplausos decía a los paseantes : Dejen de mirar a esos estúpidos perros. La música es más importante. Frase que provocaba la cólera de no pocos amos entregados. Yo estaba de lado del pianista, evidentemente, pero me pareció más prudente seguir caminando.

Pasé por canchas de baloncesto en las que sólo jugaban negros musculosos. Mientras hacía fotos sin pudor, un chavalín de gorra y casi dos metros de altura pasó por mi lado y me espetó un Hey, how're you doing? alargando mucho el doing. Se que pretendía seducirme (mi aspecto guiri los tiene locos), pero a mí me recordó tanto a Joey en Friends que me entró la risa floja. Lástima. Podría haber tenido retoños mulatos la mar de monos. Y altos.

El domingo, llegó el momento cumbre del viaje. Muy de mañana puse rumbo a Harlem. Primera parada, Columbia University. Segunda parada, Facultad de Periodismo. Fundada por Pullitzer y probablemente la mejor del mundo. Que no es que estudiar periodismo sea una cosa difícil, nada más lejos. Pero si estudias aquí puedes entrar en cualquier medio de comunicación del mundo. Esto es así. Por ejemplo, gracias a Luna, la amiga que me alojó en su bonita casa del Upper West, conocí a otra chica, Rachel. Nada más acabar el master de periodismo en Columbia había empezado a trabajar en el programa 60 minutos de la CBS que, para los no entendidos, es como trabajar en la BBC o en Informe Semanal si tuviera una audiencia como Telecinco. La bomba, vamos.

El caso es que después de imaginar que descubría el siguiente Watergate (¿creíais que trabajar en El Mundo no iba a despertar mi ambición y mi esquizofrenia?) me dediqué a la tarea de encontrar una iglesia. Quería escuchar una misa gospel. Conclusiones básicas: Qué lastima damos los turistas acudiendo en masa al templo como si aquello fuera una sala de cine. Segundo: ¿saben ustedes el anuncio de las pilas Duracell? Bien, pues el catolicismo europeo es el conejo que se cansa, se duerme y se queda solo de solemnidad, y el americano es, quedándome corta, Usain Bolt con luces de colores. Aquello es la pera limonera.

Nada más entrar, unas negras vestidas de enfermeras, es decir, con traje blanco de chaqueta, me indicaron donde había un sitio libre. Afortunadamente, acabé dando con una iglesia en la que la proporción turistas/fieles era casi equilibrada. Llegué justo en el momento crucial de "Darse la paz". Una señora que estaba al lado del reverendo se lanzó el micro y gritó: Stand up! , stand up and tell your neighbour you love him! Así que la Iglesia entera se puso en pie y todo el mundo empezó a abrazarse como si se fueran mínimo a una guerra lejana. Y, a la par, algunos gritaban I love u! Nada de drogas, sólo música celestial. Yo observaba embelesada. Luego empezaron los cánticos y el rock 'n roll. Porque señores, había voces pero también había una batería y un órgano despertando del letargo. ¡Aquello era una fiesta! No es que entendiera mucho el discurso religioso, porque cada tres palabras se colaba un sonoro Amen, pero les juro que casi me convencieron de que tenía que revisar mi falta de fe.

Luego estuve paseando por Central Park. Allí estaban los estereotipos que me faltaba por ver. Las chicas de cuerpos esculturales matándose a hacer deporte. Las familias paseando a sus cinco perros. Los niños jugando al baseball. Llegué hasta el Metropolitan, la inmensidad de nuevo. Recuerdo una exposición de fotografías de desnudos que estaba más llena que el metro en Japón. Los que habían ido sólo por ver tetas eran los que se daban codazos y reían nerviosamente. La tontería es universal, gracias a Dios. También recuerdo las salas dedicadas al arte de Oceanía y África. Del techo colgaba una canoa de madera de por lo menos 20 metros. Y las máscaras, con aquella luz tan ténue, daban bastante canguelo, que es una palabra que hay que decirla más.

