Mi abuela María estuvo tres años seguidos sin salir de casa. Ella tenía 18 años, vivía con su madre y sus abuelos. Su padre se entregó para salvar a su hijo, que se fue a Madrid para aprender cómo se utiliza una guerra. Pero mi abuela estaba en casa. Cuidaba animales pequeños. Tenía un vestido de los domingos y ningún libro. Escuchaba las historias de su abuela. 19. 20. Años. Suplicaba a los relojes que avanzaran, sin saber que en la carretera los cadáveres guardaban también relojes en los bolsillos.
¿Qué son tres años, María?-me dice ahora
De 1936 a 1939 España sangraba muerte y hambre, lloraba hielo negro y escarcha y no había caminos que andar. Pero tres años no son nada, María, me dice mi abuela.
¿Cómo supo que el futuro puede ser de otra manera, a pesar de que tardó tres años en enterrar a su padre?
¿Cómo pudo volver a llenarse de risa para tapar los alaridos que escuchaba de la cárcel cercana?
Y sólo entonces comprendo que todos nuestros miedos son como enormes estatuas de sal. Hay que seguir hacia adelante. En algún momento aparecerá el mar.
Estás en el punto más alto de una esas atracciones de feria desvencijadas por el tiempo y los chirridos. Tienes vértigo y sientes latir la adrenalina en el electrocardiograma verde de tus sueños. Estás arriba y quieta. Como un fotograma, con las alas amarradas al cuerpo, anestesiada por las descargas, cincuenta y cuatro metros y pico en sentido vertical desde el suelo.
Veinte años antes, cuando te tapabas la cara con la manta, para no desafiar a las sombras con forma de leñadores que se comían niñas vestidas de rojo, en este mismo lugar, gritaste: "¡Eh, mira, mírame, sin manos!" y creíste que eras única, poderosa, libre, a pesar del metal que apretaba tus piernas.
Pero ahora estás congelada, el frío te lima la primera piel del cuello. Eres un cadáver en un museo de cera.
Y aquí, en este columpio con letras de hierro, cincuenta y cuatro metros más cerca del cielo (escarcha, casi tiniebla), observas. Porque casi siempre es más inteligente que hablar.
¿Por qué estudiar el baile de la elipse que dibuja la Tierra, si un día dormiremos en el barro negro donde también van a morir los insectos? ¿Por qué este empeño en conseguir un premio, si nunca disfrutamos el camino donde escupimos el aliento?
Aunque cada domingo te hundas en el celuloide de la eternidad, las butacas acabarán rompiéndose. Y aunque te dejes cautivar por el papel donde bailan las letras, mañana olvidarás el capítulo nueve. Y si cierras los ojos imaginando la piel desnuda mientras suena la música, cuando despiertes la garganta del dolor se habrá tragado la orquesta entera.
Pero desde aquí arriba parece que los lobos sólo pueden aullar. Porque no hace falta creer en los héroes para ser un valiente.
Al principio de todo, un explorador vestido de marrón cogió una pequeña barca desde Oz hasta la siguiente playa. Cuando llegó, probó y escupió algunas frutas silvestres y comprobó con satisfacción que el idioma que allí hablaban era bastante parecido. Escribió lo que había visto en un papel que llevaba doblado en el pantalón, añadiendo algunas metáforas y un par de datos útiles y regresó a su casa de escaleras de madera de pino. Así nació el periodismo.
Aproximadamente cinco años después, aquel mismo tipo emprendió un segundo viaje. Esta vez lo hizo en tren y recorrió casi 300 kilómetros hasta una ciudad del norte. Con la boca abierta y una pluma estilográfica en la mano izquierda (su jefe sabía que los zurdos tenían una especial sensibilidad y por eso le mandaba fuera), descubrió que el progreso había llegado a Xanadu, pues así se llamaba aquella ciudad. Recorrió calles con luces de neón y edificios altísimos. Contó 50 personas con maletín, 13 calvos, seis parejas que se besaban, tres cabinas telefónicas y ningún perro. Intentó conversar con varias personas pero enfermó de impotencia, cuyo principal síntoma es saber que no puedes hacer nada. Volvió a su casa de escaleras de madera de roble un poco más pensativo y escribió el relato esa misma noche.
