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3/2/15

Aquí hay tomate

Teresa Rodríguez, aspirante a secretaria general de Podemos en Andalucía, ha dado una clase sobre cómo se cocina una encuesta -en temporada de campañas elija usted una muestra manejable, añada 200 gramos de preguntas inocentes, remueva hasta darle mejor aspecto- en un vídeo en el que aparece manos a la obra: preparando una salsa de tomate entre los azulejos de su casa.

Confieso que, en el primer vistazo, el gesto me ha gustado. Por fresco y poco habitual, porque es una manera eficaz de transmitir, más allá de la cuestión política -las elecciones andaluzas- que Podemos está cerca de las preocupaciones de la mayoría de los ciudadanos. Todo el mundo sabe que a los maltratados por las élites nos quitan el sueño la crisis, la corrupción y el punto exacto del tomate.

Pero he repasado la imagen. En jerga cocinera -y no es que sea Arguiñano, ya me gustaría- la he dejado enfriar. Y veo a una posible presidenta de la Junta de Andalucía que presume de hacer una política del cambio metiéndose en la cocina, un lugar que los estereotipos de género han reservado a la mujer durante siglos. Qué va, estás muy equivocada, es precisamente al revés: hacer política desde la cocina sirve precisamente para reírse de esos tópicos arcaicos, para superar la absurda división de tareas -la mujer a la cocina; el hombre, a trabajar-.

Puede ser. Cuando Syriza decidió no incluir a ninguna mujer en el gobierno, políticos españoles de Podemos y del PSOE lo criticaron y prometieron que, cuando llegaran al poder, terminarían con la discriminación de la mujer. Minutos antes juraron derrotar al ébola, al calor en verano y al frío en invierno.

No creo que la mejor forma de fomentar la igualdad sea hablar de política sobre un fondo de mujer cocinando. Tal vez sería más educativo y positivo a largo plazo trasladar el debate sobre el machismo que aún existe en nuestra sociedad -y del que la violencia de género es sólo la manifestación más cruda-a la agenda pública, al centro de la discusión, en vez de relegarlo a la pura escenografía, al ruido de fondo. Porque al final al vídeo bienintencionado de Rodríguez le acaba pasando lo que a la conversación de la pandilla de María Dolores de Cospedal y sus tacitas de café. Parece que se le está dando más importancia al decorado, nada casual en ninguno de los dos casos, que al mensaje.

30/12/14

Esto no es sólo un resumen del año

El 17 de enero me desperté abrazada a ti en un sofá prestado de Paris. Hacía frío y las capas del croissant se nos iban deshaciendo entre los dedos. Desde el río miramos el reflejo de esa ciudad de hierro y luces blancas y nos sentamos en la iglesia de Saint Sulpice para contarnos secretos entre rezos extraños o, al menos, extranjeros. Más tarde escuchamos a la orquesta filarmónica de Viena desde el segundo piso de un teatro que contuvo el aliento. Esa noche pensé que era feliz, que todo estaba bien. Pero dos días más tarde a mi madre se le paró el corazón. Nunca he tenido tanto miedo. Los hospitales son fábricas de lágrimas y plástico, con sábanas nuevas y heridas viejas. Meses después mi madre ya recorría entero el parque del Retiro, con sus zapatillas modernas y su pequeña arruga entre las cejas, de todos los asaltos que ha ganado. Y ya son unos cuantos. Demasiados.

Se qué en febrero cumplí años pero apenas lo recuerdo. Había un ramo de flores de Valencia, un abrigo verde, una cena en un patio, cojines amontonados sobre un banco de piedra. Y casi 30 velas. Mi hermana y yo volvimos a la casa de siempre, donde huele a patatas al horno y a bizcochos de azúcar moreno. Las tres abrazadas en el sofá más viejo -de eso sí me acuerdo-. Más o menos entonces me cambiaron de sección en el periódico. Me fui cien metros más al sur, al mar revuelto de teletipos y alertas, donde se escriben últimas horas que son penúltimos minutos. Me gustó enseguida y no fue por las meriendas, lo prometo. 

El director se despidió encima de tres tomos de folios, zanjando para siempre el síndrome de la página en blanco. Repasó las portadas antiguas como quien saca polvo a las orlas de la Universidad, reconociéndose(nos) más sabio(s), pero también más frágil(es). Relevaron al gran jefe  y nos regalaron, sin preguntar, un culebrón de los buenos. Un poco como en España, pero en pequeño. Luego, un domingo por la mañana, entró por la puerta el tipo más loco y más valiente de la redacción. Venía de un secuestro de seis meses pero nadie se lo notó. Su hijo, a punto de perderle para siempre, sólo preguntaba: “¿y mañana tienes que trabajar?”


En abril hizo un año que nos conocimos. Quiero decirte más o menos esto: contigo todo tiene más sentido. Nos fuimos a tu antiguo escondite, Mallorca, que ahora es un poco mío. Tu amigo del colegio nos enseñó las puntas de la tierra metiéndose en el mar,  la cartuja donde vivió Chopin, las terrazas de mordiscos de sol y sobrasada. Y en el coche llamaron al teléfono. Era mi hermana, anunciando que se casaba, aunque todavía tiene las manos y la risa de un bebé.

Un mes más tarde inauguramos coche. Y carretera y manta llegamos a Santander, que siempre nos espera. Con amigos de siempre y algunos más recientes  visitamos las postales de la tierruca, acompañando el frío y las montañas con queso y bandejas enormes de pescado. También en mayo hubo elecciones europeas. Nadie pensó en el tipo que dibujó papeletas con su cara -con un par de coletas- Nadie vio venir a Pablo Iglesias. Nadie, tampoco, les ve llegar hasta el Congreso, pero la realidad supera casi siempre las encuestas. En la parte buena: han conseguido que la gente, además de hablar de fútbol, discuta sobre política; crear un partido distinto capaz de competir, quizás superar a los dos grandes; poner de moda las camisas blancas (esto también es un mérito). En el lado malo: lo que se vende como nuevo tiene mucho de robado; defendien que el fin -ser los más votados- justifica los medios- suavizar el discurso y no ser ni de derechas ni de izquierdas. 

En junio abdicó el Rey y dijo que guardaría a España siempre en el corazón, igualito que los 27.000 españoles que han tenido que marcharse este año del país por culpa de la crisis. Durante un par de días, pareció que España era, por fin, republicana. Pero los cánticos se fueron apagando igual que las luces del pasillo del piso de la Guindalera. Mis dos compañeras de sofá se fueron de casa con sus mecedoras y sus muñecas africanas, sus pepinillos en vinagre y sus tocadiscos; se llevaron un espejo de pared, unas zapatillas rosas, botes de crema, tacones mudos, algunas confesiones, ruidos, besos, silencios. No sé cuántas de estas cosas seguirán viviendo con ellas.



De repente era verano y los dos subimos a nuestro coche lleno de botellas vacías, monedas pequeñas y sombreros de paja. Hicimos 1.400 kilómetros en diez días. Vimos los tejados de Oporto desde una buhardilla en la calle de atrás. Conocimos a una familia de gaviotas con vocación caníbal y viajamos en un tranvía sin ventanas dibujando la línea del mar. En la habitación había una figura de un santo en porcelana azul y una cama para querernos en portugués. Se estrellaban aviones y nosotros comíamos pulpo y nos llenábamos los ojos de imágenes nuevas. Aprendimos que somos frioleros y valientes -salvo en las cuestas de Ézaro-, que hay escondites para esquivar peregrinos en Santiago, que existen islas vírgenes, que las mareas ocultan esculturas de piedra, que en Asturias las montañas frenan las nubes, que siempre tenemos algo más que contarnos antes de apagar la luz.

