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26/5/13

Como desees


Para Io

El alcalde de Villafortuna leía el Tratado de Anatomía de Henri Rouvière todos los martes y jueves por la noche. Tenía debilidad por las páginas sobre el sistema reproductor y  el cerebral. Los demás días de la semana Alberto Silbado, que no tenía brazo derecho, hacía el amor con Fátima Reina. Alberto se sentía el hombre más afortunado del mundo por seguir practicando el sexo con su esposa igual que cuando se dieron el  “sí quiero” en la iglesia de San Segundo. Aunque a veces odiaba el pequeño muñón de su hombro derecho. Nadie sabía cómo había perdido el brazo.
De este erotismo hercúleo había nacido Javier. Tenía 18 años, una espalda fuerte y muchos amigos. En las Nochebuenas causaba furor con su teatro de sonidos animales que terminaba con un bis del elefante y miguitas de polvorón haciéndole un Miró en la pechera.
Todo Villafortuna creía que era feliz. Pero Javier tenía un problema. No veía un pijo, ni tres en un burro. ¡Ni torta! Él quería ser piloto de avión para buscar el rayo verde y conocer a las mujeres más bellas del mundo, las azafatas. Pero cada mes que pasaba el grosor de sus culos de vaso iba en aumento. Las gafas le pesaban tanto que iba con la cabeza inclinada como si estuviera buscando un botón en el suelo. Una noche, desesperado, rompió a llorar en brazos del alcalde Silbado, que ese jueves estaba rascándose la cabeza preguntándose cuánta cantidad de materia gris contendría su cerebro. Javier habló a su padre de su sueño frustrado, lloró a moco tendido sin ver un moco y cerró la exposición con una sublime imitación de un gato huérfano. Alberto, testigo incómodo de la tragedia, se puso muy serio: "Hay una forma de recuperar la vista. Si de verdad es lo que deseas, mañana iremos al Sepulcro de San Segundo".

Javier, nervioso y asustado, no consiguió dormir. Así que a las seis de la mañana decidió salir a pasear, pero olvidó su bastón de círculos transparentes. Después de recorrer un par de calles negras con farolas amarillas, empezó a oler a pan, mantequilla y chocolate. Como uno de los ratones de Hamelin llegó hasta la Pastelería Giner, donde la dueña, Teresa, amasaba una enorme pasta con las manos. Javier reconocía una forma femenina que le parecía una bailarina desnuda cuyos brazos eran como las ramas de un árbol y, las manos, las hojas temblando cuando hay viento
 -¿Tiene bombas de nata?, preguntó el joven visitante.
Teresa pegó un salto y dejó caer la enorme masa que formó un platillo gigante en el suelo. Sabía quien era Javier, pero sin gafas y con tan poca luz, no lo había reconocido.
-Llegas pronto para la nata, chaval. Estoy haciendo pan. ¿Quieres aprender?
Y así Teresa y Javier hicieron boxeo y malabares con pelotas de harina. El cuerpo de Teresa olía a naranja y bizcochos y sus piernas, casi siempre tapadas por el mostrador de las pastas de té, eran las más bonitas de Villafortuna. Ayudaba por las mañanas en el negocio familiar porque sufría insomnio crónico, le contó a aquel chico con la mirada perdida, y por eso, aunque tenía sólo cinco años más que él, sus ojos, arrugados como pasas, parecían los de una anciana.
-Creo que hay una forma de pararlo, dijo el apuesto imitador de animales, acariciándole las manos. Mañana, cuando termines aquí, ven al Sepulcro de San Segundo.
Una hora después, Javier y su padre caminaban en dirección a ese mismo lugar. El Alcalde, visiblemente agotado por el décimo coito de la semana, iba recitándole a su hijo los huesos del pie para romper el hielo. Las puertas de la Iglesia siempre estaban abiertas porque no había oro que robar. Hacía frío y el altar proyectaba una sombra con forma de mandíbula en el techo. Bajaron diez escaleras hasta el sepulcro y una vez allí, el padre se situó frente a la tumba de San Segundo, se colocó bien la chaqueta, tosió para afinar la voz (tics nerviosos heredados del cargo público) y y dijo:
-Si deseas recuperar la vista, mete el brazo debajo de esta tumba y pídeselo a Segundo. La noche de mi boda, vine aquí y le pedí al santo que nunca dejara de desear a tu madre hasta el día de mi muerte. Han pasado 20 años.
Javier se echó a reír y el eco de las carcajadas resonó en el panteón como una fiesta de lunáticos. El alcalde Silbado, que no había pronunciado ni mu ni ma, se acariciaba el muñón de su brazo derecho como si fuera el rey de los chalados. "No tengo nada que perder", pensó Javier, así que metió su brazo derecho debajo de la tumba.
Al día siguiente, Javier empezó a ver mejor. Los colores de los semáforos, los números de los portales y de los billetes, el cartel del teatro, el reloj de la estación. De madrugada volvió la Iglesia para encontrarse con Teresa. Allí estaba, caminando arriba y abajo sin parar, agarrándose las mangas de la camisa. Los dos repitieron la escena de la noche anterior. A la salida, Javier empujó a la bella insomne de la chaqueta contra la pared y le dio un beso en los labios para romper el hielo. Escucharon las campanas de las nueve de la mañana desde la panadería, desnudos, compartiendo la primera bomba de nata del día.

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Veinte años después de aquella noche Javier viaja de Río de Janeiro a Nueva York en un vuelto con 350 pasajeros. Lo ha conseguido, es un piloto de éxito y está rodeado de mujeres bellas. Ahora ve tan bien que lo hace a través de las personas. Sabe tanto de tantos que se ha vuelto un poco desconfiado. No ha vuelto a Villafortuna y ya no sabe imitar los sonidos de los animales, y eso que muchas noches sueña que lo persigue una manada de elefantes. En la cartera lleva una foto de Teresa, de cuerpo entero.
Ella consiguió dormir. Tanto, que sus ojos han vuelto a alisarse y brillar. Tanto, que ha dejado de ir a la panadería para hacer pan y bizcochos de naranjas, su especialidad. El negocio perdió calidad y clientes hasta que su madre decidió cerrarlo. Teresa, que durante años se carteó con Javier, que siempre estaba en las nubes, ha decidido lanzarse en la literatura infantil y le va bastante bien. Duerme todas las noches del tirón.
Lo único que tienen en común Javier y Teresa es que han perdido el brazo derecho. A él se lo amputaron en un hospital de Colombia algunos años atrás. Como para entonces los pilotos podían conducir con una sola mano (y hasta sin las dos), Javier pudo seguir trabajando. El médico dijo que era inexplicable, inaudito, cosa de brujería, pero que ese brazo estaba muerto y lo mejor era cortar. Lo mismo sentenció el médico de Villafortuna y desde entonces Teresa dicta palabras al ordenador. "De todas formas, llevaba años sin hacer pasteles", se dice.
La Iglesia de San Segundo ahora cierra sus puertas por las noches, después de que un grupo de adolescentes intentara robar la tumba del santo que, según habían oído, hacía realidad cualquier deseo. Y, en cuanto al Alcalde Silbado, ha tirado a la basura el Tratado de Anatomía de Rouvière. Ahora prefiere leer novelas de misterio, preferiblemente suecas. Su mujer y él siguen durmiendo juntos. 



9/4/13

¡Se callen, coño!


