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30/12/15

Un año más

A finales de enero dormimos en Berlín en una casa que tenía en la entrada butacas de cine para descalzarse y ventanas que daban a un cementerio judío nevado. Mientras tu trabajabas yo me refugié en el museo de la RDA donde descubrí la afición por el nudismo de los alemanes del este. Fuimos a la presentación de un libro sobre expatriados españoles cansados de serlo y en los canales de Kreuzberg maquillados de bicicletas quietas entendí por qué te duele la ciudad donde has vivido 15 años.


En febrero fuimos a enterrar a mi abuela Julia a Torrelavega. Mi tía había hecho recordatorios con una foto suya y unos versos de mi padre, su hijo. Y de qué forma se han aniñado / los ojos que vigilan maternales / la expedición de un niño por los pinares / mientras llegaba tan despacio el mediodía / de agosto en la Ribera. Llovía muchísimo. Repartimos las cenizas sobre la tierra mojada y plantamos encima hortensias rosas. Al llegar a casa la llave no abría así que improvisamos una acampada de protesta mientras venía el cerrajero. Minutos después descubrimos que no había agua caliente;  el técnico de urgencia liquidó también la calefacción. Dormimos envueltos en mantas como canelones que tiritan y luego fuimos a desayunar al Sardinero en el mismo momento en que se levantaba un huracán. Decidimos adelantar la vuelta a la meseta.

Enseguida llegó marzo y Rafa y Alicia volvieron a abrirnos las puertas de su casa en Mallorca. Buscamos conchas en la playa, comimos arroz, por supuesto ensaimadas, y nos metimos por dirección prohibida buscando una farmacia para Carlota, que lloraba porque los huesos a veces le crecen demasiado rápido, como al protagonista de Big Fish. En marzo me dieron una columna en el periódico y la llamé Jóvenes y Malditos (con los años me estoy volviendo una sentimental). La primera la titulé El cielo de Madrid y era una historia corta, mitad esperanza,  mitad nostalgia, como casi todas las que escribí después.

El 24 de marzo un avión chocó contra los Alpes franceses. El copiloto se había suicidado y había matado a 144 pasajeros. Durante días nos preguntamos dónde nace la locura, hasta dónde llega, si se puede detectar antes de los trozos de alas y muerte en las rocas. Si alguna vez tuvimos (algunas) respuestas, la actualidad iba a volver a dejarnos mudos.

En abril nos visitaron Raúl, Arantxa, Violeta con sus dibujos de flores y Ferrán con sus palabras inventadas. En el periódico me tuve que encargar de los encuentros digitales, que consisten en invitar a gente que está promocionando algo -o a sí mismos- y pasarles preguntas de lectores curiosos (le cogí cariño al que preguntaba a todas las mujeres si tenían cosquillas).  Fue polémica la visita de Iñaki Rekarte. No adiviné si miraba con odio, arrepentimiento o soberbia, pero creo que dejarle hablar no era comprenderlo, ni perdonarlo.

Plaza redonda de Lucca, y Florencia la nuit. 
En mayo me llevaste a la Toscana, a las calles medievales de Lucca, desiertas bajo la lluvia, y su plaza redonda de fachadas amarillas escalonadas. Subimos a la Torre Guinigui, coronada en la cumbre por un jardín de encinas. Cenamos el mejor risotto de Italia y construimos una muralla de almohadas en una cama con dosel, conquistada. En Florencia recorrimos los Jardines de Bóboli, nos hicimos pasar por estatuas y vimos atardecer en los puentes del Arno. Acribillados por mosquitos llegamos a Bolonia, la ciudad rojo vino, ladrillo y comunismo. Antes de volver, repartimos en la maleta triángulos de parmesano que nos duró la primavera entera. En las elecciones municipales nos dijeron -nos dicen, todavía- que el cambio no es suficiente excusa para la alegría, pero en casa aplaudimos cuando se fue por fin la impresentable Rita Barberá, cuando llegaron Carmena, Colau, las Mareas gallegas.

En junio fue la despedida de soltera de mi hermana y con una furgoneta decorada con broches de penes y guirnaldas de verbena llegamos a Granada. Dormimos en una casa llena de puertas con las mismas vistas que el mirador de San Nicolás, comimos miel con berenjenas (en esa proporción) en un bareto de azulejos y pescado frito en un chiringuito en Salobreña, donde un tipo insistente nos cantó todo su repertorio mientras las sombrillas volaban por los aires. Esos tres días asistí a un maravilloso teatro inesperado en el que las mejores amigas de mi hermana desnudaban sus miedos y sus sueños, preguntaban con una franqueza arrasadora y hacían reír a la futura esposa.  A mediados de mes fuimos al Festival de les Arts en Valencia, también un par de días a Sigüenza, donde sólo había curas y una orquesta de pueblo (a ti te traen recuerdos) enfrente de una iglesia.