En agosto ya estábamos juntos al final del día y al principio. Nos inventamos rituales y recetas y ordenamos la casa otra vez: el gran bazar, la sala de pensar y de las cuentas, la habitación de las almohadas y los (doscientos) vasos de agua. Fuimos a Salamanca, vimos ‘Begin Again’ y ‘True Detective’, nos bañamos en un río cerca de la Sierra de Gredos, con sombrillas clavadas en las piedras. Mi querida arquitecta se marchó a Pamplona, meses después otra amiga se iría a Frankfurt. Bruselas y París completan el mapa de la ‘movilidad exterior’.

En septiembre dimitió Gallardón y renunció Ana Botella. También se habían despedido Rubalcaba, Cayo Lara y Alfonso Guerra. Ana Mato dimitió después, no por el caso Gürtel, ni el ébola, si no por no hacerle un feo a Rajoy el (único) día que iba a hablar de corrupción en el Congreso. Matas, Fabra y hasta Isabel Pantoja entraron en la cárcel, pero otras formas de folklore -como robar a manos llenas- nos dejaron, de los Pujol a las tarjetas ‘black’, el calendario corrupto muy completo. 


En octubre tocamos con las manos cascadas de piedra en Zaragoza y vimos buitres y águilas volando encima de nuestras cabezas. Empezaste en un trabajo nuevo, fuimos al Auditorio, también a ver a Rosendo. Con tu dominio de las carreteras de circunvalación te hiciste madrileño por derecho. En la fiesta del 25 aniversario del periódico a algunos compañeros les juré mi admiración eterna por subirse a los escenarios a plena luz de los jefes atentos. A otros, que justificaron sus egos con las drogas, les perdí el respeto.

El 9 de noviembre fue la consulta catalana, soberanista, independentista, popular, inconstitucional y un desafío a España (no confundir con la ofensa a España, que es un delito nuevo). Artur Mas calificó de éxito total una votación con urnas de cartón y sin censo y Rajoy ignoró el problema, que no es ERC ni Mas, como él piensa, si no un descontento crónico que sigue sin resolverse porque los políticos, en vez de cambiar el modelo de estado, se echan en cara, por tribunas y teles, el saqueo ajeno. Días después fuimos a Barcelona -ni rastro del guirigay, por cierto- y conociste a mi abuela paterna, chiquitita, mandona, Te dio dos besos y, después de estudiarte, el visto bueno. Ya estaba muy cansada. 

En diciembre asistí a la jura de nacionalidad española de un gran amigo medio cubano medio americano. Es una misa multicultural en la que todos repiten lo que dice el juez para conseguir un papel parecido a la salvación. (Todo depende de con qué se compare). El otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, nos cantó Sabina en el concierto bueno después del miedo escénico. Inauguramos la Navidad invitando a cenar a los amigos más fieles. Entre empanadas, tortilla y pacharán, discutimos sobre política y confesamos gustos musicales embarazosos de herencia adolescente.
El 22 de diciembre murió mi abuela. El día anterior había salido a ver el sol más de cerca y había pedido más galletas. Entre sus cosas guardaba el jarrón de Doña Flora, una rica del pueblo a la que tuvo que atender cuando no era más que una niña. También una fotografía de mi abuelo, al que conoció en la verbena de Santoña a principios de los años 40. Ella bailaba mejor. Estaban los libros de poemas de mi padre, unos prismáticos, mi primer artículo, los pendientes de perlas, el reloj que ahora guarda mi hermana, las postales que mandamos los veranos. Nunca hay que dejar de escribir cartas.


El año se tiene que terminar con un deseo. Hace dos años, en el último resumen de 2012, deseé que todo estallara por los aires para empezar algo nuevo. Me equivoqué; quizás sea mejor conseguir que las cosas pequeñas aguanten el paso del tiempo y crezcan. Porque sólo se aprende de las cosas que dejan huella.

12/9/13

Las regiones ariscas

Me opongo a una división en dos Españas diferentes, una compuesta por dos o tres regiones ariscas; otra integrada por el resto, más dócil al poder central. Esto lo escribió un señor muy sabio llamado Ortega y Gasset. Yo también rechazo esta pelea eterna entre nacionalismos que, aunque tenga mucha chicha, está cubierta por una retahíla de caspa, tópicos e insultos que la convierten en una cosa pesadísima. Pero, claro, luego una se levanta de buena mañana y ve las fotos de la multitudinaria cadena humana y las portadas incendiarias, escucha a Oriol Junqueras en la SER, y se dice: aquí está pasando algo gordo, muchacha.

No entiendo cuál es el peligro real que supone celebrar un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Dice el artículo 92 de la Constitución que las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos. Creo que es saludable, para la democracia de cualquier país, poner en marcha la oxidada maquinaria política para que el pueblo manifieste libremente su opinión. Habrá que modificar la norma suprema, ¿y por qué no? Se hizo no hace mucho por obra y gracia de la diosa Europa. Ahora mismo, ni siquiera existe una negociación ni una voluntad para encontrar una forma legal de celebrar esa consulta.

En teoría, la ley es una norma dictada por la autoridad que responde a una voluntad soberana. Sí esa voluntad cambia, la ley también debería hacerlo. No voy a jugar a adivinar qué sucedería si esa consulta se produjera, pero creo que los medios y el poder están muy ocupados en atemorizar a los ciudadanos con los problemas económicos a los que se tendría que enfrentar el país/países en caso de que saliera el sí sin siquiera contemplar la posibilidad de que se celebre el referéndum. Es como si una pareja, antes de irse a la cama, se pusiera a discutir sobre los problemas de salud, la elección de colegio y la paga del hijo que ni siquiera han gestado. Gracias por seguir leyendo después de esta metáfora.

Por otro lado, tenemos muy cerquita geográficamente - en Escocia- un ejemplo de que, cuando los políticos defienden el entendimiento en vez del y tu más y sino no respiro, se pueden encontrar vías legales para que los ciudadanos ejerzan su derecho a votar.

¿Lost in translation? / EFE
La otra conclusión a la que llego es que los partidos mayoritarios viven completamente al margen de las preocupaciones de la gente y se hacen los suecos o se fuman un puro ante un movimiento cada vez más grande -silencioso o gritón- que pide la independencia o, al menos, un replanteamiento de la forma del Estado. Cualquiera que haya estado en Cataluña y cualquiera que esté un poco informado sabe esto (por ejemplo, según una encuesta, ERC ganaría las  elecciones en Cataluña si se celebraran hoy) . Ya dijo Ortega y Gasset que la desventura de España es la escasez de hombres dotados de talento. Menudo listillo.

Esta lista de obviedades es sólo mi opinión. Si no les gusta, tengo otras. Ahí va una recopilación de lo más interesante y sorprendente que he leído sobre el tema:

"Es ilusorio creer que se puede eludir el test de los procesos seguidos en Canadá (Quebec) y en Reino Unido (Escocia), especialmente con la cercanía geográfica y temporal del proceso escocés. (...) La cuestión del referéndum no queda liquidada con la afirmación de su ilegalidad constitucional. No creo que esta cuestión se haya debatido suficientemente. En cualquier caso, más allá de ella, tenemos pendiente el debate sobre la idoneidad de su regulación constitucional y estatutaria. (...) No parece que negarse a entrar en ese debate sea un terreno político muy firme; ni la opción política más conveniente para afrontar, con solidez, la confrontación que plantea el nacionalismo, dentro y fuera de Cataluña (...)  Cerrada la vía del referéndum, el nacionalismo abrirá otros caminos para mostrar el respaldo popular a sus demandas. Caminos que le exigirán tratar de incrementar la tensión política, radicalizando el movimiento, devorando a muchos de quienes se han creído capaces de conducirlo y transformando el mapa político catalán. Una situación más difícil de gestionar para Cataluña y para España" Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional, en  El País.