El teatro es malo para la salud. Puede usted pillar la gripe, la tuberculosis, el tifus mismamente. Como mínimo, se lo advierto, se lleva a casa un catarro tonto. Los asmáticos, los alcóholicos, los afónicos, Llongueras (¿saben que hay gente en foros que pregunta cuánto vino hay que beber para emular su voz?), colegios que escupen flubber y señoras con cavidades secas (¡no sea guarro, ESA cavidad no!) se dan cita las tardes de los sábados en los teatros madrileños. Puede que en otras provincias sea parecido, pero no se fíen, hay muchas diferencias en esta España mía. I mean, tenemos al reino de Cospedal y su peineta y luego al resto del país. Entre medias, los Acantilados de la Locura.

Pero me pierdo. El teatro, les decía, es ese edificio donde un grupo de gente, actores, recita de memoria un texto ante un público, a priori interesado en escuchar. Se lo explico porque algunas personas confunden el teatro con un cine o, peor, con la calle o, qué les parece, con un bar, y se vienen arriba. Y yo aquí he venido a hablar de mi libro a iluminarles.

Para empezar, hay un escenario, que es un espacio algo más alto donde se desarrolla la acción, con unas cortinas que pesan como el mundo entero sobre la espalda de Atlas (no me lo diga, el día de los mitos no estaba usted en clase) y una sala de butacas frente al mismo. Tal vez algunos palcos, un pasillo estrecho, unos camerinos, que es donde los actores se dan al vicio, follan y rezan, no necesariamente en ese orden, las taquillas, los camerinos y, ¡un ambigú! que no es un acomodador con moustache venido de Lyon, sino el nombre de la cafetería o el bar, esto he leído. ¡Espera, espera! ¿No era que un bar era distinto a un teatro? No se precipite. En los teatros a veces hay un bar, pero está separado por un muro. Y no me obligue recordarle que en Berlín hubo gente que murió al intentar cruzarlo. Bien. Muy bien. Sigamos.



El exterior de este edificio suele reconocerse por su fachada neoclásica (tó viejo, para los de la E.S.O), aunque tampoco vayan a fiarse a rajatabla, porque algunos arquitectos juegan a ser Dios o Miguel Ángel y existe uno con forma de aleta de tiburón. O más bien, con forma de ramo de aletas, se puede ser más excéntrico. Para su paz interior les diré que está en la otra punta del mundo, Sydney, Australia. También hay algunos teatros al aire libre. Suelen tener aspecto de ruina y están habitados por sonrientes personas con grandes objetivos en la vida. Japoneses.

Sea como fuera el caso es que el otro día fui a uno de estos sitios. No es que sea una espectadora asidua, si es que esta especie existe después de la llegada del IVA cultural, un regalo del Gobierno a los titiriteros , los poetas y los músicos. Ya saben, esa panda de caprichosos que no crean riqueza. VAGOS QUE SON ETA, que diría Masaenfurecida. Sólo interesan cuando se mueren (véase Sara Montiel, de vieja chocha a artista consagrada, ya en el féretro) y cuando ganan premios en el extranjero. Que ese lugar abstracto a donde van a parar los jóvenes, ese lugar donde un pregonero va gritando "Maaaarca Espaaaaña, Maaaarca Espaaaña". (Aquí podrían añadir 'se busca exorcista de indignada'. Pago bien.)

Y allí estaba yo, en uno de los palcos con una amiga, columpiando mis brazos de atleta en el vacío para arrimarme a la barrera y ver salir al toro y al torero. 'A cielo abierto', en el Teatro Español, el más antiguo de Madrid. Por cierto, inserto aquí una anécdota. La esteticista de mi madre tenía un minijob de acomodadora en este sanctasanctórum (lugar sagrado, para los de la E.S.O) del arte. Le resultaba desconcertante  y placentero a la vez, a la que me dio a luz, que es profesora de Literatura (quién lo iba a decir) poder charlar en la camilla a pierna suelta de Lope de Vega, Calderón y toda esa pléyade de genios. Pedro, si me lees, toma esta escena para hacer de ella cine en carne viva. My pleasure.

Oigan, cómo me lío. Pues estábamos allí, disfrutando de la obra. Buenísima (no hay ironía en esto). Cuenta la turbulenta historia de amor entre Tom (José María Pou, qué monstruo) y Kyra (Nathalie Poza, también lo borda). Él es empresario de éxito, viudo recientemente, capitalista por principios, 20 años mayor que ella, profesora, pobre por elección, algo atormentada. ¿Pueden estar juntos dos personas tan distintas? Pues bien, cuando estaba el nudo de la historia a punto de servirse hete aquí que el público empieza a liarla parda. Toses, contracciones espasmódicas sinfónicas, esputos sin pudor, seguro que hubo bilis, ¡que me parta un rayo si miento! Cuando un cof cesaba empezaba otro cof cof y se iban sucediendo sin fin como si fueran una jodida orquesta de tráqueas malheridas. Como si se hubieran colado allí dos plantas de un hospital de enfermos crónicos. Y entonces, gracias a Molière, José María Pou exclamó: "¡JODER!"

Silencio inmediato. Dos segundos después, estallido de aplausos. Mon dieu, el teatro apunto de derrumbarse por semejante sobresalto. Los alborotadores callados como putas. El resto, celebrando la victoria (algún "oe, oe, oe" lejano). Y Pou y Poza haciéndose pis de la risa. "¿Podemos, ya?", preguntó entonces el primero, asomadito al escenario (para definición, ver más arriba). Mi soñadora amiga apunta: "El mensaje del altavoz debería exigir al público que comiera caramelos de menta antes de aposentar el culo en el asiento". "Pufff, ya te digo, tía", apruebo. Me imagino a unos señores con alcoholímetros en la puerta midiendo la sequedad de la garganta antes de dar acceso. "Positivo, tire pá fuera". O chinos vendiendo pañuelos de seda falsa para aclimatar las gargantas más rebeldes. Y así, de paso, generamos más riqueza, para complacer a los del IVA. Afortunadamente estas ensoñaciones duran poco y vuelvo a sumergirme en la historia que sigue, en directo. Y pienso, ¿para qué sirve democratizar la cultura si no hay interés en disfrutarla?

20/2/13

Disparos que me hacen feliz


La espalda desnuda de un hombre. Dos manos para hacer cosquillas en los pies. Copas de cristal ordenadas, botellas sin estrenar, hornos humeantes. Las carcajadas de los que no han cumplido años, algo más lentas con noventa y tantos. El crujido de las sorpresas. Reconocer , en el olor, mi casa; el sabor de la sal entre las olas. Tantos álbumes de fotos. Cajones llenos de diarios a medio escribir. El chico a los 13, los 14… los 15, sí, aquel era uno nuevo. El primer amor se pone más tarde por escrito. Aquella chica que era, hay algo de ella aún.

Despertar y recordar que soñé con mi padre, su recuerdo (es mi infancia). Los ojos azules y verdes de mi madre. Su gesto de niña cuando cierra la puerta. Mi hermana y cómo crece, mi hermana y su raya negra de los ojos. Saber que es mi escondite cuando viene la tormenta. 

Atrincherarme en la cama un día entero. En el que suena la música, la mía, sin parar. Play. Una más. Play. La canción de los viajes, la música de los veranos. El piano. Dylan, Lennon, Évora, Presley, Richard, Tiersen, Cigala, Charles, Piaf. Simone. It’s a new day,and I’m feeling good. Trompetas, saxofones, y por Dios que haya siempre una guitarra. Mil apellidos que son piel de gallina. Los ojos cerrados, los brazos como de animadora, aquel gesto de muelles al bailar. Hacer tanto el tonto al dar vueltas que acabo escupiendo el corazón.