El día terminó en The Top of The Rock, osea en el piso 70 del Rockefeller Center. Subí hacia las seis de la tarde y allí me quedé hasta que se hizo de noche porque quería ver cómo se iluminaba el Empire State Building. También tengo otra obsesión con las puestas de sol. Es que me maravilla que en cuestión de segundos el cielo pueda cambiar tanto de color. ¿Ven que poco hace falta para hacerme feliz? Corran a decírselo a mi príncipe azul, hagan el favor.

Enfin, el caso es que allí estuve, en un banquito de madera, viendo cómo se hacía de noche y cómo aquel mirador se iba llenando de gente. A mi lado las parejas se hacían arrumacos y un francés que pronunciaba mucho la h discutía con el típico fotógrafo que hace las fotos-recuerdo los trucos para conseguir la mejor imagen. Recuerdo que sonaba Frank Sinatra en mi ipod, porque en algunos momentos cruciales de la vida sólo puedes confiar en los clásicos, y me sentí feliz y triste a la vez.

Podría seguir escribiendo de la ciudad que huele a grasa, azúcar y gasolina. Del metro, donde parece que en cualquier momento alguien va a sacar una pistola o un saxo. De las gorras de los policías y de los tacones brillantes. De la música del camión de los helados y los carteles verdes que indican las calles. Del puente de Brooklyn, las escaleras de incendios, los huevos al estilo Benedict, los camareros que se dedican a llenarte el vaso de agua con frenesí,  los cócteles desde las 10 de la mañana. De aquellos enjambres de ventanas acribillando la noche. Volveré, Nueva York, ya lo creo que volveré.

pd: Esta entrada esta inspirada, de alguna forma, en esta, genial por supuesto: Pongamos que hablo de Nueva York 

25/2/12

Hay que brindar más

Pulso con el dedo índice la bendita (infecta de bacterias) tecla del enter y, en los segundos que tarda en cargarse el radiopatio de la actualidad, contengo el aliento y rezo al dios del frigorífico (libertad religiosa, ¡chitón!)-Hoy no, por Dios, hoy no- pero, malheur, allí están otra vez. El olor fétido de la corrupción, los millones de parados, los políticos vomitando sandeces, los jueces de Bruselas castigándonos contra la pared, Atenas ardiendo en silencio, los desconsolados niños sin mi pupitre nooo, la policía aporreando a jóvenes que blanden libros como espadas, los casposos salivando, las deudas a punto de nieve para el apocalipsis.  La desgraciada, malnacida crisis. Yo resoplo, maldigo al dios del frigorífico que no me da más que yogures y disgustos, musito un ay señor y sigo, haciendo. 

Y como estoy tan harta, busco y recuerdo cosas que hagan que todo este desastre lo sea menos. Como dijo Nacho Vegas, alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo. Amigos, hay que brindar más.  

Por los ataques de risa de detonante inexplicable que acaban con alguien quedándose sin aire. Por los niños que aprenden a andar con la concentración de un escalador pero se caen de culo cada tres pasos. Por los dibujos de sirenas y de árboles con casas dentro, por los papelitos voladores que contenían secretos políticos y por los que una amiga doblaba haciendo  grullas (las ranas estaban muy vistas), por los emails bíblicos de Liverpool a Madrid, por las  cartas que mi padre me escribía cuando me iba un mes a aprender inglés (aunque aprendía a robar pares de calcetines de South Park porque lo hacía todo el mundo). 


Por los cuentos de naufragios y pastoras con rebaño que decidían cambiar de sexo que escribía con 10 años. Por la cara de susto que se nos quedó a mi hermana y a mí cuando descubrimos que los pollitos rosas que habíamos comprado en el mercado de Villacañas desteñían al cabo de los días. Por las veces que mi abuela dice ¡Si yo no digo nada! después de haber criticado a media familia. Por la expresión de mi otra abuela, ¡Anda la osa negra!, como quien dice, ¡Anda mi madre! Por aquel chiste que nos contaba de unas monjas con serios problemas de incontinencia. Y por el otro chiste de una niña que se llamaba Nocruces y acababa atropellada. Y nosotros, muertos de la risa.