"Esa es la manipulación intolerable del gobierno catalán: que habla con la voz de una parte de la población como si fuera el todo"  Victoria Prego en El Mundo

"Hay que rehacer, quizá inventar un sentimiento comunitario inclusivo y respetuoso de las diversas  conciencias nacionales que, nos guste o no,  coexisten en España". Lorenzo Silva en El Mundo.
"Cataluña, los nuevos ideológocos declaraban, debe recuperar lo que ha perdido. Eso la devolvería a los días de triunfo del pasado. Pero, ¿qué había perdido Cataluña? Era una cuestión fundamental, que ha afectado y seguirá afectando a los movimientos nacionalistas en todas partes. ¿Fue la unión de Gales con Inglaterra una historia de pérdida y de opresión? ¿Sería Quebec más rico y poderoso hoy si no hubiera estado unida al Canadá británico? " Henry Kamen, historiador, en El Mundo.

"La cadena humana que enlazaba la ribera del Ebro con la frontera pirenaica fue un gran acto de exaltación de un nacionalismo fanático que, en perjuicio de los ciudadanos de esa comunidad, recurre a los métodos del totalitarismo para avanzar hacia una independencia que se sustenta en un permanente victimismo y en la presentación de España como una nación opresora". Editorial de El Mundo. Sin comentarios.

"Hay quien se siente muy orgulloso de haber nacido donde nació. Se trata, supongo, de un orgullo por delegación, porque el nasciturus suele carecer de capacidad de decisión y nace donde le nacen. (...)Sospecho que, si me dieran la oportunidad, votaría por España. Porque siento que la caspa inagotable de ese país es un poco mía, porque siento que su desgracia es también la mía, porque no me fío de los míos más que de los otros, porque no es elegante abandonar un barco que zozobra (y menos en una lancha de fortuna)(...). Evidentemente, preferiría que ganara la independencia. Sería la forma más cómoda de vivir de una puta vez y para siempre en el extranjero". Enric González en Jot Down

"¿Qué está haciendo España para recuperar a Cataluña? ¿Le basta con enfadarse? Cada fuerza política tiene su receta pero no están poniendo en común nada. ¿No se dan cuenta de que estamos llamados inexorablemente a una relectura del Estado y a una reforma de la Constitución, en el caso de que haya tiempo?" Iñaki Gabilondo en El País.

"¿Todos independentistas? La mayoría, sí; todos, no. Aunque algunos lo viven como un credo religioso –hace veinte años estaban en franca minoría y ahora se ven en el centro de un gran debate político de dimensión internacional–, el independentismo catalán es un estado de ánimo difuso, que admite muchos matices e intensidades. Es una convicción, pero también es una temperatura. Se le puede dar muchas vueltas y se pueden escribir páginas y páginas sobre la cuestión, pero creo que la Diada del 2013 se puede resumir de la siguiente manera: el independentismo es hoy la expresión más directa y dinámica del cúmulo de malestares que se concentran en Cataluña como consecuencia de la crisis económica y de la desgraciada revisión del Estatut". Enric Juliana en La Vanguardia.

29/12/12

2012, Hallelujah


El año empezó con trozos de papel ardiendo en una cazuela y nosotros, los de siempre, brindando encima del calor de los deseos negros. Horas después mi lengua se abrazó a la de un viajero de océanos,  que me sacaba algunos años y más de una cabeza. Volvimos a vernos en las calles de siempre –la noche empedrada que empieza en Pez y acaba en Barco-. Hablamos del pasado sujetando los trozos moribundos del presente, de la música en blanco y negro y la que huele a mar, de los libros que nos hicieron sanar y sangrar, de esa manía de estar a punto de salir corriendo en cada entreacto. 

La primera semana de febrero soplé 26 velas de una tarta líquida sujetándome una sábana (mal)atada al pecho, porque aquella noche era Hipatia, filósofa de las estrellas en Alejandría. En el salón bebían cerveza Leonardo Da Vinci y Rosa Parks - sonrisa blanca sobre fondo pastoso negro-, Jesús Gil picoteaba tortilla a la vera de Marie Curie y hasta Isabel Pantoja se dejó caer, cantando coplas y dientes largos. Aquel día nos disfrazamos de revolucionarios y mafiosos, pero del otro lado del cristal no hay caretas, y los segundos –Camps, Dívar, Díaz Ferrán, Urdangarín, siga la serie-llenan sus guaridas de billetes ante un ejército de testigos cansados de esperar una revolución que nunca llega.

El 29 de marzo hice huelga, aunque algunos días bordo el papel de fantasma. Por la tarde llenamos las calles, desde Colón hasta la puerta de Sol, auténtica parada de los monstruos. Allí van a beber los hombres que venden oro y los que recuerdan que existe Palestina y tantas otras guerras olvidadas. Y los padres divorciados, algún que otro peluche con las cuencas de los ojos vacías, la marea blanca, la marea verde y la marcha negra de los mineros. Y los desahuciados  y los que arrastran bolsas sin escuchar nunca nada, y los despedidos de Telemadrid y El País y los desesperados anónimos, buscando una causa a la que agarrarse entre tanta consecuencia (¿o se dice sentencia?)



Un viernes cualquiera el Consejo de Ministros anunció el mayor ajuste de la historia de la democracia. ¿Cómo no iban a sacar pecho por inaugurar la temporada de estocadas letales? Entonces aprendimos a ver detrás de las palabras. Los reajustes sustituyeron a los recortes y a los despidos y la apertura de línea de crédito al rescate.  Pero este barco se hunde y el capitán, hombros levantados, sólo dice: No quería huir, me caí en una barca.   

En abril compré un billete de avión a Nueva York y toqué, por fin, ese sueño que cantó Sinatra, Allen, Lorca y todos los reyes sin palacios. No se si todo es posible en esa ciudad de escamas amarillas entre rascacielos, pero para mí fue una especie de salvación. Una prueba de que siempre hay un sitio más lejano al que mirar. Una dulce borrachera de imágenes. Un cuadro donde bañarse, de puentes, colores y cine hecho carne. Un regalo.

Mayo no hizo ruido hasta el día 12. Se cumplía un año desde que tomaron tomamos las plazas  y siempre me gustaron las celebraciones a todo megáfono. Aquellos días me desatasqué el cerebro intentando convencer a mis amigos de por qué tenían que salir a la calle, pero las portadas (en especial el showman  Marhuenda) y el poder se sacudieron el bulto. ¿Cuántas veces hay que gritar para que te escuche un sordo?


En junio abandoné temporalmente la sección de Suplementos para cubrir una baja en Internacional. Disfruté mucho y volví a recordar que el periodismo es emocionante y, sobre todo, necesario. Hablé con Khaled, que había sobrevivido a la matanza de Breivik. Me contó-sólo a mi se me ahogaban las preguntas-que había caído encima del cuerpo de 19 años de su hermano muerto. Alguna vez me dejaron escribir sobre otras cosas y me perdí un poco en el exhibicionismo.

Las otras noches de aquellos días de piel desnuda y calor bailé en Aranda del Duero, y me compré algún vestido nuevo. Esquivé hogueras en San Juan con grandes amigos al grito de ¡Señoras! Me perdí entre teletipos y cifras de muertos en la guerra de Siria. Ví delfines cerca del Sardinero, vi a mi abuela cumplir 94 años.  