A la mañana siguiente, el periódico publicó la historia abusando del sensacionalismo y a la hora del croissant el presidente del Gobierno concluyó que debía asociarse con aquella ciudad del futuro. Dicho y hecho, escribió cartas y telegramas, exigió con urgencia un traductor y envió a su homólogo de Xanadu el mejor jamón de pata negra. En apenas una semana empezaron las obras de una línea de alta velocidad entre las dos ciudades y al mes siguiente los dos jefes brindaron con champán y le declararon la guerra a un pequeño país que ambos habían estudiado pero ninguno conocía que se llamaba Macondo.
Nuestro héroe, que ya por entonces se presentaba como periodista y que había huído del anonimato al nombre artístico (firmaba como Jack Lemmon), fue ipso facto nombrado corresponsal de guerra. Al traje de explorador le añadió un chaleco antibalas y allá que fue, la primera parte en alta velocidad y la segunda un ratito a pie y otro caminando. Envió las crónicas de los bombardeos, tembló de miedo y comprendió que el único error de los habitantes de Macondo (aparte de apellidarse todos Buendía, qué manía) había sido nacer cerca de un yacimiento petrolífero. J.L estiró el interés periódistico tres semanas más y después, se fue, más delgado y sin petróleo.
El país vencido, la ciudad de baldosas amarillas y la ciudad del esplendor se reagruparon y formaron la Nación Unida, porque Naciones Unidas ya estaba registrado. Firmaron la paz y la Constitución en una misma tarde. El petróleo repartió riqueza, la riqueza repartió metros cuadrados de cemento para las familias y las familias fueron a toda prisa a por una televisión y kilos de palomitas.
Mientras tanto, nuestro intrépido héroe intentaba en vano convencer a su superior de que más allá de las montañas había ciudades sin descubrir, idiomas nuevos y frutas desconocidas. Incluso le advirtió del peligro de la Nada. Por desgracia, su jefe se limitó a instruirle en el noble arte del cotilleo, enseñándole las mejores posturas para escuchar detrás de las puertas, las ventanas, los suelos y hasta las jaulas de las mascotas. Le explicó claramente que su labor era informar de puertas para adentro, pero sin molestar al señor con corbata que había pagado el edificio donde estaban teniendo esa charla entre amigos. Así empezó a morir el periodismo.
Y pasaron los años. En Nación Unida se duplicó el número de profesiones, todos los toboganes fueron sustituidos por máquinas expendedoras de café, y los tomates perdieron su sabor. El héroe de esta historia, un día antes de jubilarse, lanzó un mensaje de socorro, que fue interrumpido en los 10 últimos segundos por un anuncio de una colección de muñecas de porcelana china.
Pero siempre hay un pero. Unos minutos antes de aquel discurso, otro joven cuya televisión estaba averiada, dio un portazo y empezó a caminar hasta la costa. Y allí, más vintage y más atractiva, seguía aquella barca del principio. Desde entonces, no se han tenido noticias de él. Pero eso no significa que no haya encontrado una buena historia.
PD: Para un mejor disfrute de la lectura, pinche usted en los enlaces y/o en esta canción.
Todo es inútil y
nada sirve para casi nada, así que he decidido que me voy a casar con un
mafioso. No os alarméis porque es algo que llevo pensando aproximadamente
cuarenta y tres minutos y es un plan tan maestro que seguramente querréis
imitarme. Yo encantada.
Desde los cuentos
infantiles hasta las charlas de nuestros sabios progenitores pasando por los
discursos de algún premio Nobel y algún presidente estadounidense (no, no
siempre coinciden) el mensaje siempre ha sido el mismo: lee a los clásicos, estudia
una carrera, cede el asiento del autobús y una vida llena de felicidad, monedas y justos planes de pensiones sabrá recompensarte.