El último día de junio me dijeron en la redacción que no volviera hasta septiembre, tenía un contrato fijo discontinuo. El Mundo publicó meses después un editorial sobre “la perversa fórmula del despido por vacaciones”. Aquellos días estuve a punto de cambiar de periódico y me pregunté por qué hemos convertido en tabú el trabajo, por qué acumulamos frustraciones en silencio. Me han hecho falta cinco años para comprender que soy la única persona que puede salvarme. (En agosto firmé mi primer contrato indefinido).

El sábado 4 de julio se casaron mi hermana y Javi. Se habían conocido siete años antes en una Nochevieja. Javi siempre ha contado que ella se le insinuó y Carmen siempre ha defendido que sólo se apoyó contra la pared mientras hacía cola para el baño. Con 37 grados a mediodía, en el parque de Fuente del Berro, dijeron “sí” y se besaron como cualquier otro día, pero con pajarita él y un vestido corto blanco, ella. Las madres lloraron -los dos padres no están- y yo pensé que mi hermana crecía muy deprisa y le miré los dedos meñiques para confirmar que siguen siendo gorditos como los de una niña. Por la noche nos pusimos los vestidos largos, bailamos en la calle con un grupo de dixieland y comimos tarta. 

Días después nos fuimos a Bretaña. Allí los árboles se comen el cielo y  las flores tienen colores tan vivos que es fácil entender por qué Monet o Gauguin fueron allí a pintar. Vimos la costa de granito rosa de Perros Guirec, con rocas con forma de botella, de osos tumbados, de sombreros. Nos alimentamos a base de sidra y crêpes y el tiempo se paró en Dinan, en aquella habitación enfrente del río. Bajamos en tren hasta San Sebastián y vimos a Jamie Cullum, que nos cantó que basta con hacer feliz a una sola persona. Ser feliz es fácil contigo.

Finisterre en Francia (Pointe du Raz), Hortensias en Locronan, y las rocas de Perros Guirec.

Agosto amaneció en Mallorca (dejémonos de tonterías, hay que instalarse allí). Buscamos la cala Virgili, como tu nombre, pero estaba poblada de avispas, algas secas y peces presuntamente asesinos, así que fuimos a la cala Rafalino, llamada como tu amigo, transparente, vacía, hecha para nosotros. Brindamos con vermú y jugamos al UNO y a ser dueños cada uno de una casa de piedra en la orilla de Banyalbufar.

El día 15 fuimos a Aranda de Duero con Pablo y Blanca (también andaban por allí el trío enciclopedia indie formado por las hermanas Bravo y Sandra). Os mostramos el mapa del Sonorama: aquí la Plaza del Trigo, allí el bombero que echa agua, los baños de la muerte, la moneda de cambio, el pinar para las Quechuas. Marga se fue a vivir a Berlín porque España no quiere a los arquitectos y me sentí orgullosa de que acogiera unos días a tres chicos sirios que huían de la guerra. 

El día 21 cumpliste 38 años, cada vez me gustan más cosas de ti. Que hables a los objetos como si fueran personas, tu curiosidad, tu arroz al horno, que defiendas que un partido lo tiene que ganar el mejor -aunque, en lo más profundo, eres del Barça- cómo me miras, cuánto me conoces.

En septiembre la foto de un niño de dos años muerto en la costa de Turquía dio la vuelta al mundo. Se llamaba Aylan y se convirtió en un símbolo de la tragedia de los refugiados y de la parálisis de los gobiernos. Cuatro meses después cada día más de 40.000 personas huyen de sus casas, es la mayor tragedia humanitaria desde la 2ª Guerra Mundial. Pero les dejamos morir en la guerra y en el camino que escapa de ella. Ya no salen en los periódicos porque tenemos la memoria muy corta y los ojos anestesiados al dolor ajeno (y lejano). Y así somos más manipulables, menos dueños del mundo.

Una mañana de octubre, al salir del gimnasio, me llamó mi hermana y me dijo entre lágrimas que Ángel había muerto la noche anterior.  Ángel y su mujer Ana son amigos de mis padres desde la Universidad. Habían viajado, crecido y aumentado las familias juntos. Ángel era arquitecto, ya se había jubilado y ahora hacía un curso de orfebrería. Dibujaba, construía joyas preciosas, se peleaba por las croquetas y era una de las personas más buenas que he conocido. Todas las Nocheviejas, desde que mi padre murió hace casi 12 años, Ana, Ángel y su hija Ana -también arquitecta exiliada, en Suiza-han venido a cenar con nosotros. Pasado mañana vendrán ellas, también el novio alemán de Ana y espero que volvamos a hacer las cosas que le gustaba a hacer a Ángel: reírnos con José Mota mientras preparamos las ensaladas, contar los langostinos que nos tocan a cada uno y quitarle las pepitas a las uvas.