 

En septiembre me independicé. Monté una mesa, una estantería, y un sofá sin cojines. Me sentí mayor y poderosa. Y más pobre, también. En octubre llegó Blanca con kilos de ropa y sus brazos pequeños siempre abiertos para mí. Ese mismo mes mi madre se jubiló con saltos de alegría y fuimos, las tres, a ver a un poeta llamado Cohen. No olvidaremos aquellas cuatro horas en las que un viejito de casi ochenta años se quitó el sombrero para gritarnos Carpe Diem, ¡Joder! Días después llegó Sandra, con kilos de discos de los Beatles y leche de soja. Desde entonces nuestra casa es el cuartel general de las conspiraciones y los sueños. Entre canónigos y yogures de fresa planeamos cómo aniquilar a los despótas y conquistar a los chicos difíciles (tímidos, guapos y estrellas de rock, en ese orden). Y elaboramos complicadísimas teorías filosóficas a partir de un comentario en Facebook, y compartimos secador, y café en las mañanas más lentas.

La fiesta de inauguración fue en noviembre, mes de la segunda huelga general en un año (y ni por esas bajan a ver qué aspecto tiene el cabreo acumulado de la gente). This land is your land, decía la invitación al nuevo hogar. Había tarta y tortilla y unas quinientas latas de cerveza. Al cabo de los días apareció, por cierto, una braga huérfana. La estudiamos con un poco de asco y mucha minucia, como si fuera la prueba de un crimen pasional. Acabamos tirándola a la basura y nadie ha resuelto el misterio, por ahora. Viajé a París a ver a Ester, una más de los talentos que se escapan de España. Una noche, sentadas en su pequeño piso de paredes vacías, en Republique, comprendí que tardaría muchos años en volver y que nos han obligado a tolerar las injusticias. Pero ella es fuerte y más lista que el hambre y el hilo que nos une, aunque a veces se enrede, nunca se corta. 

Esta nueva vida estuvo a punto de alumbrar una historia de amor que deja huella. Empezó con una confesión en un bar, luego canciones compartidas y besos -me temblaba este hueso, y éste, y también éste, y quería arrastrarte a mi cama- en una cocina casi a la hora del desayuno. Entre cuentos, playas de otoño y cartas desveladas quise quererle, pero él decidió seguir huyendo. No sabe que es capaz de abrir nuevos caminos en desiertos, espero que en su exilio del norte lo descubra. Uno de mis mejores amigos me dijo después algunas frases que se clavan, como que me esforzaba, sufriendo, demasiado, en buscar un amor que me han contado.  Creo que sólo quería protegerme, a mi se me olvida a veces. 

Estos últimos días la indignación se va haciendo marea, de todos los colores, a punto de engullirnos. Volví a Suplementos, a la rutina de las llamadas telefónicas y los recados rocambolescos. Aquello es una cueva en la que apenas hay luz (llámenlo creatividad) habitada por personas excepcionales. Valientes, como la letra u, luchadoras, como mi ex-pelirroja que también quiere largarse a una ciudad con viento, y divertidos, como el chico que imagina duchas de zumo de naranja en vez de agua. 

Me da vértigo pensar en el año que empieza. Un año es una eternidad con forma de horizonte. Tengo, como siempre, una lista de (des)propósitos que nunca ,  a última hora, cumpliré. Pero si me tengo que quedar con un deseo, si las lámparas todavía abrigan genios, ojalá  todo estalle de una vez por los aires. Tal vez cuando hayamos borrado este olor a idea carcomida podremos construir algo nuevo, algo -más grande que nuestro cuerpo, más pequeño que este país ingobernable- de lo que sentirnos orgullosos. 

6/10/11

El día que murieron los libros

Necesitaban papel. Hojas afiladas o medio rotas. Resguardos, papel brillante para envolver regalos y, sobre todo, libros. Lo querían para hacer cartón y envasar miles objetos que debían atravesar el cielo hasta hogares huérfanos de vida muerta. Los jefes de las productoras de tecnología y entretenimiento en diferentes tamaños asimilaron la gravedad del déficit marrón y se decidieron a pedir ayuda al Gobierno.

El presidente les ofreció un café templado en su despacho impregnado de ambi-pur. "Siéntense, por favor", invitó con su mejor sonrisa falsa. Los empresarios fueron al grano: "Necesitamos urgentemente cajas, nuestra producción está parada. Debe exigir usted a los ciudadanos que entreguen sus libros a las autoridades". Mientras se enfriaba el café y un par de moscas caían muertas por la fragancia artificial, continuaron: "Según nuestros cálculos, en cada casa hay una media de 100 libros. Si recaudamos al menos el 80% del total, las reservas de papel aguantarán al menos cinco años más y nuestras cajas podrán seguir su recorrido por el espacio aéreo”, concluyeron.

El dueño de los votos populares bebió de un trago el chupito de whisky que tenía escondido entre las piernas, asintió tres veces y exclamó: "Y además, ¡ya nadie lee!”

Al día siguiente, los telediarios lanzaron la noticia: por culpa de un error de cálculo industrial todo ciudadano debía entregar sus libros a los poderes públicos para satisfacer la demanda de papel. El pueblo iba a dar aliento a la maltrecha economía nacional con un gesto altruista. Tan sólo tenían que sacar los libros a la plaza más cercana y los servicios municipales de limpieza se encargarían de la recogida. Por la noche, la noticia ya había recorrido las pescaderías, las barras sucias de los bares y los ascensores de más de dos personas.

Treinta y dos horas después, Elena salió de su casa para trabajar. Al final de la Calle del Prado se encontró con una gigantesca montaña de libros en mitad de la Plaza de Santa Ana. Tan alta, que Elena apenas distinguió la cabecita de piedra de Calderón de la Barca, como flotando en el aire. Casi al mismo tiempo, la moto de Alejandro giró la calle Mateo Inurria y desembocó en la Plaza de Castilla. Allí, a los pies de un infame obelisco, dormitaban montones y montones de libros. Él también vació su mochila: cayó Tolstoi y cayeron los libros de Lengua, Matemáticas y Conocimiento del Medio. Al suelo se precipitó el Atlas de Geografía y siete historias de Stephen King, con las páginas onduladas por el tiempo.

Alejandro miró a uno y otro lado. La familia Rubio vaciaba bolsas de plástico con rabia. Ángeles Mora, con canas y un jersey morado, arrastraba un carro de la compra con puerros y diez ejemplares de la Biblia. Laura y Lucas, enamorados desde el pasado otoño, abrían con cuidado una maleta rígida de color verde y uno por uno, depositaban sobre el montón guiones sin director y cuatro antiguas Páginas Amarillas. En un par de horas, la montaña casí duplicó su tamaño. Alejandro hizo una foto, arrancó de nuevo el motor y siguió su camino. La escena se repitió en la Plaça de Catalunya en Barcelona, donde las recetas de cocina de Simone Ortega abrazaban apasionadamente a la Real Academia de la Lengua, mientras las aventuras de Matilda agonizaban bajo el peso del Señor de los Anillos. Y en la Plaza de América de Sevilla, y hasta en la la Plaza Mayor de Salamanca. 

Darwin Shoes/Norma Desmond/Flickr.cc
Miles de montañas de libros crecieron ese día sobre la tierra de las ciudades, mientras en un despacho cualquiera, algunos señores con corbata gemían de placer imaginando suculentas toneladas de cajas de cartón.