Ante esta indignante
porquería, solamente quedan dos opciones: hacer las maletas y poner un puesto
de collares en alguna isla o, siendo más realistas, entrar en la mafia. Como
soy una chica con ambición, escojo lo segundo. Pero como también soy un
poco miedica, en vez de apretar el gatillo y enfundarme yo el Armani y la
pistola, creo que lo más sensato será ser la mujer de (esto me lo ha enseñado la televisión en los ratos muertos
en los que no leía a Cervantes).
¿Por qué los
mafiosos son los que mejor se lo montan? Esto es una pregunta retórica. Básicamente,
es una cuestión de saber elegir. Eligen no hacer cola en los sitios, saborear
la venganza y el tacto de los billetes. Eligen ser respetados y temidos,
imitados y odiados. Eligen tener mansiones y adrenalina, pasta exquisita,
alcohol y drogas, favores de la policía y de los jueces. Y cuando han elegido
se preguntan qué hace falta para tener todo eso. El famoso e igualmente
respetable “el fin justifica los medios”, que es poco más que una pistola y un grupo de
amigos.
Hasta aquí muy
bien, salvo por un detalle. Parece difícil saborear estas mieles y entrar en
este mundo de Travoltas con traje capitaneados por cualquier Don Vito siendo del sexo
débil. Me hago cargo. Ya os dije que el objetivo no era serlo sino casarme con
uno de los nuestros, perdón, de los suyos. Preferentemente italiano, por la
dieta mediterránea y porque Sicilia es un paraíso sin asfaltar, pero estoy dispuesta
a dejarme querer por alguno del este soviético, que suelen tener el cuerpo lleno de tatuajes.
Así que, cuando
me disponía a elaborar la lista de todas las cosas que tengo que hacer para
encontrar, conquistar y cazar al mafioso en cuestión, me he dado cuenta de que ¡ya
lo había hecho todo! Como os lo cuento. Se andar con tacones y la pasta es lo
único que cocino decentemente. Soy discreta. Se lo que es la traición y no me
da miedo la muerte. Se bailar twist o al menos imitarlo. Conozco el silencio
necesario y he necesitado escuchar. Cuido mucho a mis amigos, el negro es uno
de mis colores preferidos y en la universidad incluso me enseñaron qué era el
secreto profesional. Así que ya está. Estoy preparada y esperando. Pero, por si
él tarda en aparecer, me voy con Robert, y , como decía él: "Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y como yo las hago".
No sé en qué
momento dejé de escribir. Tampoco recuerdo cuando empecé a olvidar los
sueños de la noche anterior y de las noches siguientes. Pues bien, esta sequía
de textos, esta triste ausencia prolongada se debe sólo a una cosa: el amor.
Hace tiempo
tuve una conversación con un amigo en la que hablamos de cuentos y cuentistas y
llegamos a la conclusión de que casi siempre escribimos cuando estamos tristes.
Cuando hay más espacios que besos, más tiempo que vida.
Los que me
conocéis, sabéis que tengo tendencia a contarlo todo, a desvelar el sorprendente final de
las historias alrededor de una mesa o del otro lado del teléfono, pero estas
teclas negras siempre habían sido una barrera. No vendo carnaza, todavía. (y así me irá
en esto del periodismo)
Pero he cambiado
de opinión y quiero que lo sepáis. Me han jodido pero soy una romántica y
pienso seguir siéndolo. Y después de la espantada general, más bajito, digo: Give
love a chance (Lennon, perdóname, tu encontraste a Yoko).
Conocí a un
chico. Me gustó su pelo y su jersey azul y me dijo que quería vivir en Berlín. Trabajábamos
en el mismo periódico. Al principio no hablábamos mucho. Pero alguna vez dibujamos
el mismo futuro y recordamos un pasado parecido. Hacía frío y era nuestro
cumpleaños. Y en un bar de Lavapiés le regalé un cuaderno. Pasó el tiempo sin
que pasara nada y en abril empezamos a compartir el césped de mediodía. El me
regaló una máscara de un país lejano. Nos esquivamos queriendo besarnos hasta
que un día de mayo nos chocamos.