Señoras pasándoselo very good. Elliot Erwitt.
Mi vestido, negro y nuevo, las camisetas de la suerte, mi ropa interior arrancada como el papel del último regalo. El chocolate caliente del día de Reyes, las arrugas pequeñas en la risa de los ojos. Pizarnik y sus versos, duelen, pero qué hermoso, mirad: Salta con la camisa en llamas, de estrella a estrella. Y aquel rumor a lila rompiéndose en la espera. Mil apellidos más, playas donde perderse. Cortázar, Austen, Brönte, Hierro, Pacheco, Paz, Camus, Lorca. Los que llegarán más tarde. El último capítulo de Orgullo y Prejuicio. El séptimo de Rayuela. Las expectativas (estratosféricas, no bajarán) que me creó la Literatura. Saber que tengo todo un día para acariciar las páginas de un libro.

Todo un día para besar tus labios, la palma de tu mano, la clavícula, el sexo, entero, tu cuello, debajo del ombligo, el lóbulo de tu oreja izquierda. Otra vez, desde el principio. 

El mar, maldita sea. Pero debe hacer sol, el agua estará helada. Coger una de esas olas que me arrastran a la orilla. Murallas de arena cuando yo era 100 centímetros menos, más o menos. Se las llevaba el mar, pero siempre empezaba de nuevo. Días de sol hasta las diez. Comprobar la marca del moreno en el hueso de la cadera. Comer lasaña, pescado crudo, fresas, salmorejo. Litros de helado de leche merengada. Comer, sólo eso. La satisfacción de la otra marca que deja la experiencia, está no me la cuelas. Ganar al ajedrez y una discusión, la más difícil. Ganar a la desgana con un lápiz de labios. Reconciliar peleas, conspirar con amigos. Mis amigos. ¿Cómo los encontré? Jugar a adivinar sus gestos. 

Escribir, sobre todo escribir, y que hasta me paguen por ello. Escribir porque sonrío al hacerlo. Escribirte, seguro que alguna vez me lees. Enamorarme en el autobús, en los bares. Aprenderme toda una filmografía -estoy en ello- y hasta empezar trilogías, sólo por tí, qué ocurrencia. Imaginar diálogos con mis dos amores platónicos. (La lista puede crecer). Todos acaban en un beso con lengua, qué pregunta.

Saber, cada vez mejor, quien miente.

Acabar riéndome cuando había empezado a llorar. Me gusta lo que hubo antes, y lo que viene. 


29/1/13

La súplica


Se ha ido. Se ha ido para siempre y yo me he quedado allí, como un soldado con la bragueta abierta en un disparo, como un Charlot de cera, una Marilyn de bote. Preguntándome qué diablos ha salido mal.

He sido decidida, rápida, no como esa vez en la Gran Vía, bombardeada de paraguas y parejas enroscándose las piernas mojadas. Aquello sí que fue un suicidio y yo tan roja fuera, tan roja dentro. 

En el fondo lo sabía, supongo. Anticipaba la burla, el te lo dije, estáis en puntos muy diferentes. Mira cómo se aleja ahora, fulminante. ¡Estoy aquí! ¿No te doy, ni siquiera, un poco de pena?

Me arriesgué, me tiemblan las piernas, me arriesgué para nada. Y se que me ha escuchado en el eco del frío. ¡Por favor, espera! Yo perdiendo la dignidad y el muy cabrón haciéndose el sordo. Me escuchó suplicar y se hizo el sordo. 




Maldito autobusero, ésta me la pagas. 

Erich Salomon (M. Dietrich)

3/1/13

It smells like old spirit

Llevaba varios días con el olor metido en la cabeza. Esta mañana, por fin, lo he reconocido. La entrada del periódico huele exactamente igual que la residencia donde vive mi abuela Julia.

Allí, los ancianos se acercan a la ventana para ver la vida encenderse y apagarse y se quejan del horario de comidas. Y esperan, en las butacas mullidas de la entrada, a que alguien les lleve a saborear el aire, diez minutos o diez días. Cuando se hace de noche por los pasillos resisten un par de locos que han perdido la cabeza o la memoria. Que piden cosas imposibles y se remontan a épocas doradas más lejanas que el Oeste.

Así que, en realidad, lo del olor es lo de menos.

Daniel Seung Lee



29/12/12

2012, Hallelujah


El año empezó con trozos de papel ardiendo en una cazuela y nosotros, los de siempre, brindando encima del calor de los deseos negros. Horas después mi lengua se abrazó a la de un viajero de océanos,  que me sacaba algunos años y más de una cabeza. Volvimos a vernos en las calles de siempre –la noche empedrada que empieza en Pez y acaba en Barco-. Hablamos del pasado sujetando los trozos moribundos del presente, de la música en blanco y negro y la que huele a mar, de los libros que nos hicieron sanar y sangrar, de esa manía de estar a punto de salir corriendo en cada entreacto. 

La primera semana de febrero soplé 26 velas de una tarta líquida sujetándome una sábana (mal)atada al pecho, porque aquella noche era Hipatia, filósofa de las estrellas en Alejandría. En el salón bebían cerveza Leonardo Da Vinci y Rosa Parks - sonrisa blanca sobre fondo pastoso negro-, Jesús Gil picoteaba tortilla a la vera de Marie Curie y hasta Isabel Pantoja se dejó caer, cantando coplas y dientes largos. Aquel día nos disfrazamos de revolucionarios y mafiosos, pero del otro lado del cristal no hay caretas, y los segundos –Camps, Dívar, Díaz Ferrán, Urdangarín, siga la serie-llenan sus guaridas de billetes ante un ejército de testigos cansados de esperar una revolución que nunca llega.

El 29 de marzo hice huelga, aunque algunos días bordo el papel de fantasma. Por la tarde llenamos las calles, desde Colón hasta la puerta de Sol, auténtica parada de los monstruos. Allí van a beber los hombres que venden oro y los que recuerdan que existe Palestina y tantas otras guerras olvidadas. Y los padres divorciados, algún que otro peluche con las cuencas de los ojos vacías, la marea blanca, la marea verde y la marcha negra de los mineros. Y los desahuciados  y los que arrastran bolsas sin escuchar nunca nada, y los despedidos de Telemadrid y El País y los desesperados anónimos, buscando una causa a la que agarrarse entre tanta consecuencia (¿o se dice sentencia?)



Un viernes cualquiera el Consejo de Ministros anunció el mayor ajuste de la historia de la democracia. ¿Cómo no iban a sacar pecho por inaugurar la temporada de estocadas letales? Entonces aprendimos a ver detrás de las palabras. Los reajustes sustituyeron a los recortes y a los despidos y la apertura de línea de crédito al rescate.  Pero este barco se hunde y el capitán, hombros levantados, sólo dice: No quería huir, me caí en una barca.   

En abril compré un billete de avión a Nueva York y toqué, por fin, ese sueño que cantó Sinatra, Allen, Lorca y todos los reyes sin palacios. No se si todo es posible en esa ciudad de escamas amarillas entre rascacielos, pero para mí fue una especie de salvación. Una prueba de que siempre hay un sitio más lejano al que mirar. Una dulce borrachera de imágenes. Un cuadro donde bañarse, de puentes, colores y cine hecho carne. Un regalo.

Mayo no hizo ruido hasta el día 12. Se cumplía un año desde que tomaron tomamos las plazas  y siempre me gustaron las celebraciones a todo megáfono. Aquellos días me desatasqué el cerebro intentando convencer a mis amigos de por qué tenían que salir a la calle, pero las portadas (en especial el showman  Marhuenda) y el poder se sacudieron el bulto. ¿Cuántas veces hay que gritar para que te escuche un sordo?


