Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas

16/5/13

Resucitar el día


Alguien me dijo que la amistad era respeto y una bañera con agua muy caliente

Que era sonrisas reflejadas y diez sillas mirándote en silencio
Que era justicia sin dolor, amor sin fecha.

Estoy aquí y te pierdes, no sé la dirección, no entiendo los reproches
No importa qué dirán, no importa lo que callan,
no saben que fuimos una vez llaves maestras, tocábamos las mismas notas en el ruido.

El sol se ha puesto y tu quieres resucitar el día.

Petites filles, Versailles, 1958. Janine Niepce.

21/6/12

Esto no es una despedida (Segunda parte)

Dicen que los anillos de un tronco cortado miden la edad del árbol. Pero nosotros, ¿dónde tenemos esas señales? Aquí, en los tobillos, la caída del columpio. En los brazos, los círculos rojos de cuándo estudiábamos. En el cuello, los primeros besos y, en la palma de la mano, los vicios y las huellas de un bolígrafo azul. Ojalá. Pero pasa el tiempo y casi parece luz. Hace poco más de un año que llegué a la Sección de Suplementos Especiales y, por más que me esfuerce, no se cómo ponerlo a salvo, no se cómo cazarlo.

No olvidaré abril del 2011. Tuve que escribir sobre los supermercados de barrio y rogarle a una tal Eva de  Mercadona que me diera algún dato. Luego seguí escribiendo. Sobre aeropuertos, cemento, muebles, renovables, calefacción y otros animales salvajes. Era escribir, al fin y al cabo. Intenté explicar a mis amigos en qué consistía mi trabajo. El periodismo funciona así: sobrevivimos gracias a la publicidad, pero hay que disimularla. Así que nos inventamos suplementos. De energía, de internacionalización, de reciclaje. Buscas fuentes, buscas fotos, intentas hacerlo interesante, escribes páginas dobles en una tarde tonta. Ellos respondían con cara de haber entendido: ¿Y cómo dices que se llama la revista? Y como a los amigos se les quiere, de ahí en adelante me resigné a contar anécdotas sin explicar el meollo del día a día. Después entendí que justamente eso es lo que está matando al periodismo.

No olvidaré las producciones de moda. Carmen Lomana paseándose casi desnuda por una suite, Gabino Diego recitando a Calderón de la Barca con botas de militar en un teatro desierto, aquel descampado con una señal que llevaba a Macondo, Raúl del Pozo sosteniendo la cabeza sangrante de un pez espada en la azotea del periódico. Las esculturas de la virgen, la hucha de cerdo que goteaba, el acordeón y los pantalones rotos de miliciano, las vespas en La Latina, las chisteras. 

Recuerdo los favores que no importaban y los que sí, que se llaman compromisos y son, seamos claros, unos señores con pasta que quieren que su nombre aparezca, en letras de oro a poder ser, en mitad del reportaje. Recuerdo las broncas, sin respeto ninguno, por una foto a Soraya Sáenz de Santamaría. Recuerdo las llamadas a los restaurantes, a las consultoras y a la gente de Ifema para explicarles que con una foto de un enchufe chuchurrío de 80kb no vamos a ningún sitio. Recuerdo los Ayuntamientos, los gráficos, los informes que acabaron en la papelera y las cajas de vino que volaron. Recuerdo callar para no saltar, y saltar de la risa en las sillas de ruedas. Recuerdo las frases repetidas mil veces Las fotos las necesito ya. Por teléfono o por correo, como prefieras. ¿Quién quiere galletas?¿Y gusanos?; Rafa, pide los ferros; ¿A qué soy gracioso?; Chicos, que no se repita la capitular, tened cuidado con esas cosas. 