Y mientras repasábamos la forma de aquellos besos, llegó aquella revolución que hoy parece un
espejismo. Sol y gritos de miles en las noches de mayo. Entonces nació la
esperanza de los que estaban dormidos. De madrugada, entre tiendas de campaña y
delirios de grandeza, los desconocidos hablaban de política y él, en silencio, me abrazaba.
Se acercaba el
verano. Cada día era nuevo. Cada gesto, cada palabra, cada viaje. Juntos nos
asomamos al mar para comprobar que estábamos insignificantemente vivos. Construimos
un lenguaje. Nos aprendimos de memoria la piel y las palabras mágicas.
Un
día de agosto se acabó todo. Tuvo miedo. No hacen falta más detalles. Pero a
veces duele tanto la verdad que prefieres seguir mintiendo. La idea
de separarnos y no volvernos a ver me dejaba como sin piernas. Era como si yo
hubiera echado raíces en su sangre. Recuerdo esa frase que leí hace poco. Siempre hay alguien que lo ha dicho mejor que tú. Pero él no parecía tener sangre, ni fuerza. Así que aquello fue una
despedida.
Después de la tragedia griega, me tocaba hablar a chorros para limpiarme los ojos. Eso hice. Eso y abrir las manos para intentar coger alguno de los interminables remedios que todo el mundo ofrece.
Y después de la resaca, después de huir por avión y en carretera, después de un final del verano que no ha tenido bicicletas pero sí muchas risas, pasta siciliana y brindis con vino, sólo tengo claro que el amor es lo único que de verdad merece la pena. Sé que esto es más cursi que una postal de la Torre Eiffel en un atardecer o una versión cinematográfica de una novela de Jane Austen, pero os prometo que es verdad.
Volveré a enamorarme porque quiero hacerlo. Por los nervios antes de que todo empiece y por las primeras veces. Por la complicidad que se mide en las miradas. Por todos los que lo hicieron antes. Por Shakespeare y por Casablanca. Por las camas que se convierten en refugios. Por las cartas, los poemas, los gritos, los gemidos y hasta los mensajes escritos en el vaho de los cristales. Por los mapas hacia nuevas ciudades, y por seguir creciendo mientras baste una caricia para hacerte sentir vivo.
Hoy es el cumpleaños de Bob Dylan. Aquel tipo despeinado agarrado a una harmónica y compañero fiel de la nostalgia escribió hace ya mucho tiempo una canción sobre el cambio y el tiempo: "Más vale que empecéis a nadar si no queréis ahogaros. Mantened los ojos abiertos, porque esta oportunidad no volverá a repetirse. Porque los tiempos están cambiando".
Aquella letra podía haberse escrito en los pasillos de la plaza que brilla: la Puerta del Sol. Porque me parece que todo ha cambiado en una semana. En siete días, la cúpula del metro se ha convertido en una inmensa pizarrra del ingenio y el enfado. Las farolas son las guías para no perderse en la marea y los cartones tirados, camas para los valientes. Las dos fuentes se han callado, transformadas en escenarios que esperan un discurso, una palabra huérfana, una audiencia entregada. El reloj de las doce campanadas es el guardián del éxito de los pacientes. El quiosco de prensa, siempre abierto, el único faro del que quieren fiarse los marineros que a veces pierden el rumbo. El caballo de Carlos III es una bandera de resistencia. Los cables, las vigas de esta ciudad de lona y piedra y las cuerdas, tiendas de tender de las que cuelgan frases del pasado recién lavadas.
Si queréis conocer este lugar, todavía hay habitaciones disponibles, con vistas y pensión completa. Por la mañana se sirven churros y se reparten manzanas verdes de madrugada. También hay biblioteca, con cómodos sillones, guardería, un equipo legal muy competente y hasta una enfermería (de momento sólo da remedios contra la hiperactividad, no ha habido violencia). Hay agua para todos, aunque no es suficiente para calmar a quienes llevan años sedientos.
Pero no os confundáis. Esto no es un hotel con encanto, ni un experimento, ni una anécdota, ni una conspiración, ni una rabieta. Esto es Historia. Con mayúsculas. Es debate y análisis, discusión y reflexión, dudas y aciertos, derechos y deberes, exigencias y sueños, votaciones y aplausos. Es emocionante. Pone la piel de gallina.