En junio abandoné temporalmente la sección de Suplementos para cubrir una baja en Internacional. Disfruté mucho y volví a recordar que el periodismo es emocionante y, sobre todo, necesario. Hablé con Khaled, que había sobrevivido a la matanza de Breivik. Me contó-sólo a mi se me ahogaban las preguntas-que había caído encima del cuerpo de 19 años de su hermano muerto. Alguna vez me dejaron escribir sobre otras cosas y me perdí un poco en el exhibicionismo.

Las otras noches de aquellos días de piel desnuda y calor bailé en Aranda del Duero, y me compré algún vestido nuevo. Esquivé hogueras en San Juan con grandes amigos al grito de ¡Señoras! Me perdí entre teletipos y cifras de muertos en la guerra de Siria. Ví delfines cerca del Sardinero, vi a mi abuela cumplir 94 años.  

 

En septiembre me independicé. Monté una mesa, una estantería, y un sofá sin cojines. Me sentí mayor y poderosa. Y más pobre, también. En octubre llegó Blanca con kilos de ropa y sus brazos pequeños siempre abiertos para mí. Ese mismo mes mi madre se jubiló con saltos de alegría y fuimos, las tres, a ver a un poeta llamado Cohen. No olvidaremos aquellas cuatro horas en las que un viejito de casi ochenta años se quitó el sombrero para gritarnos Carpe Diem, ¡Joder! Días después llegó Sandra, con kilos de discos de los Beatles y leche de soja. Desde entonces nuestra casa es el cuartel general de las conspiraciones y los sueños. Entre canónigos y yogures de fresa planeamos cómo aniquilar a los despótas y conquistar a los chicos difíciles (tímidos, guapos y estrellas de rock, en ese orden). Y elaboramos complicadísimas teorías filosóficas a partir de un comentario en Facebook, y compartimos secador, y café en las mañanas más lentas.

La fiesta de inauguración fue en noviembre, mes de la segunda huelga general en un año (y ni por esas bajan a ver qué aspecto tiene el cabreo acumulado de la gente). This land is your land, decía la invitación al nuevo hogar. Había tarta y tortilla y unas quinientas latas de cerveza. Al cabo de los días apareció, por cierto, una braga huérfana. La estudiamos con un poco de asco y mucha minucia, como si fuera la prueba de un crimen pasional. Acabamos tirándola a la basura y nadie ha resuelto el misterio, por ahora. Viajé a París a ver a Ester, una más de los talentos que se escapan de España. Una noche, sentadas en su pequeño piso de paredes vacías, en Republique, comprendí que tardaría muchos años en volver y que nos han obligado a tolerar las injusticias. Pero ella es fuerte y más lista que el hambre y el hilo que nos une, aunque a veces se enrede, nunca se corta. 

Esta nueva vida estuvo a punto de alumbrar una historia de amor que deja huella. Empezó con una confesión en un bar, luego canciones compartidas y besos -me temblaba este hueso, y éste, y también éste, y quería arrastrarte a mi cama- en una cocina casi a la hora del desayuno. Entre cuentos, playas de otoño y cartas desveladas quise quererle, pero él decidió seguir huyendo. No sabe que es capaz de abrir nuevos caminos en desiertos, espero que en su exilio del norte lo descubra. Uno de mis mejores amigos me dijo después algunas frases que se clavan, como que me esforzaba, sufriendo, demasiado, en buscar un amor que me han contado.  Creo que sólo quería protegerme, a mi se me olvida a veces. 

Estos últimos días la indignación se va haciendo marea, de todos los colores, a punto de engullirnos. Volví a Suplementos, a la rutina de las llamadas telefónicas y los recados rocambolescos. Aquello es una cueva en la que apenas hay luz (llámenlo creatividad) habitada por personas excepcionales. Valientes, como la letra u, luchadoras, como mi ex-pelirroja que también quiere largarse a una ciudad con viento, y divertidos, como el chico que imagina duchas de zumo de naranja en vez de agua. 

Me da vértigo pensar en el año que empieza. Un año es una eternidad con forma de horizonte. Tengo, como siempre, una lista de (des)propósitos que nunca ,  a última hora, cumpliré. Pero si me tengo que quedar con un deseo, si las lámparas todavía abrigan genios, ojalá  todo estalle de una vez por los aires. Tal vez cuando hayamos borrado este olor a idea carcomida podremos construir algo nuevo, algo -más grande que nuestro cuerpo, más pequeño que este país ingobernable- de lo que sentirnos orgullosos. 

21/12/12

Ésto no es el Apocalipsis


Me da igual que se acabe el mundo. Me río de las profecías agoreras de los mayas sorbiéndonos el seso,  porque podemos palmarla cualquier día. Sólo hay una diferencia. Si se acaba el mundo, morimos todos a la vez. Millones de almas, blancas, negras y corruptas, convertidas en ceniza a las once de la mañana. Devorados por enormes perros con mandíbulas de tiburón. Ahogados en un mar contaminado de edulcorante y leche de soja. Sepultados por un dominó de edificios vacíos de hormigón.  Quizás –en mi guión-, quedándonos dormidos en una hilera de camas a lo largo de un horizonte salado, o lanzando contenedores de plástico en llamas contra asesinos sin nombre. Joder, una muerte así sería heroica. Memorable. La muerte dramática con la que todo el mundo sueña, ya lo avisó Nacho Vegas. 

Lo que aterra, lo que de verdad da miedo es morirnos solos. Sin avisar, sin despedirte, sin nadie que te abrace. Absolutamente solos. Y por eso, sólo por eso, cada día debería ser una oportunidad para hacer algo, por pequeño que sea, que merezca la pena. Algo que brille aunque ahí fuera sólo haya señales del maldito Apocalipsis.

Summer Rain. Lukas Kozmus

25/10/12

Llamas silenciosas

La sal me lava la piel centímetro a centímetro. No hay casi gente. Un niño que quiere ser jinete marino, dos señoras despedazando la réplica letal de una amiga orgullosa y, más allá, un turista abrigado haciendo fotos a la espuma del mar. Tengo la boca seca y miro el reloj cada vez que una nube se atreve a dar pasos en el cielo. Y entonces, cuando he pensado cinco diálogos diferentes y seis finales trágicos, te veo.

Camiseta vieja de rayas, esa forma de andar como pasando de puntillas por todo, para observar sin hacer ruido, vaqueros, tu maldita media sonrisa con la que atracarías bancos sin derramar ni una gota de sangre, fuerza y debilidad en cada gesto, en los veinte pasos larguísimos que te separan de mí. 

Hablamos. Tu padre, dedicado al trabajo desde la madrugada, dedicado a quererte aunque no entienda por qué le regalas las Rimas de un tal Bécquer. El mío ya no está desde hace muchos años. Así lo perdí, así me equivoqué al llorarlo, así me duele ahora, así comprendo que me ayuda seguir mirando atrás. Tu madre perdida en las pócimas, la mía en los encantamientos de tapa dura y letras negras. Tu hermano, tan lejos que ni siquiera quieres reconocerle en una foto, tan lejos que el amor se ha ido colando por las heridas de la infancia. Mi hermana, mi canción para dormir. Con sus manos de niña está dispuesta a desenterrarme hasta sin fuerzas. Ella es la única que me pedirá que no me enamore todavía, pero eso no te lo he dicho, todavía. 