Lo más importante, como siempre, se deja para el final. Y aunque voy a estar ahí al lado hay algunas cosas que voy a echar mucho de menos. A Ana Luz, hermana gemela de Malú, con sus ataques de azúcar, sus observaciones de traductora. Siempre te odiaré un poco por hablar alemán sehr gut . A Nimo, como el pez pero con i, y su contagiosa manía de terminar las palabras con "is", contando con misterio cómo todo lo importante de la vida pasa en bares oscuros, con músicos en medio. Gracias por las series, por los pintauñas, por la confianza, por hacer las tardes siempre mucho menos largas. A Expósito, que mira de reojo, silencioso hasta que corta el aire con alguna frase lapidaria, obsesionado con el Villarato y Manolo García. Te nombro padre del elefante si me sigues llamando ninia. A Jorge, cinéfilo y tranquilo  -¿Cómo vas? Ana Luz, ¿cómo vas?, cada día con un libro distinto en la mano, la cabeza llena de historias y de sueños. Tengo todas las recomendaciones apuntadas. A Javi, tan constante con esa criatura en forma de libro, el definitivo. Con las patatas fritas estuviste menos firme, pero ¿la vida no es placer? Para mí nunca has sido un jefe. Cada vez que vea una pared de ladrillo me acordaré de tí. A Ruisánchez (las Marías, con apellido). Tus mátame camión y tus gafas de pasta. Espero que sigamos destripando Quién quiere casarse con mi hijo sin dejar de leer al Guardián entre el centeno. Y Munera. O Javi. Con sus planes de invadir España para abrir una salida al mar desde Albacete. No se con quién voy a comentar las noticias y los políticos de mierda con los que nos despertamos cada día. Voy a echar de menos esas risotadas, la cara que pones al hablar de comidas, tu desesperación con el círculo infernal cada vez que el ordenador te deja tirado y, a la vez, tu infinita paciencia. 

Son muchas cosas y amenacé con no cazarlas. Termino ya, el drama no es para el verano. A todos y los que faltan -Sara, mi pelirroja preferida. Vas a triunfar en el Escorial. Alba, currante incansable, ¡deja de ganarme al Apalabrados!- Fue un placer, nos vemos pronto. 


25/2/12

Hay que brindar más

Pulso con el dedo índice la bendita (infecta de bacterias) tecla del enter y, en los segundos que tarda en cargarse el radiopatio de la actualidad, contengo el aliento y rezo al dios del frigorífico (libertad religiosa, ¡chitón!)-Hoy no, por Dios, hoy no- pero, malheur, allí están otra vez. El olor fétido de la corrupción, los millones de parados, los políticos vomitando sandeces, los jueces de Bruselas castigándonos contra la pared, Atenas ardiendo en silencio, los desconsolados niños sin mi pupitre nooo, la policía aporreando a jóvenes que blanden libros como espadas, los casposos salivando, las deudas a punto de nieve para el apocalipsis.  La desgraciada, malnacida crisis. Yo resoplo, maldigo al dios del frigorífico que no me da más que yogures y disgustos, musito un ay señor y sigo, haciendo. 

Y como estoy tan harta, busco y recuerdo cosas que hagan que todo este desastre lo sea menos. Como dijo Nacho Vegas, alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo. Amigos, hay que brindar más.  

Por los ataques de risa de detonante inexplicable que acaban con alguien quedándose sin aire. Por los niños que aprenden a andar con la concentración de un escalador pero se caen de culo cada tres pasos. Por los dibujos de sirenas y de árboles con casas dentro, por los papelitos voladores que contenían secretos políticos y por los que una amiga doblaba haciendo  grullas (las ranas estaban muy vistas), por los emails bíblicos de Liverpool a Madrid, por las  cartas que mi padre me escribía cuando me iba un mes a aprender inglés (aunque aprendía a robar pares de calcetines de South Park porque lo hacía todo el mundo). 


Por los cuentos de naufragios y pastoras con rebaño que decidían cambiar de sexo que escribía con 10 años. Por la cara de susto que se nos quedó a mi hermana y a mí cuando descubrimos que los pollitos rosas que habíamos comprado en el mercado de Villacañas desteñían al cabo de los días. Por las veces que mi abuela dice ¡Si yo no digo nada! después de haber criticado a media familia. Por la expresión de mi otra abuela, ¡Anda la osa negra!, como quien dice, ¡Anda mi madre! Por aquel chiste que nos contaba de unas monjas con serios problemas de incontinencia. Y por el otro chiste de una niña que se llamaba Nocruces y acababa atropellada. Y nosotros, muertos de la risa.