Y a pesar de que el mundo parezca girar en otro eje y gran parte de la población siga actuando como el avestruz que esconde la cabeza y no se pregunta nada, seguiré creyendo en la fuerza de la acampada de Sol. A pesar de la prepotencia de quienes han vencido y creen que tienen carta blanca para recortar todavía más y de quienes son incapaces de asumir la derrota, seguiré creyendo en la fuerza de los ciudadanos informados, críticos y valientes que sueñan con un futuro mejor. Ciudadanos que se reunen en multitudinarias asambleas en esta plaza de las Sol-uciones y votan levantando los brazos y las manos. Personas indignadas que forman comisiones para organizarse. Que definen lo que quieren (reformar la ley electoral, eliminar a los imputados por corrupción de las listas electorales, abolir los sueldos vitalicios e incrementar el salario mínimo, regular la condición del becario, implantar la tasa Tobin...y estas son sólo algunas de las propuestas). Que hablan con libertad. Que exigen respeto. Que comparten sueños.
Y si pasa el tiempo y la realidad vuelve a escupirnos, recordaré las imágenes de esos días de la Spanish Revolution. Imágenes de una plaza en la que no se podía respirar, de un grito mudo a medianoche, de "no nos representan", de besos robados, de carteles y firmas, de micrófonos, votaciones, risas, y, sobre todo, orgullo, por haber formado parte de aquellos que un día gritaron: ¡no!
Si me cuentan que las tropas de Gadafi están bombardeando varias ciudades de Libia, lo creeré, porque he oído el ruido de las explosiones y he visto cuerpos sin vida en la pantalla. Si me dicen que el abastecimiento mundial del petróleo depende de lo que suceda en ese mismo país, veré con buenos ojos que venga Estados Unidos a salvarnos. Si la televisión me bombardea con un tal Galiano, sus vestidos sedosos y sus extravagantes maneras, hablaré de él. Si los Premios Goya van a parar a Pa Negre, iré a verla. Si las revistas critican las tetas embutidas de Penélope Cruz en un vestido rojo, yo haré lo propio con su culo. Si en la publicidad sólo existe la belleza, juzgaré a la gente por su cara o su talla. Si hay que hacer regalos, querré dinero para hacerlo rápido. Si me falta tiempo, avanzaré deprisa, aunque me pierda. Si me pierdo, quiero que me salven. Si me ofrecen ayuda, rechazaré la oferta.
Si sólo aparecen dos partidos políticos en los medios, asumiré que no hay otras opciones y defenderé que la política es inútil. Si los titulares de los periódicos son resúmenes de trapos sucios de tipos con corbata, acabaré por creer que todos los que se dedican a la política son gente sin escrúpulos. Si me cuentan que ayer hubo una masacre en Costa de Marfil pondré el grito en el cielo sin pensar cuánto tiempo llevaba sucediendo hasta que un periodista decidió contarlo porque ése día sobraba una página del periódico o 2 minutos y medio para meter un vídeo.
Si critican las banderas, yo también, aunque tenga una grabada en mi identidad. Si atacan la religión, también huiré de ella, aunque no pueda entender la cultura ni la Historia sin ella. Si todo el mundo viaja ocho horas hasta Nueva York, querré ir, aunque no conozca las ciudades a menos de 100 kilómetros de aquí. Si me dicen que la justicia es lenta, no confiaré en ella. Si me hablan del futuro, haré planes sin pensar en el presente.
Si me hablan de amor, me dará miedo. Si me hablan de placer, pediré amor. Si no conozco el dolor, me creeré imbatible. Si me prohíben algo, reclamaré la libertad de poder hacerlo. Si tengo libertad, preferiré disfrutarla viendo pasar el tiempo.
Si alguna de estas frases te despierta, estamos salvados. Si no es así, sigue buscando en Internet.