Pero los ejércitos de limpiadores vestidos de verde empezaban a acercarse a las Plazas tomadas por los libros. Y, poco a poco, empezaron a guardar uno por uno los libros en enormes bolsas de basura negras. Pero en la Plaza de la Paja en Madrid, José Angel Ruiz, de 70 años, trepó como pudo hasta la cumbre de la montaña, se sentó sobre José Hierro, cogió el libro más cercano y empezó a leer :

La gente salió de sus casas y aspiró el aire cálido y picante, y procuró resguardarse de él. Y los niños salieron de sus casas, pero no corrieron ni gritaron como lo habrían hecho después de una lluvia. Los hombres se erguían junto a las cercas de sus campos y miraban el trigo destruido que se iba secando rápidamente, y del que apenas se veía algo verde a través de la película de polvo. Los hombres permanecían silenciosos y casi no se movían. Y las mujeres salieron de sus casas para ir junto a sus hombres..., para saber si se consideraban vencidos. Las mujeres estudiaron secretamente el rostro de sus hombres, pues el trigo bien podía perderse en tanto quedara algo de esperanza. (...) Después de un instante, los rostros de los hombres perdieron su expresión de incrédulo desconcierto y se torcieron en un rictus de amargura, ira y resistencia. Entonces las mujeres comprendieron que estaban a salvo y que el desastre no los había vencido.

Cuando iba a pasar página, José Angel se detuvo y miró. Abajo, alrededor de la montaña, niños, mujeres y hombres miraban absortos, sentados, pendientes de la historia de aquellos que miraban el polvo allí, lejos.

Entonces, en medio de esta dramática pausa, el hermano de José, que estaba entre el público, fue corriendo en tres patadas hasta la plaza más cercana, subió hasta el punto más alto de aquel andamio de tapas duras e hizo exactamente lo mismo.

Así, en apenas unos minutos cada una de estas montañas empezó a contar historias. Y cada vez que se  acababa un capítulo, alguno de los curiosos que escuchaba atentamente se acercaba hasta una de estas dunas de letras y cogía uno, dos o tres libros. Algunos los abrazaban, otros los volvían a guardar en sus bolsos, y otros incluso rebuscaban, dudosos, la portada más llamativa ente aquel museo de tipografías. Y cuando José Angel termino de leer Las Uvas de la Ira, ya caída la noche, miró de frente y vió que ya no estaba a cinco metros de altura sino que tocaba el suelo y leía en voz alta para él, sólo para él.

1/2/11

Contra la indiferencia

¿Cuánta sed somos capaces de soportar? ¿Cuántos días sin tocar las teclas del ordenador? ¿Cuánto tiempo aguantamos sin consuelo? ¿Cuánto cuesta mirar hacia otro lado? ¿En qué momento olvidamos que crecer es construir algo nuevo?

Tengo la sospecha de que conocemos las respuestas a todas esas preguntas pero escondemos la cabeza debajo de drogas fáciles y emociones rápidas. Sospecho y dudo porque me reconozco menos y este país de edificios vacíos y playas sin un centímetro libre me da más miedo que alegrías. No se qué hacer pero creo que el silencio es la peor de las derrotas. 

Estoy harta de vivir en este país pero es mi hogar y no quiero irme. Harta de que el lanzamiento de insultos  se haya convertido en costumbre habitual. Harta de que los políticos no se den cuenta de que lo más preciado que tienen, el talento de los jóvenes a los que durante años se han preocupado de educar, se marcha y no piensa volver. Harta de un país en el que está bien pagar casi 100 millones de euros por un futbolista pero no hay dinero para contratar a miles, millones de jóvenes que tienen algo más que un pan debajo del brazo (por ahora). Harta de encender la televisión y ver como todo se rompe en pedazos porque vale más un arsenal de tonterías que un puñado de ideas inteligentes y acabamos intoxicados de basura mientras el periodismo de verdad va desapareciendo.

Y aquí estoy. Casi callada. Casi invisible. Casi inmóvil. Porque lo que falta es que toda esa rabia se transforme en indignación y la indignación en un cambio. Falta encender la mecha y contagiar la esperanza.

Hace un par de horas me he leído el último manifiesto político de los últimos días. Se llama "Indignez vous!" (Indignaos!) y se ha convertido en un éxito rotundo en Francia. Apenas 20 páginas escritas por un señor de 93 años llamado Stéphane Hessel que nos pasa el testigo, que nos pide que actuemos de una vez.

Puede que nos obliguen a huir. Puede que durante un tiempo sigamos contando las monedas en la palma de la mano. Es probable que toda esa pandilla de expertos en endilgar adjetivos malditos ("perdidos") tenga razón y no podamos vivir tan comodamente como nuestros padres.

Pero mientras las manecillas avanzan, cada uno en su camino puede intentar provocar un cambio. Mientras pasa el tiempo miles de ideas están naciendo. Mientras dejamos atrás los libros de historia la historia continúa escribiéndose. Mientras cumplimos años vamos haciéndonos un hueco y podemos cambiar el rumbo. Porque las revoluciones, los días y las horas lo demuestran, existen también en el presente. Por mucho que este sistema de publicidad que adormece y parches que tapan las heridas sin curarlas se empeñe en distraernos de lo verdaderamente importante. No dejemos que el presente agonice antes de convertirse en futuro.

"La peor de las actitudes es la indiferencia. Comportándoos así, perdéis un componente esencial del ser humano: la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella. Creer es resistir. Resistir es creer". (S. Hessel)



(Posible) Banda sonora de todo esto:


17/1/11

La esperanza en Túnez

No he estado en Túnez pero dicen que huele a jazmín. Ahora esos miles de jazmines en Hammamet estarán aplastados y mustios, cubiertos por miles de pisadas de una marea de gente que, sin saberlo, estaba haciendo historia.

El viernes fue un día muy emocionante. En pocas horas caía un régimen dictatorial y en la redacción corríamos y tecleábamos, como siempre intentando ser los más rápidos en contarlo. Primero Zine el Abidine Ben Ali , (23 años afferado al 'trono' y en 28 días el pueblo ha conseguido echarle) anunciaba elecciones anticipadas, luego se decretaba el estado de excepción, entre tanto llamaba la enviada especial del periódico, contándonos que los tenían (a ella y a otros tantos periodistas) retenidos en un hotel sin poder salir. La gente en las calles seguía gritando con todas sus fuerzas y cada vez llegaban más fotos, más noticias, al tiempo que una especie de alegría contenida iba propagándose entre ordenador y ordenador. Y finalmente, el dictador que gobernó sin límites, abandonaba el país, huía presionado por la calle: ése era el titular.

Ha sido y es una revolución inesperada, porque aunque la mecha había empezado a prender en varios países del Magreb, casi todos los expertos y un buen puñado de periodistas apostaban por Argelia como lugar de la explosión. Pero lo más importante es que es una revolución democrática: no es un golpe de Estado, tampoco hay un líder religioso a la cabeza dando órdenes y el ejército, además, se ha mantenido neutral durante las protestas. Ha sido el poder de la gente: estudiantes en paro, trabajadores con sueldos míseros, familias enteras, intelectuales, funcionarios. Todos unidos para luchar por un país libre, sin censura, sin corrupción, con garantías y derechos.

Hay mucho que decir sobre las condiciones que han provocado esta tormenta sin naufragio. Túnez es uno de los países más 'europeizados', su economía es más abierta que la de muchos países vecinos, la condición de la mujer también es más equitativa, la mayoría de la población es joven, ha estudiado y es consciente de que tiene unos derechos por los que vale la pena luchar. Pero además, hay un mártir. Se llamaba Mohamed  Bouazizi, era informático pero se ganaba la vida con un puesto callejero de verduras. La policía le arrebató su única salida para poder comer y la desesperación le llevó a inmolarse. En Internet ya es el padre de la revolución de los jazmines.