Y seguimos hablando encima de la arena. Hablamos del amor. Del primero. Fue aquí, tú eras pequeño pero estabas dispuesto a quererla para siempre. Y yo te hablo de él, de las primeras cosas, de crecer juntos y luego darte cuenta de que el amor se ha marchado. Te hablo de encontrar a alguien con quien hablar, y que no baste. Me hablas de encontrar a alguien con quien dormir, y que no baste. Hablamos del engaño. Del mío, del tuyo. Nadie es perfecto. Hablamos de los besos. Los besos son sólo besos. Los besos son casi siempre más que eso. Hablamos de conformarse con una historia de rasguños. De volar por los aires una casa perfecta construida encima de un árbol. Hablamos de ser valientes, pero tú no crees en los valientes y yo los he subido a un estúpido altar. Hablamos de ser leales. ¿Es posible serlo siempre? 

Hablamos de sobrevivir un accidente. Hablamos de luchar por escribir o de escribir sin ganas.  Hablamos, pero tú un poco más que yo, que remuevo la arena alrededor haciendo laberintos y amontonando la tierra mojada. Tu lado está muy quieto. El sol ha dibujado un arco encima de nosotros y seguimos hablando. El turista se ha quitado el abrigo, el niño duerme cansado, y las mujeres de antes se han callado. 


Tú te esfuerzas por enseñarme tus cicatrices, los huecos que crees que nadie podrá llenar. Yo me empeño en decirte cosas que me he creído de los libros que odiaré a partir de hoy, y defiendo con gritos que el amor existe y puede llenarte tanto que te falte el aire y el hambre. Existe, lo he visto. Existe, y tú me has quitado las ganas de comer estas croquetas frías a las seis de la tarde, cuando sólo falta media hora para que salga mi autobús. Es fácil pasarse la vida hablando contigo, dices. Es difícil saber que sólo será un día. 

25/2/12

Hay que brindar más

Pulso con el dedo índice la bendita (infecta de bacterias) tecla del enter y, en los segundos que tarda en cargarse el radiopatio de la actualidad, contengo el aliento y rezo al dios del frigorífico (libertad religiosa, ¡chitón!)-Hoy no, por Dios, hoy no- pero, malheur, allí están otra vez. El olor fétido de la corrupción, los millones de parados, los políticos vomitando sandeces, los jueces de Bruselas castigándonos contra la pared, Atenas ardiendo en silencio, los desconsolados niños sin mi pupitre nooo, la policía aporreando a jóvenes que blanden libros como espadas, los casposos salivando, las deudas a punto de nieve para el apocalipsis.  La desgraciada, malnacida crisis. Yo resoplo, maldigo al dios del frigorífico que no me da más que yogures y disgustos, musito un ay señor y sigo, haciendo. 

Y como estoy tan harta, busco y recuerdo cosas que hagan que todo este desastre lo sea menos. Como dijo Nacho Vegas, alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo. Amigos, hay que brindar más.  

Por los ataques de risa de detonante inexplicable que acaban con alguien quedándose sin aire. Por los niños que aprenden a andar con la concentración de un escalador pero se caen de culo cada tres pasos. Por los dibujos de sirenas y de árboles con casas dentro, por los papelitos voladores que contenían secretos políticos y por los que una amiga doblaba haciendo  grullas (las ranas estaban muy vistas), por los emails bíblicos de Liverpool a Madrid, por las  cartas que mi padre me escribía cuando me iba un mes a aprender inglés (aunque aprendía a robar pares de calcetines de South Park porque lo hacía todo el mundo). 


Por los cuentos de naufragios y pastoras con rebaño que decidían cambiar de sexo que escribía con 10 años. Por la cara de susto que se nos quedó a mi hermana y a mí cuando descubrimos que los pollitos rosas que habíamos comprado en el mercado de Villacañas desteñían al cabo de los días. Por las veces que mi abuela dice ¡Si yo no digo nada! después de haber criticado a media familia. Por la expresión de mi otra abuela, ¡Anda la osa negra!, como quien dice, ¡Anda mi madre! Por aquel chiste que nos contaba de unas monjas con serios problemas de incontinencia. Y por el otro chiste de una niña que se llamaba Nocruces y acababa atropellada. Y nosotros, muertos de la risa.

Porque después del calimocho vino el vino y bienvenido sea. Porque a veces bebimos hasta perder el control. Por los planes para cambiar el mundo, tan sólidos como una catedral hecha con una baraja. Por la tarta de manzana y la tortilla de patatas de mi madre. Por las    veces que se pone tan manchega que a su lado Jose Mota es un piltrafilla. Y por cómo se esconde debajo de la manta cuando tiene frío, como un animalillo asustado. Por los gritos de mi hermana cuando le hago cosquillas detrás de las orejas. Por las veces que me pide que le acaricie el pelo hasta que se queda dormida. Porque las dos arrugamos la nariz con el mismo gesto. Por los libros con los que aprendí a soñar y por cómics que leí solo por acercarme un poco a tí. Por los chicos que juegan a las palas en el Sardinero: menos Nadal y más aficionados con el torso sudoroso. Por descubrirte mirándome, por tus ojos medio cerrados un segundo antes del orgasmo. Por los besos tan largos que nos dejaban los labios rojos. Por los besos que he imaginado mil veces. 

Por Misterioso Asesinato en Manhattan, Con Faldas y a lo loco, los Hermanos Marx y  hasta los momentos inconfensables en los que de la vergüenza ajena pasamos a la risa disparatada con Quién quiere casarse por mi hijo (club de fans para los gódicos ya). Por la música de Desayuno con Diamantes, por Robert de Niro, por Hey Jude, por la canción de la Feria del Este, y cómo no ,por el ababaaa bababaraaaan. Por las canciones que me gustaron desde la primera vez, por las que oí por tí, por las que aprendí a escuchar con el tiempo, por las que me ponen la piel de gallina.

Por aquel día que nos perdimos por las calles de Granada siguiendo a unos gallegos. Por las   playas italianas que aparecen después de deshidratarnos. Por aquel hotel de Atenas en el que el dueño nos recomendó, muy serio, regarnos con la manguera. Porque lo acabamos haciendo.Por aquella vez que hiciste 200 fotos a una sola puesta de sol y tenías razón, todas   eran diferentes. Por la habitación en Londres que nos alquiló un búlgaro que repetía a gritos But where is the wardrobe? Por las carreras en calles desiertas con veinte kilos en la espalda y por la vez que andamos en un precipicio sobre el mar. Por las zanahorias que sacabais en cada tren para matar el hambre (sin conseguirlo, claro). Por todos los viajes que nos quedan por hacer. Por vosotros y los que vendrán. Por el futuro aunque esté jodido. Por el amor que está a punto de llegar. Por los bostezos que se contagian y porque, como dijo el maestro, disfruta del día hasta que un imbécil te lo arruine. 



6/10/11

El día que murieron los libros

Necesitaban papel. Hojas afiladas o medio rotas. Resguardos, papel brillante para envolver regalos y, sobre todo, libros. Lo querían para hacer cartón y envasar miles objetos que debían atravesar el cielo hasta hogares huérfanos de vida muerta. Los jefes de las productoras de tecnología y entretenimiento en diferentes tamaños asimilaron la gravedad del déficit marrón y se decidieron a pedir ayuda al Gobierno.

El presidente les ofreció un café templado en su despacho impregnado de ambi-pur. "Siéntense, por favor", invitó con su mejor sonrisa falsa. Los empresarios fueron al grano: "Necesitamos urgentemente cajas, nuestra producción está parada. Debe exigir usted a los ciudadanos que entreguen sus libros a las autoridades". Mientras se enfriaba el café y un par de moscas caían muertas por la fragancia artificial, continuaron: "Según nuestros cálculos, en cada casa hay una media de 100 libros. Si recaudamos al menos el 80% del total, las reservas de papel aguantarán al menos cinco años más y nuestras cajas podrán seguir su recorrido por el espacio aéreo”, concluyeron.