¿Cuánta sed somos capaces de soportar? ¿Cuántos días sin tocar las teclas del ordenador? ¿Cuánto tiempo aguantamos sin consuelo? ¿Cuánto cuesta mirar hacia otro lado? ¿En qué momento olvidamos que crecer es construir algo nuevo?
Tengo la sospecha de que conocemos las respuestas a todas esas preguntas pero escondemos la cabeza debajo de drogas fáciles y emociones rápidas. Sospecho y dudo porque me reconozco menos y este país de edificios vacíos y playas sin un centímetro libre me da más miedo que alegrías. No se qué hacer pero creo que el silencio es la peor de las derrotas.
Estoy harta de vivir en este país pero es mi hogar y no quiero irme. Harta de que el lanzamiento de insultos se haya convertido en costumbre habitual. Harta de que los políticos no se den cuenta de que lo más preciado que tienen, el talento de los jóvenes a los que durante años se han preocupado de educar, se marcha y no piensa volver. Harta de un país en el que está bien pagar casi 100 millones de euros por un futbolista pero no hay dinero para contratar a miles, millones de jóvenes que tienen algo más que un pan debajo del brazo (por ahora). Harta de encender la televisión y ver como todo se rompe en pedazos porque vale más un arsenal de tonterías que un puñado de ideas inteligentes y acabamos intoxicados de basura mientras el periodismo de verdad va desapareciendo.
Y aquí estoy. Casi callada. Casi invisible. Casi inmóvil. Porque lo que falta es que toda esa rabia se transforme en indignación y la indignación en un cambio. Falta encender la mecha y contagiar la esperanza.
Puede que nos obliguen a huir. Puede que durante un tiempo sigamos contando las monedas en la palma de la mano. Es probable que toda esa pandilla de expertos en endilgar adjetivos malditos ("perdidos") tenga razón y no podamos vivir tan comodamente como nuestros padres.
Pero mientras las manecillas avanzan, cada uno en su camino puede intentar provocar un cambio. Mientras pasa el tiempo miles de ideas están naciendo. Mientras dejamos atrás los libros de historia la historia continúa escribiéndose. Mientras cumplimos años vamos haciéndonos un hueco y podemos cambiar el rumbo. Porque las revoluciones, los días y las horas lo demuestran, existen también en el presente. Por mucho que este sistema de publicidad que adormece y parches que tapan las heridas sin curarlas se empeñe en distraernos de lo verdaderamente importante. No dejemos que el presente agonice antes de convertirse en futuro.
"La peor de las actitudes es la indiferencia. Comportándoos así, perdéis un componente esencial del ser humano: la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella. Creer es resistir. Resistir es creer". (S. Hessel)
No he estado en Túnez pero dicen que huele a jazmín. Ahora esos miles de jazmines en Hammamet estarán aplastados y mustios, cubiertos por miles de pisadas de una marea de gente que, sin saberlo, estaba haciendo historia.
El viernes fue un día muy emocionante. En pocas horas caía un régimen dictatorial y en la redacción corríamos y tecleábamos, como siempre intentando ser los más rápidos en contarlo. Primero Zine el Abidine Ben Ali , (23 años afferado al 'trono' y en 28 días el pueblo ha conseguido echarle) anunciaba elecciones anticipadas, luego se decretaba el estado de excepción, entre tanto llamaba la enviada especial del periódico, contándonos que los tenían (a ella y a otros tantos periodistas) retenidos en un hotel sin poder salir. La gente en las calles seguía gritando con todas sus fuerzas y cada vez llegaban más fotos, más noticias, al tiempo que una especie de alegría contenida iba propagándose entre ordenador y ordenador. Y finalmente, el dictador que gobernó sin límites, abandonaba el país, huía presionado por la calle: ése era el titular.
Ha sido y es una revolución inesperada, porque aunque la mecha había empezado a prender en varios países del Magreb, casi todos los expertos y un buen puñado de periodistas apostaban por Argelia como lugar de la explosión. Pero lo más importante es que es una revolución democrática: no es un golpe de Estado, tampoco hay un líder religioso a la cabeza dando órdenes y el ejército, además, se ha mantenido neutral durante las protestas. Ha sido el poder de la gente: estudiantes en paro, trabajadores con sueldos míseros, familias enteras, intelectuales, funcionarios. Todos unidos para luchar por un país libre, sin censura, sin corrupción, con garantías y derechos.