Porque después del calimocho vino el vino y bienvenido sea. Porque a veces bebimos hasta perder el control. Por los planes para cambiar el mundo, tan sólidos como una catedral hecha con una baraja. Por la tarta de manzana y la tortilla de patatas de mi madre. Por las    veces que se pone tan manchega que a su lado Jose Mota es un piltrafilla. Y por cómo se esconde debajo de la manta cuando tiene frío, como un animalillo asustado. Por los gritos de mi hermana cuando le hago cosquillas detrás de las orejas. Por las veces que me pide que le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. Porque las dos arrugamos la nariz con el mismo gesto. Por los libros con los que aprendí a soñar y por cómics que leí solo por acercarme un poco a tí. Por los chicos que juegan a las palas en el Sardinero: menos Nadal y más aficionados con el torso sudoroso. Por descubrirte mirándome, por tus ojos medio cerrados un segundo antes del orgasmo. Por los besos tan largos que nos dejaban los labios rojos. Por los besos que he imaginado mil veces. 

Por Misterioso Asesinato en Manhattan, Con Faldas y a lo loco, los Hermanos Marx y  hasta los momentos inconfensables en los que de la vergüenza ajena pasamos a la risa disparatada con Quién quiere casarse por mi hijo (club de fans para los gódicos ya). Por la música de Desayuno con Diamantes, por Robert de Niro, por Hey Jude, por la canción de la Feria del Este, y cómo no ,por el ababaaa bababaraaaan. Por las canciones que me gustaron desde la primera vez, por las que oí por tí, por las que aprendí a escuchar con el tiempo, por las que me ponen la piel de gallina.

Por aquel día que nos perdimos por las calles de Granada siguiendo a unos gallegos. Por las   playas italianas que aparecen después de deshidratarnos. Por aquel hotel de Atenas en el que el dueño nos recomendó, muy serio, regarnos con la manguera. Porque lo acabamos haciendo.Por aquella vez que hiciste 200 fotos a una sola puesta de sol y tenías razón, todas   eran diferentes. Por la habitación en Londres que nos alquiló un búlgaro que repetía a gritos But where is the wardrobe? Por las carreras en calles desiertas con veinte kilos en la espalda y por la vez que andamos en un precipicio sobre el mar. Por las zanahorias que sacabais en cada tren para matar el hambre (sin conseguirlo, claro). Por todos los viajes que nos quedan por hacer. Por vosotros y los que vendrán. Por el futuro aunque esté jodido. Por el amor que está a punto de llegar. Por los bostezos que se contagian y porque, como dijo el maestro, disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine. 



30/12/11

Colección de medallas y arañazos


Enero amaneció demasiado pronto, con juegos raros pero sin besos. Al llegar a casa, mi hermana me contó una historia: petardos a traición, la noche en urgencias, el ruido que no le ha dejado dormir demasiados meses. Aquel desenlace de fiesta todavía sigue dando coletazos de escamas pero ahora ella tiene la nota más alta en Derecho Tributario. Así es la inteligencia, sobrevive a pesar de los desastres. También en enero una masa de ciudadanos enfurecidos derrotó a Ben Alí en Túnez. Era sólo el primero.

El sexto día del segundo mes del año abrí la puerta de casa y de la oscuridad aparecieron mis amigos, los de siempre, gritando "¡Sooorpreeeesa!” a prueba de infartos, con margaritas gigantes y vasos de plástico en la mano. En algún momento de la noche, cuando escribían poemas cursis en un mantel alargado, les propuse que se quedaran para siempre a vivir aquí en Cartagena 2 –seguro que hay espacio entre tanto libro viejo-, pero no tuve éxito. Resaca, sí, bastante. Eran 25, qué menos. En febrero una momia llamada Mubarak también perdió en Egipto. Entonces las plazas volvieron a ser ágoras, núcleo y desenlace, política y acción.

A principios de marzo, por casualidad y adicción a las teclas, desemboqué en Estado de Malestar. Era un grupo de gente inconformista y creativa que quería cambiar la política, la economía y la injusticia. Algunas noches pegamos carteles por las calles heladas de Madrid, convocando a otros ilusos: todos los viernes a las siete de la tarde en Sol. En ese momento no lo sabíamos, pero aquellos viernes de imaginación y megáfonos fueron las primeras olas que rompen en una playa que empezaba a llenarse.