El dueño de los votos populares bebió de un trago el chupito de whisky que tenía escondido entre las piernas, asintió tres veces y exclamó: "Y además, ¡ya nadie lee!”

Al día siguiente, los telediarios lanzaron la noticia: por culpa de un error de cálculo industrial todo ciudadano debía entregar sus libros a los poderes públicos para satisfacer la demanda de papel. El pueblo iba a dar aliento a la maltrecha economía nacional con un gesto altruista. Tan sólo tenían que sacar los libros a la plaza más cercana y los servicios municipales de limpieza se encargarían de la recogida. Por la noche, la noticia ya había recorrido las pescaderías, las barras sucias de los bares y los ascensores de más de dos personas.

Treinta y dos horas después, Elena salió de su casa para trabajar. Al final de la Calle del Prado se encontró con una gigantesca montaña de libros en mitad de la Plaza de Santa Ana. Tan alta, que Elena apenas distinguió la cabecita de piedra de Calderón de la Barca, como flotando en el aire. Casi al mismo tiempo, la moto de Alejandro giró la calle Mateo Inurria y desembocó en la Plaza de Castilla. Allí, a los pies de un infame obelisco, dormitaban montones y montones de libros. Él también vació su mochila: cayó Tolstoi y cayeron los libros de Lengua, Matemáticas y Conocimiento del Medio. Al suelo se precipitó el Atlas de Geografía y siete historias de Stephen King, con las páginas onduladas por el tiempo.

Alejandro miró a uno y otro lado. La familia Rubio vaciaba bolsas de plástico con rabia. Ángeles Mora, con canas y un jersey morado, arrastraba un carro de la compra con puerros y diez ejemplares de la Biblia. Laura y Lucas, enamorados desde el pasado otoño, abrían con cuidado una maleta rígida de color verde y uno por uno, depositaban sobre el montón guiones sin director y cuatro antiguas Páginas Amarillas. En un par de horas, la montaña casí duplicó su tamaño. Alejandro hizo una foto, arrancó de nuevo el motor y siguió su camino. La escena se repitió en la Plaça de Catalunya en Barcelona, donde las recetas de cocina de Simone Ortega abrazaban apasionadamente a la Real Academia de la Lengua, mientras las aventuras de Matilda agonizaban bajo el peso del Señor de los Anillos. Y en la Plaza de América de Sevilla, y hasta en la la Plaza Mayor de Salamanca. 

Darwin Shoes/Norma Desmond/Flickr.cc
Miles de montañas de libros crecieron ese día sobre la tierra de las ciudades, mientras en un despacho cualquiera, algunos señores con corbata gemían de placer imaginando suculentas toneladas de cajas de cartón.

Pero los ejércitos de limpiadores vestidos de verde empezaban a acercarse a las Plazas tomadas por los libros. Y, poco a poco, empezaron a guardar uno por uno los libros en enormes bolsas de basura negras. Pero en la Plaza de la Paja en Madrid, José Angel Ruiz, de 70 años, trepó como pudo hasta la cumbre de la montaña, se sentó sobre José Hierro, cogió el libro más cercano y empezó a leer :

La gente salió de sus casas y aspiró el aire cálido y picante, y procuró resguardarse de él. Y los niños salieron de sus casas, pero no corrieron ni gritaron como lo habrían hecho después de una lluvia. Los hombres se erguían junto a las cercas de sus campos y miraban el trigo destruido que se iba secando rápidamente, y del que apenas se veía algo verde a través de la película de polvo. Los hombres permanecían silenciosos y casi no se movían. Y las mujeres salieron de sus casas para ir junto a sus hombres..., para saber si se consideraban vencidos. Las mujeres estudiaron secretamente el rostro de sus hombres, pues el trigo bien podía perderse en tanto quedara algo de esperanza. (...) Después de un instante, los rostros de los hombres perdieron su expresión de incrédulo desconcierto y se torcieron en un rictus de amargura, ira y resistencia. Entonces las mujeres comprendieron que estaban a salvo y que el desastre no los había vencido.

Cuando iba a pasar página, José Angel se detuvo y miró. Abajo, alrededor de la montaña, niños, mujeres y hombres miraban absortos, sentados, pendientes de la historia de aquellos que miraban el polvo allí, lejos.

Entonces, en medio de esta dramática pausa, el hermano de José, que estaba entre el público, fue corriendo en tres patadas hasta la plaza más cercana, subió hasta el punto más alto de aquel andamio de tapas duras e hizo exactamente lo mismo.

Así, en apenas unos minutos cada una de estas montañas empezó a contar historias. Y cada vez que se  acababa un capítulo, alguno de los curiosos que escuchaba atentamente se acercaba hasta una de estas dunas de letras y cogía uno, dos o tres libros. Algunos los abrazaban, otros los volvían a guardar en sus bolsos, y otros incluso rebuscaban, dudosos, la portada más llamativa ente aquel museo de tipografías. Y cuando José Angel termino de leer Las Uvas de la Ira, ya caída la noche, miró de frente y vió que ya no estaba a cinco metros de altura sino que tocaba el suelo y leía en voz alta para él, sólo para él.

28/9/11

¡Grita!

La verdad es que siempre me han conquistado las historias raras. Pero además, en los últimos meses, la actividad frenética que desempeño como periodista al pie del cañón me ha dado un respiro, y durante varias horas del día me empapo de los chorros de información seria y absurda que escupe la pantalla. Y, para qué negarlo, lo cierto es que el aburrimiento multiplica mi olfato. Olfato de surrealismo actual, se entiende.

Dos hallazgos interesantes hoy, dear Watson. Ambos, historias verídicas (o eso dicen los titulares). Por un lado tenemos a un misterioso cuarentón de Pontevedra que ha devuelto la mano de piedra de una estatua de Colón que llevaba ocultando en su casa 30 años. Resulta que cuando este hombre era muchacho practicó accidentalmente una amputación al bueno de Cristóbal una noche que estaba de fiesta con sus amigos.  Le dio miedo confesar y más terror le debió dar dejar abandonadas las pruebas del delito. Así que durante tres décadas, este hombre ha vivido con la mano de piedra a su vera. ¿Su familia lo sabía? ¿Le habría puesto un mote? ¿Dormiría la mano en el cuarto de invitados, se sentaría a la mesa? ¿Suspendió Historia alguna vez?  ¿Tendrá  más estatuas guardadas al fondo del placard? Son las típicas preguntas que me gustaría hacerle. 

Por fortuna para vosotros, pasaré al segundo descubrimiento absurdo. Resulta que en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dos tipos llamados Narcisa Hirsch y Jorge Caterbetti han instalado una cabina de vidrio totalmente blindada, en la que los visitantes pueden entrar y gritar  a sus anchas, con ira o con recato, cada uno a su manera. ¿Es una broma?, preguntaréis. En absoluto. Estos dos artistas pretenden con su obra “reflexionar sobre cuál es el límite entre el grito privado y el grito público” -ajá- y también “indagar sobre estos gestos que navegan entre lo humano y lo animal, entre lo cultural y precultural”. Por si esto fuera poco, los sonidos capturados en el tiempo que la cabina esté expuesta, de agosto a diciembre, servirán como base para un concierto que otro artista, un músico parece, dará en el mismo escenario ensordecedor.

No sé qué opinaréis, pero a mí esto me parece una tontería muy muy grande. Me imagino al señor con traje azul que haya tenido la suerte de vigilar que nadie roba ese cubículo de la locura diciendo a los osados visitantes: “ Pase usted al fondo, allí, en esa caja de cristal. Grite, grite un rato, que esto es arte” (puede que con acento argentino suene más seductor).