Sé que está mal que lo diga yo, pero él era un joven maldito. Lo que hizo desató las protestas. Si una persona con la vida por delante decide acabar así con todo, algo está podrido. Después, Internet y las teclas veloces propagaron la indignación. Las redes sociales se convirtieron en una autopista en la que viajan el cambio y el futuro, tan rápido que ninguna censura puede ponerles freno.

Ahora, en los ecos de la noticia, en la resaca de la tormenta, sigue estando la alegría. Pero la lista de deseos no se ha cerrado aquí. Ojalá Túnez agite a otros pueblos. Ojalá sea el principio del fin de las dinastías y las dictaduras eternas. Ojalá esto sirva para comprender que no todas las revueltas en los países árabes las enciende el discurso fundamentalista. Ojalá esto sirva a los presidentes europeos para ser menos hipócritas (hasta hace dos días, ninguno se atrevía a señalar con el dedo a Ben Ali). Ojalá comprendamos que no se puede vivir en la indiferencia. Ojalá que esta revolución no se quede en palabras escritas en el aire. Ojalá...



Un mensaje bastante claro. Túnez. Reuters.

PD: Aunque son muchos los artículos de estos últimos días que vale la pena leer, recomiendo especialmente "La revuelta de los descamisados" , por Sami Naïr.

18/11/10

Sáhara sufre en el desierto

"Si puedes esperar sin que te canse la espera". Ojalá...Pero a veces, falta paciencia y sobra hipocresía. Falta voluntad política y la desesperanza se convierte en la plaga de este siglo y este tiempo. La frase, de un famoso poema de Rudyard Kipling, podría ser el título de la historia sin final feliz del Sáhara Occidental.

Los acontecimientos de los últimos días en El Aaiún me han impactado y cabreado. Por eso he buscado información y me he decidido a escribir de nuevo. Intento comprender qué está pasando y qué diablos hago con esta sensación de que el Estado español (al que estoy vinculada por algo más que por mi nacionalidad) no hace absolutamente nada por intentar solucionar un conflicto en el que tiene una responsabilidad evidente, por mucho que este Gobierno (o cualquier otro) lo haya negado, lo niegue y lo siga negando.

Aunque hay todavía muchos datos que me faltan sobre el Sáhara(territorio que limita con Marruecos, Argelia, Mauritania y España), sí puedo hacer un breve resumen para situarme y situaros (algo me dijeron en la Universidad sobre la importancia del contexto)

La historia y la memoria

La complicada historia de este lugar en medio del desierto se remonta a miles de años atrás. Pero, para hacerlo más fácil empezaré en el siglo XIX. Hasta entonces, el Sáhara estuvo más o menos libre de ocupación extranjera. Pero todos sabemos qué es el colonialismo. En el Congreso de Berlín de 1884, España logró la concesión de lo que ahora es el Sáhara como “territorio a colonizar” y efectivamente se instaló en el territorio en 1934.

Hasta mediados del siglo XX las tensiones se sucedieron en el territorio entre dos potencias colonizadoras, Francia y España. En 1955 España ingresó en Naciones Unidas. Debía por tanto respetar todos los principios fundacionales de la organización. Justo en aquella época se estaba debatiendo la necesidad de que los pueblos sometidos a colonización fueran sujetos del derecho a la libre determinación de los pueblos: el que tienen los pueblos para decidir su gobierno y estructurarse libremente, uno de los principios básicos del derecho internacional público.



El caso es que en los albores de los años 60, España, para cubrirse las espaldas, decidió convertir al Sáhara en una provincia española más (Decreto de 10 de enero de 1958 y Ley 8/1961 de 19 de abril). Poco después, en 1975, se firmó la ‘Declaración de Principios sobre el Sáhara Occidental’, que consolidaba el abandono del territorio por España en 1976 y que formalizaba la cesión del territorio del Sáhara a Marruecos y Mauritania. Estos acuerdos son ilegales, vulneran el Derecho Internacional, concretamente el artículo 73 de la Carta de Naciones Unidas ( "Los Miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio, reconocen el principio de que los intereses de los habitantes de esos territorios están por encima de todo").

Más o menos al mismo tiempo que esto sucedía, comenzó la “Marcha Verde” de Marruecos para invadir el territorio. El Frente Polisario respondió con mayor vigor del que se pensaba, Mauritania se retiró en 1979 y Marruecos finalmente ocupó el territorio, bombardeando a la población. En 1991, Marruecos y el Frente Polisario firmaron el alto al fuego auspiciado por la ONU que desde entonces estableció allí una Misión para el Referéndum (MINURSO).

La historia desde 1991 hasta ahora es una sucesión de abandonos y fracasos, discriminación, negociaciones fallidas y observadores sucesivos de Naciones Unidas. Por supuesto, no ha habido referéndum alguno.

Responsabilidades y decepciones

¿Qué ha sucedido ahora? El Ejército marroquí desmanteló brutalmente el campamento pacífico de Gdeim Izik, en el que estaban instaladas unas 20.000 personas, que protestaban por considerar que Marruecos les discrimina, protestaban para conseguir unas condiciones de vida dignas. La mañana del ocho de noviembre, cuando estaban dormidos, los soldados entraron en el campamento y lo destrozaron.


Desde entonces el baile de cifras ocupa las portadas y los titulares. Marruecos da su versión de los hechos y el Polisario una radicalmente diferente. No se puede comprobar la exactitud de (casi) nada porque El Aaiún está clausurado, cerrado a cal y canto, es un lugar prohibido para los periodistas. Algo tendrá que ocultar Marruecos cuando está tan ocupado en expulsar a cualquiera que vaya a contar qué está pasando.

Aquí, en España, el Gobierno no denuncia ni las muertes (hay tres confirmadas oficialmente, aunque el Polisario afirma que son muchas más), ni las torturas (conocidas a través de saharahuis que las han sufrido, algunos con pasaporte español), ni las detenciones masivas (Marruecos ha transformado escuelas en centros de detención). Dice Trinidad Jímenez que no tiene pruebas, que sólo son opiniones. Quizá no sepa la diferencia entre un testimonio y una opinión. Quizá no lea los periódicos, ni vea las noticias.

No. Simplemente, España está preocupada en defender sus intereses ecónomicos con Marruecos. No es sólo por los acuerdos de pesca. También están las armas que España vende a Marruecos. Y el fosfato, una materia prima muy suculenta. Y el Estatuto Avanzado de Marruecos, que le convierte en un socio privilegiado de la Unión Europea, que, por cierto, tampoco se ha manifestado.

Trinidad Jímenez, ministra de estreno, que hace sólo unos años se colocaba la pegatina del Sáhara Libre, se defiende de las críticas diciendo que es prudente , que la ONU debe pronunciarse (tampoco está por la labor) y que España no tiene ninguna responsabilidad legal. Esto último es falso, espero haberme explicado párrafos antes).

Mientras tanto pasan los días y, aunque parece que lo peor ya ha pasado, el pueblo saharaui sigue  acorralado y maltratado por el Ejército marroquí. De vez en cuando ondean algunas banderas reivindicativas por las calles de Madrid, diminutas entre una asamblea de sordos y ciegos. Se oyen gritos de guerra aunque si ésta llega, sería casi un calco de la historia de David y Goliat.

Lo peor no es que el Gobierno calle (si gobernara el Partido Popular tampoco habría denunciado nada), lo peor es que este ni siquiera cuando este conflicto, demasiado largo ya, estalla de forma tan virulenta, cuando se cometen verdaderas atrocidades, ni siquiera entonces los líderes políticos ni tampoco la ONU son capaces de solucionar de una vez por todas la situación de un pueblo que quiere decidir por sí mismo.Ya se lo preguntaron otros antes: "¿Cuántos años tienen que existir algunas personas antes de que puedan ser libres?"