El mismo mes, en la otra punta del mundo, Japón hizo crack y repasamos en bucle los vídeos del mar tragándose la tierra, quizá para comprobar que seguíamos vivos. Con el apocalipsis y las revoluciones árabes sangrando todavía, me despedí de la sección de Internacional. Allí comprendí que el periodismo de verdad es rápido hasta la enfermedad, irónico en los descansos y para mí, tendrá siempre ascendencia rusa. Allí conocí a un futuro diplomático con la cabeza hirviendo ideas; a un melómano que dispara sarcasmo contra la timidez, romántico aunque finge ser un tipo duro y al ciclista más intrépido y optimista de aquí a Miami, talento sin explotar para la mímica y confidente de los miedos y los deseos.

En abril viajé hasta una isla volcánica donde soplaba el viento. A la vuelta, una llamada telefónica me devolvió al periódico y desembarqué en la sección de Suplementos Especiales. Vi un Cadillac rosa del 59, a Carmen Lomana en bolas en una habitación de hotel, escribí sobre supermercados y alguna feria del ladrillo y me hice amiga de una fan de Depeche Mode aventurada con los peluqueros y desventurada en el amor, sensual, cinéfila y concursante de Pasapalabra.

Con el calor, todo cambió de repente. El 15 de mayo la calle Alcalá gritó tan fuerte que se escuchó a kilómetros de distancia. Dos días después, él y yo nos besamos en un banco de Pinar del Rey, con nervios y  migas de pan aún entre los dientes. Esa misma tarde fuimos juntos a ver cómo se levantaba aquel hotel de cartón y sueños. Y si nos falla Sol, iremos a la Luna. No hay pan para tanto chorizo. Pienso, luego estorbo. Hoy es siempre todavía. Sólo los besos nos taparán la boca. El mundo estaba cambiando y nos comíamos a besos. Siempre necesitábamos más tiempo. Y aunque los periódicos nos concedieron los titulares, eran sus palabras y sus caricias lo que me daba aliento.



En junio todo iba bien, muy bien. Hubo música, cabañas y pasillos oscuros. Fresas y terrazas. Fotos emulando a Hemingway y conciertos en azoteas nocturnas. Algún cumpleaños, vestidos nuevos, y en un acantilado vimos ponerse el sol. Éramos diminutos al lado de todo lo demás, pero nos agarrábamos de la mano y, a la vez, nos echábamos de menos. 

En julio me mandaron a San Lorenzo del Escorial, con una grabadora y una maleta de ruedas. Aquello sí era periodismo. Corre y graba. Pregunta y acierta. Toma titular y pásame ese corte. ¿Qué vendes? Un par de veces di en la diana y otras me equivoqué ("¿qué opina del caso Faisón?"). De aquel mes me llevé noches de desenfreno, una lista de frases para la posteridad y varios amigos. En especial, una filósofa catalana que habla de sexo como de política, casi actriz, casi nacionalista, incorrecta y transparente. 

Llegó agosto y el chico que iba a ser para siempre, dejó de serlo. Desaparecieron los escalofríos, los besos, los secretos. Dolía, en ese punto cerca de las costillas donde se coge aire, y en las piernas, y hasta en las yemas de los dedos. Dolía, saber lo que pudo haber sido. Afortunadamente, mi amiga, la de la risa contagiosa, la de los cafés cada semana, me llevó a Sicilia. Y entre ruinas, callejuelas de película, playas blancas, ataques de risa y pasta a la Norma, las heridas empezaron a curar, aunque el equipaje todavía guarda restos de ceniza negra de aquel volcán. Hace poco, un amigo me dijo que prefería olvidar aquellas historias que le hicieron daño. Yo no. Mientras duró, me hizo sentir viva. 