¿En serio el arte moderno es esto? ¿Gritos anónimos? ¿El arte es tal porque lo ha creado un artista? ¿Se ha alcanzado ya la máxima complejidad técnica y por eso lo moderno es no hacer absolutamente nada? ¿Quién decide que eso es arte, quién decide qué entra y qué sale de un Museo? Y, sobre todo, ¿qué patraña es eso de que un grito es un “gesto que navega”?  

Dejadme que os diga algo, algo más. Muy probablemente sea una inculta artísticamente hablando. Se de Bellas Artes o Escultura lo mismo que de Música, Literatura, Astronomía o Jardinería: casi nada. Pero sí tengo clara una idea: el arte emociona. Así que,  querida Narcisa, querido Jorge, aquí tenéis una selección de gritos que ponen la piel de gallina.

El hombre de los monos, cómo olvidarle.

Tan joven, tan ingenuo. Siempre que me asomo a un acantilado imito al bueno de Leo.


Desde que vi esta película, temo a Jack. Qué miedo.

   
No todo va a ser terror. Qué sería de esta vida sin los gritos de placer (hasta los fingidos)

Baldosas amarillas y brujas cuya risa maligna se quedó grabada en la más tierna infancia



¡Corre! No podía faltar este grito desesperado que veo cada Navidad o fecha de guardar. Dudaba entre este o el también memorable grito de Tom Hanks a su balón Wiiiiiilsooon, pero soy una clásica.

....    Que gritéis mucho, amigos. 

8/9/11

Breve Historia del periodismo

Al principio de todo, un explorador vestido de marrón cogió una pequeña barca desde Oz hasta la siguiente playa. Cuando llegó, probó y escupió algunas frutas silvestres y comprobó con satisfacción que el idioma que allí hablaban era bastante parecido.  Escribió lo que había visto en un papel que llevaba doblado en el pantalón, añadiendo algunas metáforas y un par de datos útiles y regresó a su casa de escaleras de madera de pino. Así nació el periodismo.

Aproximadamente cinco años después, aquel mismo tipo emprendió un segundo viaje. Esta vez lo hizo en tren y recorrió casi 300 kilómetros hasta una ciudad del norte. Con la boca abierta y una pluma estilográfica en la mano izquierda (su jefe sabía que los zurdos tenían una especial sensibilidad y por eso le mandaba fuera), descubrió que el progreso había llegado a Xanadu, pues así se llamaba aquella ciudad. Recorrió calles con luces de neón y edificios altísimos. Contó 50 personas con maletín, 13 calvos, seis parejas que se besaban, tres cabinas telefónicas y ningún perro. Intentó conversar con varias personas pero enfermó de impotencia, cuyo principal síntoma es saber que no puedes hacer nada. Volvió a su casa de escaleras de madera de roble un poco más pensativo y escribió el relato esa misma noche.

A la mañana siguiente, el periódico publicó la historia abusando del sensacionalismo y a la hora del croissant el presidente del Gobierno concluyó que debía asociarse con aquella ciudad del futuro. Dicho y hecho, escribió cartas y telegramas, exigió con urgencia un traductor y envió a su homólogo de Xanadu el mejor jamón de pata negra. En apenas una semana empezaron las obras de una línea de alta velocidad entre las dos ciudades y al mes siguiente los dos jefes brindaron con champán y le declararon la guerra a un pequeño país que ambos habían estudiado pero ninguno conocía que se llamaba Macondo.

Nuestro héroe, que ya por entonces se presentaba como periodista y que había huído del anonimato al nombre artístico (firmaba como Jack Lemmon), fue ipso facto nombrado corresponsal de guerra. Al traje de explorador le añadió un chaleco antibalas y allá que fue, la primera parte en alta velocidad y la segunda un ratito a pie y otro caminando. Envió las crónicas de los bombardeos, tembló de  miedo y comprendió que el único error de los habitantes de Macondo (aparte de apellidarse todos Buendía, qué manía) había sido nacer cerca de un yacimiento petrolífero. J.L estiró el interés periódistico tres semanas más y después, se fue, más delgado y sin petróleo.  

El país vencido, la ciudad de baldosas amarillas y la ciudad del esplendor se reagruparon y formaron la Nación Unida, porque Naciones Unidas ya estaba registrado. Firmaron la paz y la Constitución en una misma tarde. El petróleo repartió riqueza, la riqueza repartió metros cuadrados de cemento para las familias y las familias fueron a toda prisa a por una televisión y kilos de palomitas.

Mientras tanto, nuestro intrépido héroe intentaba en vano convencer a su superior de que más allá de las montañas había ciudades sin descubrir, idiomas nuevos y frutas desconocidas. Incluso le advirtió del peligro de la Nada. Por desgracia, su jefe se limitó a instruirle en el noble arte del cotilleo, enseñándole las mejores posturas para escuchar detrás de las puertas, las ventanas, los suelos y hasta las jaulas de las mascotas. Le explicó claramente que su labor era informar de puertas para adentro, pero sin molestar al señor con corbata que había pagado el edificio donde estaban teniendo esa charla entre amigos. Así empezó a morir el periodismo.

Y pasaron los años. En Nación Unida se duplicó el número de profesiones, todos los toboganes fueron sustituidos por máquinas expendedoras de café, y los tomates perdieron su sabor. El héroe de esta historia, un día antes de jubilarse, lanzó un mensaje de socorro, que fue interrumpido en los 10 últimos segundos por un anuncio de una colección de muñecas de porcelana china.

Pero siempre hay un pero. Unos minutos antes de aquel discurso, otro joven cuya televisión estaba averiada, dio un portazo y empezó a caminar hasta la costa. Y allí, más vintage y más atractiva, seguía aquella barca del principio. Desde entonces, no se han tenido noticias de él. Pero eso no significa que no haya encontrado una buena historia. 

PD: Para un mejor disfrute de la lectura, pinche usted en los enlaces y/o en esta canción. 

3/9/11

Una oferta que no podréis rechazar


Todo es inútil y nada sirve para casi nada, así que he decidido que me voy a casar con un mafioso. No os alarméis porque es algo que llevo pensando aproximadamente cuarenta y tres minutos y es un plan tan maestro que seguramente querréis imitarme. Yo encantada.

Desde los cuentos infantiles hasta las charlas de nuestros sabios progenitores pasando por los discursos de algún premio Nobel y algún presidente estadounidense (no, no siempre coinciden) el mensaje siempre ha sido el mismo: lee a los clásicos, estudia una carrera, cede el asiento del autobús y una vida llena de felicidad, monedas y justos planes de pensiones sabrá recompensarte.

Ante esta indignante porquería, solamente quedan dos opciones: hacer las maletas y poner un puesto de collares en alguna isla o, siendo más realistas, entrar en la mafia. Como soy una chica con ambición, escojo lo segundo. Pero como también soy un poco miedica, en vez de apretar el gatillo y enfundarme yo el Armani y la pistola, creo que lo más sensato será ser la mujer de (esto me lo  ha enseñado la televisión en los ratos muertos en los que no leía a Cervantes).

¿Por qué los mafiosos son los que mejor se lo montan? Esto es una pregunta retórica. Básicamente, es una cuestión de saber elegir. Eligen no hacer cola en los sitios, saborear la venganza y el tacto de los billetes. Eligen ser respetados y temidos, imitados y odiados. Eligen tener mansiones y adrenalina, pasta exquisita, alcohol y drogas, favores de la policía y de los jueces. Y cuando han elegido se preguntan qué hace falta para tener todo eso. El famoso e igualmente respetable “el fin justifica los medios”, que es  poco más que una pistola y un grupo de amigos.