Hay mucho que decir sobre las condiciones que han provocado esta tormenta sin naufragio. Túnez es uno de los países más 'europeizados', su economía es más abierta que la de muchos países vecinos, la condición de la mujer también es más equitativa, la mayoría de la población es joven, ha estudiado y es consciente de que tiene unos derechos por los que vale la pena luchar. Pero además, hay un mártir. Se llamaba Mohamed Bouazizi, era informático pero se ganaba la vida con un puesto callejero de verduras. La policía le arrebató su única salida para poder comer y la desesperación le llevó a inmolarse. En Internet ya es el padre de la revolución de los jazmines.
Sé que está mal que lo diga yo, pero él era un joven maldito. Lo que hizo desató las protestas. Si una persona con la vida por delante decide acabar así con todo, algo está podrido. Después, Internet y las teclas veloces propagaron la indignación. Las redes sociales se convirtieron en una autopista en la que viajan el cambio y el futuro, tan rápido que ninguna censura puede ponerles freno.
Ahora, en los ecos de la noticia, en la resaca de la tormenta, sigue estando la alegría. Pero la lista de deseos no se ha cerrado aquí. Ojalá Túnez agite a otros pueblos. Ojalá sea el principio del fin de las dinastías y las dictaduras eternas. Ojalá esto sirva para comprender que no todas las revueltas en los países árabes las enciende el discurso fundamentalista. Ojalá esto sirva a los presidentes europeos para ser menos hipócritas (hasta hace dos días, ninguno se atrevía a señalar con el dedo a Ben Ali). Ojalá comprendamos que no se puede vivir en la indiferencia. Ojalá que esta revolución no se quede en palabras escritas en el aire. Ojalá...
Un mensaje bastante claro. Túnez. Reuters.
PD: Aunque son muchos los artículos de estos últimos días que vale la pena leer, recomiendo especialmente "La revuelta de los descamisados" , por Sami Naïr.
Vigilantes del fuego en el cielo
frágiles, mira sus trajes suaves como la piel quemada, siluetas
con las manos vacías de imágenes antiguas,
de canciones y promesas, pierden
los recuerdos
por el desagüe de la garganta que grita en el silencio
Ésta será mi vida, tal vez la tuya
dentro de algunos años, bombillas rotas y libros secuestrados
Pero imagina otro lugar
con la fuerza de las miradas cómplices
la pasión entre las sábanas,
los ideales que germinan, los diálogos que nunca
se rompen del todo.
Y, más, las palabras
al oído y en el eco de las calles, grabadas
en las huellas que todavía te quedan por pisar
Todos los relojes se detienen y los mapas se borran
la ciudad que a medianoche ríe
está esperando
Un día cualquiera te planteas cómo es tu vida y cómo será tu futuro. Este problema filosófico existencial te atormenta con relativa frecuencia. Caprichos de hacerse mayor. Tienes veintipocos o veintitantos, un currículum y escaso dinero, unos principios más frágiles de lo que crees y algunos sueños imposibles. Para aliviar el sabor amargo o buscar respuestas amables existen algunas opciones:
Si la hora es la adecuada, muchos optarán por darse a la bebida, frágil pero inmediato consuelo de muchas penas cotidianas. Los más afortunados organizarán viajes por los confines del extrarradio o la estratosfera, buscándose a si mismos en otros caminos. Los idealistas se sumergerán en la música o la literatura, cuevas secretas donde todo es posible.
Pues bien sabed que ,cada vez con más frecuencia, la solución a todos nuestros problemas se encuentra aquí mismo. Sí, sí, acérquense (atención con chocarse). IN TER NÉ. ¿No sabeis cómo será vuestro futuro? Amigos mios, el horóscopo es cosa del pasado. Preguntad al tío Google. Lo sabe todo
Eliminando la opción de convertirnos en lejía, el futuro puede ser lo que nosotros queramos que sea.