En septiembre volví al periódico, aunque me gustó menos. Desde entonces guardo en la manga un plan B de exilio a otro lugar, pero me hace falta un mapa y un par de huevos. Me escapé a la playa con mi chica de Liverpool, mi Simone de Beauvoir, la valiente que escucha música incluso bajo el mar. En octubre la redacción de El Mundo se paralizó: ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada. Era la noticia que todos los periodistas hemos soñado dar. No es suficiente, pero es mucho. Y la alegría, paradojas, también suena a tristeza. 

Llegó noviembre y aterrizó un presidente nuevo de un partido antiguo, con la palabra "empleo" pegada a la boca y la mayoría absoluta debajo del brazo. Sin dinero, no hay milagros. Y sin Ministerio de Ciencia, menos. Por el camino del recuento, se perdieron miles de votos, culpa de una ley electoral terriblemente injusta por la que nadie se pelea. Pero entre bofetón y tortazo estaban las noches de invierno. El Freeway, con sus paredes rojas y su música viejuna ha visto conspirar a una arquitecta enamoradiza de imaginación sin límites y chaquetas de lana, y a una ex opositora que busca chicos altos entre la multitud, dispuesta a hablar en guiri después de medianoche. En la Casa de Cantabria un lunes 28 de noviembre se presentó El Río del Tiempo, un libro de poemas de mi padre. Hay tantas cosas que me gustaría preguntarle y tan pocas cosas que dejó escritas. Por eso lo leo sin parar, aunque a veces, basta una fotografía mal encuadrada de una mañana de Reyes -los cuatro, abriendo regalos- para saber qué diría.


El año acaba en diciembre, el de la Navidad y las investiduras, el de las cenas que nunca son últimas, el que nos traerá medidas urgentes después de escándalos monárquicos. Pero todo lo que importa está ya escrito. Espero que disfrutéis lo que está por venir. Ahora sólo queda esperar que el año que viene tenga, por lo menos, doce meses y testigos para contarlo. 

12/6/10

Hasta pronto

Si el cielo está nublado y el tiempo se ha vuelto loco, es que algo importante va a pasar. Como cuando las campanas en los pueblos avisaban de una boda o un entierro. Hay signos constantes. En el ambiente de suspiros incesante, en la calle encharcada, en los folios subrayados y en las últimas agendas. Hay signos por todas partes de que los títulos de crédito ya están en la pantalla y esto se acaba.


He ido a mirarme al espejo, buscando el paso del tiempo. Quizá alguna cana temprana o arruga precoz, tal vez la huella de unas longevas ojeras. Pero he visto a la misma chica llena de dudas y sueños de hace seis años.



Si todo va bien (crucemos los dedos), el lunes 14 de junio tendré que despedirme de la Universidad. Aunque no soy muy partidaria de las frases hechas, permitidme que en este caso recurra a una que recoge tanta verdad que duele: Qué rápido pasa el tiempo.


Es cierto. Parece que fue ayer cuando subíamos por las escaleras del edificio nueve de la Calle Madrid. Ayer cuando sufríamos con todos los Derechos del mundo. Ayer cuando cargábamos con Códigos y montañas de folios. Ayer cuando cruzamos la calle hasta el edificio 17 y vimos tantas caras nuevas en esas filas de asientos que son potros de tortura. Ayer cuando nos conocimos. Y ayer es, de repente, ahora.

Aunque todos los cambios traen aventuras y riesgos y me gustan (supongo que haber cambiado seis veces de colegio y tres de ciudad también ha ayudado), las despedidas me llenan la garganta de nudos y los ojos de lágrimas.

Dicen que justo cuando te lo estás pasando mejor, el reloj te devuelve a la realidad y tienes que marcharte a casa. Así se sintió Cenicienta, parece ser, y (qué curioso), así es como me siento ahora. Han sido unos meses geniales, llenos de anécdotas y recuerdos. Así que hoy me quiero despedir de todo esto:


Del edificio de Periodismo. De los croissants a la plancha (aunque en los últimos tiempos se habían resecado). De las optativas con complejo de troncales. De los ordenadores a los que acudimos en cada tiempo muerto. De los profesores: los de frases brillantes (alguno hay) y los de palabras absurdas (más numerosos). De las profesoras: las que llevan vestidos demasiado cortos y las que están más pendientes de sus pañuelos que de Chechenia. De las diapositivas de power point. Del peor invento de Jaula Global: los foros. De los tipos de fuentes, las agencias, los corresponsales, los grupos mediáticos, la credibilidad y Ramón Lobo (ah no, de este último todavía no).