Hasta aquí muy bien, salvo por un detalle. Parece difícil saborear estas mieles y entrar en este mundo de Travoltas con traje capitaneados por cualquier Don Vito siendo del sexo débil. Me hago cargo. Ya os dije que el objetivo no era serlo sino casarme con uno de los nuestros, perdón, de los suyos. Preferentemente italiano, por la dieta mediterránea y porque Sicilia es un paraíso sin asfaltar, pero estoy dispuesta a dejarme querer por alguno del este soviético, que suelen tener el cuerpo lleno de tatuajes.

Así que, cuando me disponía a elaborar la lista de todas las cosas que tengo que hacer para encontrar, conquistar y cazar al mafioso en cuestión, me he dado cuenta de que ¡ya lo había hecho todo! Como os lo cuento. Se andar con tacones y la pasta es lo único que cocino decentemente. Soy discreta. Se lo que es la traición y no me da miedo la muerte. Se bailar twist o al menos imitarlo. Conozco el silencio necesario y he necesitado escuchar. Cuido mucho a mis amigos, el negro es uno de mis colores preferidos y en la universidad incluso me enseñaron qué era el secreto profesional. Así que ya está. Estoy preparada y esperando. Pero, por si él tarda en aparecer, me voy con Robert, y , como decía él: "Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y como yo las hago". 

28/8/11

Raíces en la sangre


No sé en qué momento dejé de escribir. Tampoco recuerdo cuando empecé a olvidar los sueños de la noche anterior y de las noches siguientes. Pues bien, esta sequía de textos, esta triste ausencia prolongada se debe sólo a una cosa: el amor.

Hace tiempo tuve una conversación con un amigo en la que hablamos de cuentos y cuentistas y llegamos a la conclusión de que casi siempre escribimos cuando estamos tristes. Cuando hay más espacios que besos, más tiempo que vida.

Los que me conocéis, sabéis que tengo tendencia a contarlo todo, a desvelar el sorprendente final de las historias alrededor de una mesa o del otro lado del teléfono, pero estas teclas negras siempre habían sido una barrera. No vendo carnaza, todavía. (y así me irá en esto del periodismo)

Pero he cambiado de opinión y quiero que lo sepáis. Me han jodido pero soy una romántica y pienso seguir siéndolo. Y después de la espantada general, más bajito, digo: Give love a chance (Lennon, perdóname, tu encontraste a Yoko).

Conocí a un chico. Me gustó su pelo y su jersey azul y me dijo que quería vivir en Berlín. Trabajábamos en el mismo periódico. Al principio no hablábamos mucho. Pero alguna vez dibujamos el mismo futuro y recordamos un pasado parecido. Hacía frío y era nuestro cumpleaños. Y en un bar de Lavapiés le regalé un cuaderno. Pasó el tiempo sin que pasara nada y en abril empezamos a compartir el césped de mediodía. El me regaló una máscara de un país lejano. Nos esquivamos queriendo besarnos hasta que un día de mayo nos chocamos.

Y mientras repasábamos la forma de aquellos besos, llegó aquella revolución que hoy parece un espejismo. Sol y gritos de miles en las noches de mayo. Entonces nació la esperanza de los que estaban dormidos. De madrugada, entre tiendas de campaña y delirios de grandeza, los desconocidos hablaban de política y él, en silencio, me abrazaba.

Se acercaba el verano. Cada día era nuevo. Cada gesto, cada palabra, cada viaje. Juntos nos asomamos al mar para comprobar que estábamos insignificantemente vivos. Construimos un lenguaje. Nos aprendimos de memoria la piel y las palabras mágicas.

Un día de agosto se acabó todo. Tuvo miedo. No hacen falta más detalles. Pero a veces duele tanto la verdad que prefieres seguir mintiendo. La idea de separarnos y no volvernos a ver me dejaba como sin piernas. Era como si yo hubiera echado raíces en su sangre. Recuerdo esa frase que leí hace poco.  Siempre hay alguien que lo ha dicho mejor que tú. Pero él no parecía tener sangre, ni fuerza. Así que aquello fue una despedida. 

Después de la tragedia griega, me  tocaba hablar a chorros para limpiarme los ojos. Eso hice. Eso y abrir las manos para intentar coger alguno de los interminables remedios que todo el mundo ofrece. 

Y después de la resaca, después de huir por avión y en carretera, después de un final del verano que no ha tenido bicicletas pero sí muchas risas, pasta siciliana y brindis con vino, sólo tengo claro que el amor es lo único que de verdad merece la pena. Sé que esto es más cursi que una postal de la Torre Eiffel en un atardecer o una versión   cinematográfica de una novela de Jane Austen, pero os prometo que es verdad.

Volveré a enamorarme porque quiero hacerlo. Por los nervios antes de que todo empiece y por las primeras veces. Por la complicidad que se mide en las miradas. Por todos los que lo hicieron antes. Por Shakespeare y por Casablanca. Por las camas que se convierten en refugios. Por las cartas, los poemas, los gritos, los gemidos y hasta los mensajes escritos en el vaho de los cristales. Por los mapas hacia nuevas ciudades,  y por seguir creciendo mientras baste una caricia para hacerte sentir vivo. 


5/3/11

Si

Si me cuentan que las tropas de Gadafi están bombardeando varias ciudades de Libia, lo creeré, porque he oído el ruido de las explosiones y he visto cuerpos sin vida en la pantalla. Si me dicen que el abastecimiento mundial del petróleo depende de lo que suceda en ese mismo país, veré con buenos ojos que venga Estados Unidos a salvarnos. Si la televisión me bombardea con un tal Galiano, sus vestidos sedosos y sus extravagantes maneras, hablaré de él. Si los Premios Goya van a parar a Pa Negre, iré a verla. Si  las revistas critican las tetas embutidas de Penélope Cruz en un vestido rojo, yo haré lo propio con su culo. Si en la publicidad sólo existe la belleza, juzgaré a la gente por su cara o su talla. Si hay que hacer regalos, querré dinero para hacerlo rápido. Si me falta tiempo, avanzaré deprisa, aunque me pierda. Si me pierdo, quiero que me salven. Si me ofrecen ayuda, rechazaré la oferta.

Si sólo aparecen dos partidos políticos en los medios, asumiré que no hay otras opciones y defenderé que la política es inútil. Si los titulares de los periódicos son resúmenes de trapos sucios de tipos con corbata, acabaré por creer que todos los que se dedican a la política son gente sin escrúpulos. Si me cuentan que ayer hubo una masacre en Costa de Marfil pondré el grito en el cielo sin pensar cuánto tiempo llevaba sucediendo hasta que un periodista decidió contarlo porque ése día sobraba una página del periódico o 2 minutos y medio para meter un vídeo.

Si critican las banderas, yo también, aunque tenga una grabada en mi identidad. Si atacan la religión, también  huiré de ella, aunque no pueda entender la cultura ni la Historia sin ella. Si todo el mundo viaja ocho horas hasta Nueva York, querré ir, aunque no conozca las ciudades a menos de 100 kilómetros de aquí. Si me dicen que la justicia es lenta, no confiaré en ella. Si me hablan del futuro, haré planes sin pensar en el presente.

Si me hablan de amor, me dará miedo. Si me hablan de placer, pediré amor. Si no conozco el dolor, me creeré imbatible. Si me prohíben algo, reclamaré la libertad de poder hacerlo. Si tengo libertad, preferiré disfrutarla viendo pasar el tiempo.

Si alguna de estas frases te despierta, estamos salvados. Si no es así, sigue buscando en Internet.