30/9/10

Jóvenes Malditos

A veces tengo la sensación de vivir en un mundo lleno de grietas, un lugar de aparente calma con gigantescas goteras que, un día, acabarán por encharcarlo todo. Hoy, más que nunca, el título de este blog tiene un significado.

Dentro de unos minutos se acaban las veinticuatro horas de huelga general. Como era previsible, esta huelga, se ha quedado en una protesta que no ha logrado paralizar el país, algunos piquetes furiosos y una cadena de televisión que no está emitiendo nada.

Ahora que las manecillas del reloj llegan a la meta y yo llego a casa con síntomas de anginas en la garganta y la cabeza llena de titulares y entradillas, me gustaría dejar aquí alguna reflexión sobre el (insértese adjetivo según convenga) mundo laboral.

En general, voy a ser sincera, estoy cabreada. Cabreada porque me revienta escuchar a mi alrededor que la huelga era una pantomima, un teatro, un chiste. Cabreada porque mañana todos los periódicos pondrán el acento en Méndez y Toxo y al final (como siempre) del trabajador individual no se acuerda nadie. Cabreada porque acaparen la atención unos cuantos violentos con sed de llamas y bronca y no los que protestan pacíficamente. Cabreada con la falta de solidaridad y con quien se queja simplemente por llegar un poco tarde: ¡es un día!. Pero sobre todo, cabreada porque no hice huelga y me arrepiento y aquí está el por qué:

Pensé que de nada servía a una becaria precaria como yo acudir a la huelga porque mucho antes de la reforma, antes de la crisis, ahora y seguramente durante otro largo rato, los jóvenes son los eternos olvidados. La generación perdida. Los futuros dirigentes convertidos a mendigos. La ilusión borrada. Ni los sindicatos nos nombran, ni las empresas nos necesitan.

Pero de repente, estuve hablando con la gente. Con amigos y amigas, con mi madre (la más sabia entre las sabias), con compañeros, con algunos que pasan de todo y con otros que salen por la noche a armar jaleo con cacerolas. Y pensé que los jóvenes teníamos cientos, miles de motivos no sólo para hacer huelga sino para protestar, activamente. Y desaprovechar cualquier ocasión de hacerlo es, creo yo, admitir la derrota.

En realidad, este 29 de septiembre, me ha servido para reflexionar y darme de bruces, otra vez, con este mundo que no me gusta un pelo. He recordado los maravillosos reportajes que está haciendo EL PAIS sobre la generación pre-parada, que leo cada día y que me alegra ver siempre entre lo más leido en el periódico cuando normalmente este honor se lo lleva algún tema relacionado con el sexo o la muerte. Pero de nuevo me indigna que en la misma empresa, Prisa, la CADENA SER trate de forma absolutamente degradante a los becarios, a los que mantiene en esta precariedad, cobrando 300 euros, prometiéndoles un contrato que al final, nunca llega.

Y son muchas cosas más. Tantas, que no me caben aquí y no quiero que esto se acabe convirtiendo en un panfleto. Lo que de verdad me da miedo es darme cuenta  del horrible bucle en el que estamos inmersos. Por una parte, es cierto y desolador que abunda un prototipo de joven aislado y conformista. Pero por otro lado ¿cómo pretender que renazca en esta sociedad el espíritu crítico cuando todo está ya pensado y con 25 o 30 seguimos teniendo que pedir dinero para tomar una cerveza? Quiero ver un futuro de progreso, pero no paro de ver sombras, muros y miedos.

30/5/10

Cosas que NO me gustan

Es probable que hoy tenga un día malo. Como terapia al desánimo, la vagancia y la negatividad, ahí va una lista de cosas varias que no me gustan un pelo.

-Los políticos de este país. Impresentables, ridículos, ladrones, corruptos, egocéntricos. Su principal ocupación es lanzarse insultos como piezas de lego en una pelea entre niños enrabietados. Su frase más repetida, me da igual en qué bando o en qué lado del hemiciclo, es “Y tú más”. Algunos provocan en mí un cambio de canal instantáneo: metamos en este saco a Rajoy con su ojo pestañeante en los momentos de nervios y su grito de guerra que nada tiene que envidiar a Mel Gibson en Braveheart: “Paco, te queremos”; o a Leire Pajín, ese cura de pueblo que da sermones soporíferos metido en un cuerpo de mujer (podría hacerse mirar lo de su asesor de imagen, por cierto). Otros me incitan al asesinato: Rita Barberá y su papada, o Esperanza Aguirre y su pico de oro, esa mujer experta en hacerse la sueca y en hacerse fotos, esa líderesa de los calcetines y las sandalias. Ay señor, ya se me ha revuelto el estómago. Y perdón, dije políticos y en realidad quería decir politicuchos. Basta una palabra, contundente y concluyente. GEN TU ZA. Ea.

- El mal olor. Es precisamente ahora, día 30 de mayo (ya podemos despojarnos del sayo, esa prenda tan moderna) el momento perfecto para hablar del sudor, tufo u olor a humanidad. En esta hermosa época del año en que el calor empieza a apretar, muchos individuos ignoran cuán necesario es, para la convivencia pacífica y la alegría cotidiana, ducharse una vez al día. “Pero si es olor corporal, qué exagerada”, responderán algunos. Pues tu olor corporal apesta, querido. Y no, atizarse desodorante encima de la mugre no es la solución. Madrid limpio. Pero no solo las calles, amigo mío, sus habitantes también deben serlo.

- La maldita crisis. Ese monstruo, ese pulpo que todo lo engulle, ese abominable ser que nos traerá la ruina (el dramatismo es la esencia de la vida). Esta crisis ha cometido una gran insensatez, motivo por el cual mi odio se agudiza: atacar justo en el momento en que la que escribe y otros contemporáneos nos vamos a tirar a la piscina del mundo de buscarse el pan o las habichuelas. Ojalá no nos choquemos de bruces contra la piedra –sería doloroso- y haya un pequeño charco que en el que flotar….Dicen por ahí que ante la adversidad el ser humano se vuelve más creativo e imaginativo. ¡Genial! Lo que nos faltaba, que el pequeño charco se llene de periodistas….

-Las nuevas generaciones de adolescentes. Si creíais que Física y Química era la viva imagen del fracaso de la educación, de una juventud perdida e ignorante, os equivocabais. Como siempre, la realidad supera con creces a la ficción. No sé si es que mi oído se ha vuelto más exigente con la edad, pero juraría que los adolescentes de hoy conspiran para dejarnos sordos a todos. Gritan mucho, en la calle y en los bares, en las bibliotecas y los autobuses, ebrios o sobrios, en verano o en invierno. Y lo que es peor, ¡no dicen absolutamente nada interesante! Es más, en ocasiones, (intuyo que cuando están afónicos), utilizan sus potentes móviles como sustitutivos de su delicada voz y nos martirizan (esto es así) con canciones que no merecen ni ese nombre. Es el colmo, vamos. Por no hablar de los nombres que gastan, claro. Desde aquí pido a todas las futuras madres del mundo que recuperen los preciosos nombres clásicos.

Aunque esta sesión de desahogo ha sido muy útil (espero que para vosotros al menos haya sido entretenido), creo que estoy llegando al límite de palabras permitidas por entrada. Antes, no obstante, quiero dejar una lista de otras pequeñas cosas que no me agradan. Para que se vayan con buen cuerpo.


- Los cafés con leche que te venden como “templados” cuando en realidad es lava de algún volcán islandés.

- La mayoría de la ropa femenina. Las mujeres de tetas enormes, cintura de avispa y culo escaso no existen. Amancio Ortega, por favor, haga algo. Seguro que sus empleadas en China comparten esta y otras quejas.