De ese grupo de chicos hiperactivos que se sientan en la última fila. Del chico que ha nacido para la radio y con el que comparto ese vacío imposible de llenar. Del gurú de la Comunicación 2.0, fan de las polémicas y las abreviaturas. Del chico vasco que siempre hace reir. Del rey de los sonidos extraños que va a hacer un periódico para niños en ciudades con menos tráfico y más calidad de vida. Del chico de “por la sombra” y esas conversaciones sobre cómo cambiar el mundo después de los desastres. Del canario más simpático y pluriempleado de Madrid. De la chica de volleyball que también cometió la imprudencia de viajar a San Fernando de Henares. Y también de los del otro lado del pasillo porque espero que cenas como la última se repitan cada mes.

Pero siempre dejo lo último para el final. Porque este año he tenido la suerte de (re)encontrarme con cuatro chicas maravillosas (y me quedo corta).

Marta, la “artista de cine”. Creo que empecé a conocerte de verdad en Denia, en uno de esos momentos que nos miramos atónitas mientras nuestra querida parisina admiraba al vigilante de la Playa. Voy a echar de menos tu agenda verde (la más completa de toda la clase), tus brotes de bordería de tanto en cuanto, ese gesto estupendo de las manos que van subiendo al aire. Sé que conseguirás lo que quieras allá donde vayas. Probablemente, algún país lejano. No seas imprudente queriendo ir a esa isla extraña que echas de menos. Y además, Jack ha muerto.

Carmen, supongo que nuestra historia también empezó en verano, en las tierras calurosas de Badajoz gritando canciones al lado de un castillo. Espero que en Agosto repitamos experiencia, pero con las tiendas de campaña más cerca que la última vez. Te admiro de verdad por tu fuerza de voluntad y por llevar por las noches Códigos penales en el bolso. Echaré de menos esa sonrisa constante, esas confesiones nocturnas, esa tarta de coñac que nos emborrachó. Y todo los que nos queda por saber.

Y ahora tú, señorita Olmo. Lo que más me ha sorprendido es saber lo mucho que tenemos en común. La música, Leonard Cohen y el descubrimiento de Arizona (tranquila que no te voy a robar al guitarrista); los conciertos y la poesía de vez en cuando, Cinema Paradiso y compartir historias de amor platónico y más que amigos. No sé que va a ser de mí sin una jefa estricta y sonriente. Es un alivio saber que tu amado Liverpool y Birmingham están cerca. Y mientras, sigo esperando sugerencias de las páginas más surrealistas de la historia.


Anuska. Ya sabes que estás aquí, al final, por algo. Me da rabia haberme perdido cuatro años de viajes en metro casi todos los días. Eres genial. Por tu sentido del humor (sublime, diría yo), por tus locuras, por tus dibujos de ovejas, por las grullas de papel, por las agendas perdidas y los libros que compartimos. Por saberte de memoria el final de Cien Años de Soledad. Por retener datos que nadie retiene. Porque soportas todas mis historias y preocupaciones. Porque sabemos lo que pasa con sólo mirarnos. Por la receta secreta del mejor batido del mundo. Porque eres valiente y te propones lo difícil (y lo consigues) y creativa (sin que te tomen por loca). Porque le lees la mente a tu hermana. Por acompañarme en la noche de los telescopios y pasar frío con dos abrigos y un saco. Porque ya te has ganado a todas mis otras amigas. Por que haces gestos con la cara. Porque eres transparente. Por Piedrahita y los euroconectores. Por Denia y el sol abrasador. Por las clases de inglés, porque en tu casa ya deben estar hartos de mí. Y podría seguir añadiendo muchas cosas más.

Estoy nerviosa, como cada cinco de enero a pesar de que ya no creo en los Reyes; como cada cinco de febrero antes de mi cumpleaños, como el día que estaba a punto de ir a la Universidad por primera vez. A todos, nos vemos el lunes. Y espero que después también.