Porque después del calimocho vino el vino y bienvenido sea. Porque a veces bebimos hasta perder el control. Por los planes para cambiar el mundo, tan sólidos como una catedral hecha con una baraja. Por la tarta de manzana y la tortilla de patatas de mi madre. Por las    veces que se pone tan manchega que a su lado Jose Mota es un piltrafilla. Y por cómo se esconde debajo de la manta cuando tiene frío, como un animalillo asustado. Por los gritos de mi hermana cuando le hago cosquillas detrás de las orejas. Por las veces que me pide que le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. Porque las dos arrugamos la nariz con el mismo gesto. Por los libros con los que aprendí a soñar y por cómics que leí solo por acercarme un poco a tí. Por los chicos que juegan a las palas en el Sardinero: menos Nadal y más aficionados con el torso sudoroso. Por descubrirte mirándome, por tus ojos medio cerrados un segundo antes del orgasmo. Por los besos tan largos que nos dejaban los labios rojos. Por los besos que he imaginado mil veces. 

Por Misterioso Asesinato en Manhattan, Con Faldas y a lo loco, los Hermanos Marx y  hasta los momentos inconfensables en los que de la vergüenza ajena pasamos a la risa disparatada con Quién quiere casarse por mi hijo (club de fans para los gódicos ya). Por la música de Desayuno con Diamantes, por Robert de Niro, por Hey Jude, por la canción de la Feria del Este, y cómo no ,por el ababaaa bababaraaaan. Por las canciones que me gustaron desde la primera vez, por las que oí por tí, por las que aprendí a escuchar con el tiempo, por las que me ponen la piel de gallina.

Por aquel día que nos perdimos por las calles de Granada siguiendo a unos gallegos. Por las   playas italianas que aparecen después de deshidratarnos. Por aquel hotel de Atenas en el que el dueño nos recomendó, muy serio, regarnos con la manguera. Porque lo acabamos haciendo.Por aquella vez que hiciste 200 fotos a una sola puesta de sol y tenías razón, todas   eran diferentes. Por la habitación en Londres que nos alquiló un búlgaro que repetía a gritos But where is the wardrobe? Por las carreras en calles desiertas con veinte kilos en la espalda y por la vez que andamos en un precipicio sobre el mar. Por las zanahorias que sacabais en cada tren para matar el hambre (sin conseguirlo, claro). Por todos los viajes que nos quedan por hacer. Por vosotros y los que vendrán. Por el futuro aunque esté jodido. Por el amor que está a punto de llegar. Por los bostezos que se contagian y porque, como dijo el maestro, disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine. 



20/4/11

Riesgo y Altura

Tiene 25 años, alergia a las manzanas y una melena rubia que se enreda con facilidad. Se llama Isla porque sus padres se conocieron al subir a un barco. Él nació tres meses después, lleva doce sin ver el mar y cuatro días manteniendo la promesa de no volverse a enamorar. Se llama Alfredo porque su madre adoraba a Fred Astaire pero creyó que un nombre inglés se pasaba de moderno.

Los dos están en una terraza de una calle ruidosa de Madrid. Isla bebe a sorbos un café con leche que se ha quedado helado mientras escribe en un ordenador. Alfredo, con una tijera en la mano, bucea buscando historias inauditas en las esquinas de algunos periódicos. Entre las cuatro y las cinco de la tarde recorta un ladrón ciego, un bebé abandonado en una panadería y un mensaje en una botella. Isla, en cambio, suspira con el ceño fruncido frente a la pantalla; apenas ha escrito dos líneas.