- Las botellas de leche en el frigorífico que, bajo una apariencia de medio vaso o vaso y medio, sólo contienen cuatro gotas de leche. En este caso, admito que mi desidia y yo somos parte del problema, pero de mis defectos hablamos otro dia.
- La gente que se cuela; los que insultan a la mínima; los amigos que te hacen una perdida para que les llames; los amigos perezosos que te dicen lo mucho que te adoran y nunca jamás dan señales de vida; los madrugones, las resacas, los plantones.

- Los pantalones blancos, la fruta excesivamente madura, las tormentas de arena en la playa, las invasiones de polillas; muchos bichos pequeños, las chicas que llevan botas y minifalda, los peluqueros que se creen que están podando árboles en vez de estar cortando delicadamente las puntas, los conductores asesinos que se saltan los semáforos, los perros con mala hostia, las personas detrás de un mostrador que no colaboran, ni ayudan, ni sonríen.
- La mayoría de los anuncios de la radio; los tertulianos rancios; los test de actualidad; la pregunta “¿qué es el periodismo para ti?”; la manipulación que inunda todo; esa tipeja hortera que (también) grita demasiado, dice que baila y que mataría por su hija, se droga y se opera la nariz y por contarlo cobra más de lo que cualquier periodista honrado va a cobrar en toda su vida; que el espacio dedicado al deporte en la televisión ocupe lo mismo o más que lo que se dedica a la cultura; que para ser presentadora haya que ser mona y para ser presentador no; de las diferencias ofensivas entre el sueldo del periodista estrella y el periodista trabajador; y sobre todo que la mayoría de los grandes grupos de comunicación de este país sobrevivan gracias a cientos, miles, de becarios que aunque están hasta las narices no lo dicen porque temen no tener ni siquiera eso.

Supongo que mañana será otro día.
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(Fotos de flickr cc)

16/5/10

No se trata sólo de Garzón.

Vivimos en un lugar extraño. El único país europeo con miles de cadáveres enterrados bajo tierra sin que se lleven a cabo políticas públicas para solucionarlo. Un país en el que basta un puñado de titulares y un par de declaraciones para que se enciendan los ánimos. Un país en el que hablar del franquismo es ir directo al saco de los “fachas” o el de los “rojos” y se abre la Caja de Pandora del resentimiento y el odio; un odio que con el paso de los años se ha vuelto rancio y peligroso, más irracional que nunca.

Aunque quiero con locura el lugar en el que vivo, muchas veces me avergüenzo. Vergüenza es lo que siento con el juicio a Garzón por presunta prevaricación por querer investigar los crímenes del franquismo. Porque hay demasiadas cosas que huelen a podrido en todo esto.

Existen dos análisis, irremediablemente unidos: el jurídico y el político. No me parece bien que los defensores de Garzón se escuden en la larga lista de los éxitos de un juez que, aunque valiente, también ha cometido muchos fallos. Tampoco entiendo que los que atacan a Garzón se valgan únicamente del argumento legal que, aunque cierto, es insuficiente. Porque aquí no entran sólo cuestiones legales e incluso cuando se habla de la ley, tampoco hay verdades absolutas.


Quizá convenga refrescar la memoria y rescatar algunos hechos. El juez del Tribunal Supremo, Luciano Varela, decidió admitir a trámite una querella presentada conjuntamente por el sindicato ultraderechista Manos Limpias y Falange Española de las Jons (ésta fue expulsada del caso). Aunque esta no es la única acusación contra el juez Garzón (falta por resolver qué pasará con el Banco Santander y con las escuchas ilegales del caso Gürtel), sí es la más importante, la más mediática, la que nos saca los colores en otros paises, la que deja ver los fallos de unas instituciones sólo aparentemente sólidas.

El viernes pasado unos cientos de personas protestaron frente a la Audiencia Nacional porque el Consejo General del Poder Judicial había decidido la la suspensión del juez Garzón. Quizá no fue lo correcto pero, a veces, los sentimientos pueden más. Digo quizá porque esa suspensión obedece en todo a la ley; es una medida cautelar que se aplica a cualquier juez que esté siendo enjuiciado. Pero aunque la decisión sea legal, resulta cuanto menos curioso que se adoptase en reunión extraordinaria (qué rapida es la Justicia a veces) justo el día después de que Baltasar Garzón solicitara su traslado a la Corte Penal Internacional. Y es que un juez que no está en activo en principio no puede solicitar su traslado.

Esto no es lo único que chirría. Luciano Varela denegó las pruebas solicitadas por la defensa de Garzón y, teniendo pendiente la resolución del recurso presentado contra esa decisión, ordenó la apertura del juicio oral. En cambio, el escrito de acusación de Manos Limpias ha sido corregido no una sino hasta tres veces (la última fuera de plazo) y, lo que es más sorprendente, en la corrección de ese escrito ha intervenido, directamente, el mismo juez que instruye la causa: Luciano Varela. Esta actuación, de dudosa legalidad hizo que Garzón solicitara la recusación de este juez, pero también ésta ha sido rechazada. Mientras tanto, por cierto, el Tribunal Supremo sigue sin responder la solicitud planteada por varias Asociaciones de Memoria Histórica para presentarse en el caso.

Mencionarán los detractores de Garzón la Ley de Amnistía de 1977. Pero yo me pregunto, ¿acaso no se puede poner en duda no ya la legalidad de esa ley sino que incluso puedan existir otras vías para juzgar a quienes cometieron delitos durante el franquismo? En cuanto a lo primero, no está de más recordar que en 2008 el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas recomendó al Estado español la derogación de la Ley antes mencionada. Además, también podríamos acordarnos de Argentina (que manía tenemos aquí de mirarnos al ombligo), cuya Ley de Punto Final fue anulada hace algunos años. Y en cuanto a lo segundo ¿qué pasa con el Derecho Internacional y la imprescriptibilidad de algunos delitos, entre ellos el genocidio o los crímenes de lesa humanidad? Según dice hoy en EL PAIS el juez de la Audiencia Nacional José Ricardo de Prada, no se le puede dar a la Ley de Amnistía el valor de “ley de que blindaría e impediría cualquier investigación sobre los crímenes del pasado”. Aunque muchos de los culpables de los crímenes no puedan ser condenados, si podrían ser, al menos, juzgados. Pero es que además, investigar el franquismo es también investigar las desapariciones de niños, asunto sobre el que todo el mundo calla.

En todo caso cabe por lo menos esperar en un país democrático el valor simbólico de una sentencia, la voz de un Estado que reconoce los trágicos errores del pasado y permite en lo posible reparar a quienes siguen sufriendo las consecuencias de los delitos y las desapariciones. No está de más recordar que desde que el juez Baltasar Garzón se inhibiera a favor de los juzgados territoriales en el tema de las de las fosas comunes, este país se divide entre las autonomías que sí ayudan a las familias en las exhumaciones y las que ponen obstáculos para ello. Una muestra más de la extrañeza nacional. ¿Es ingenuo pretender que todos los partidos políticos se pongan de acuerdo con el aparato institucional para permitir que las familias entierren a sus muertos donde quieran?

Si hay algo incomprensible en todo esto es que al final España no sea capaz de juzgar su propia dictadura. Buena parte de la sociedad española considera que todavía hay mucho que hacer para curar las heridas abiertas en 1936, sangrantes durante el franquismo. No sé que opinareis vosotros. Pero a mí me parece sorprendente seguir discutiendo sobre lo que pasó hace más de 30 años. No es egoismo, es perplejidad al descubrir que el resentimiento en este país está condenado a reaparecer como una enfermedad que no tiene cura. Salvo que, informándonos, discutiendo y hablando, avancemos.