-¿Eres periodista?, pregunta Alfredo, mientras gira la silla para mirarla de frente.

-Ya no. Lo era. Ahora….estoy intentando escribir. Pero algo me dice que éste no es el mejor lugar para encontrar la inspiración. ¿Alguna sugerencia?

Alfredo sonríe. Sí que tiene una idea.

-En la calle todo el mundo va con prisa. Todo dura un segundo y casi nada es de verdad. Pero si miras a las personas cuando creen que nadie las ve….seguro que encuentras material de sobra para empezar a escribir.

-Oye, antes de que vayas a proponerme cometer algún delito, ¿quién eres, cómo te llamas, que haces aquí?, pregunta Isla, mientras se coloca un mechón rubio detrás de la oreja derecha.

-Deformación profesional, supongo. Soy Alfredo, Guía turístico de Madrid. ¿Tienes algo que hacer ahora? Si vienes conmigo, te llevo a un sitio desde el que podrás espiar de forma totalmente legal.

Isla mira hacia otro lado, como siempre que se pone un poco nerviosa y luego dice: "De todas formas, tampoco tenía dinero para otro café. Vamos."

Alfredo trabaja en los autobuses turísticos de Madrid. Son rojos y tienen dos pisos, imitando a sus ancestros londinenses. Le pide a Isla que suba hasta el segundo piso y se siente en la última fila. Él se coloca a su lado y se queda mirándola algunos segundos, mientras los turistas ocupan los asientos, despliegan mapas y afinan las máquinas de fotos. Antes de que despegue, susurra al oído de Isla:

-Desde aquí estás a la misma altura que el primer piso de todas las casas por las que vamos pasando. Es verano. Las ventanas están abiertas. Mira. Sólo tienes que mirar.

El autobús arranca.


Madrid. Antonio López.


En el número 22 de Gran Vía, Isla ve a una pareja en la cama. Ella está encima de él, desnuda. En el número 46 ve a un grupo de diez bailarines ensayando una coreografía. La profesora grita “¡Sólo nos quedan dos días, esto va a ser un desastre!”. En el número 50 un señor con traje y guantes coge un abrecartas en forma de espada y se lo clava en la palma de la mano a otro hombre. Isla ve la sangre a pesar de la distancia y quiere gritar, pero ya están en el número 60, donde una madre canta a su hijo mientras lo mece entre sus brazos.

Llegan a la calle Princesa justo cuando el guía hace una pausa para aclararse la voz. Suena una música de swing y Alfredo mueve discretamente los pies. Isla le mira de reojo y, sin querer, se acuerda de Fred Astaire. Pero se acaba la canción, y continúa el relato. En el número 25 de Alberto Aguilera, Isla pasa de largo por una clase de matemáticas y otra de historia. En el número 39 un chico joven llora en el teléfono y repite “Por qué, por qué”. En el número 45 ve a otra pareja haciendo el amor, en el suelo, pero él está tumbado sobre ella. En el 67 un viejecito agachado sobre una mesa arregla relojes bajo una lámpara y en la ventana de al lado Isla está casi segura de que la mujer sobre la cama lleva varios días muerta.

Finalmente, el autobús llega al punto de partida. Los cazadores de imágenes eternas salen, satisfechos y sonrientes. Alfredo se acerca a Isla, que mira pensativa su cuaderno, lleno de frases, palabras, tachones.

-¿Y bien señorita, ha disfrutado nuestro recorrido por Madrid?

-¿Puedo volver mañana?, pregunta Isla, mientras recoge sus cosas.

Alfredo afirma y asiente. “Cuando quieras, claro”. Isla, a punto de bajar de este barco rojo de dos pisos, le mira, se acerca a él, y dice: “Ya se me ha ocurrido una historia para hoy. Pero falta una cosa. El principio. Es lo más importante, y lo más difícil. Y quiero que ésto sea el principio”, dice, un segundo antes de acercar sus labios a los de Alfredo.