El día 13 de noviembre varios terroristas -hombres convertidos en bombas- asesinaron a 129 personas en París. Dispararon a sangre fría contra los espectadores de un concierto. En la sala Bataclan mi amiga Ester perdió a un amigo. No supe qué decir para calmar su dolor ni su miedo, un miedo capaz de extenderse por todos nuestros pensamientos. El miedo no protege de ninguna clase de muerte.

En diciembre fui de viaje a las Azores, un archipiélago en el que hay más vacas que personas y donde cada día se dan cita las cuatro estaciones. Conocí a un ballenero jubilado que había robado algún diente de marfil y a Genuino Madruga, un tipo arrugado que había dado dos veces la vuelta al mundo y ahora tiene un restaurante. Vi un volcán de menos de 50 años, piedras de lava a las que llamaban bizcochos y bosques que se hacían de noche en la segunda hilera. 

Arriba, el mar entre Faial y Pico; el volcán de los Capelinhos (resultado de una erupción en 1957), y abajo, Pico, el punto más alto de todo Portugal. 
El día 19 celebramos la tradicional cena de Navidad en casa, a botella de vino por cabeza, y a punto estuvo de estallar una guerra cuando salió a relucir el disputado voto del día después. Nos salvó una llamada por Skype a Miami para conectar con el perfecto mediador, Aitor. Por supuesto, jugamos a las películas -difícil superar lo de Chiquito de la Calzada y Krámpack- y cerramos la noche escribiendo propósitos en papeles que quemamos en una cacerola. Sospecho que alguno de nosotros escribió la palabra anarquía: explicaría este lío de pactos, ofertas, contra ofertas y empates de película (no sé si muy mala o muy buena).

Mi deseo para el año que viene es un poco conservador, será que me acerco a los 30. Me gustaría convertir en costumbre algunas cosas: seguir yendo a clases de swing, a conciertos de todos los géneros, ver bosques o playas una vez al mes, cocinar para los amigos dos o tres veces al año, leer, caminar, besar, criticar (esto es muy sano) y desear (esto, más) cada día.  Además de tradicional, voy a ser egoísta. Quiero que las personas que me han hecho reír estén más cerca y se queden más tiempo. Al final, maldita sea, todo es cuestión de tiempo. Habrá que aprovecharlo.

30/12/14

Esto no es sólo un resumen del año

El 17 de enero me desperté abrazada a ti en un sofá prestado de Paris. Hacía frío y las capas del croissant se nos iban deshaciendo entre los dedos. Desde el río miramos el reflejo de esa ciudad de hierro y luces blancas y nos sentamos en la iglesia de Saint Sulpice para contarnos secretos entre rezos extraños o, al menos, extranjeros. Más tarde escuchamos a la orquesta filarmónica de Viena desde el segundo piso de un teatro que contuvo el aliento. Esa noche pensé que era feliz, que todo estaba bien. Pero dos días más tarde a mi madre se le paró el corazón. Nunca he tenido tanto miedo. Los hospitales son fábricas de lágrimas y plástico, con sábanas nuevas y heridas viejas. Meses después mi madre ya recorría entero el parque del Retiro, con sus zapatillas modernas y su pequeña arruga entre las cejas, de todos los asaltos que ha ganado. Y ya son unos cuantos. Demasiados.

Se qué en febrero cumplí años pero apenas lo recuerdo. Había un ramo de flores de Valencia, un abrigo verde, una cena en un patio, cojines amontonados sobre un banco de piedra. Y casi 30 velas. Mi hermana y yo volvimos a la casa de siempre, donde huele a patatas al horno y a bizcochos de azúcar moreno. Las tres abrazadas en el sofá más viejo -de eso sí me acuerdo-. Más o menos entonces me cambiaron de sección en el periódico. Me fui cien metros más al sur, al mar revuelto de teletipos y alertas, donde se escriben últimas horas que son penúltimos minutos. Me gustó enseguida y no fue por las meriendas, lo prometo. 

El director se despidió encima de tres tomos de folios, zanjando para siempre el síndrome de la página en blanco. Repasó las portadas antiguas como quien saca polvo a las orlas de la Universidad, reconociéndose(nos) más sabio(s), pero también más frágil(es). Relevaron al gran jefe  y nos regalaron, sin preguntar, un culebrón de los buenos. Un poco como en España, pero en pequeño. Luego, un domingo por la mañana, entró por la puerta el tipo más loco y más valiente de la redacción. Venía de un secuestro de seis meses pero nadie se lo notó. Su hijo, a punto de perderle para siempre, sólo preguntaba: “¿y mañana tienes que trabajar?”


En abril hizo un año que nos conocimos. Quiero decirte más o menos esto: contigo todo tiene más sentido. Nos fuimos a tu antiguo escondite, Mallorca, que ahora es un poco mío. Tu amigo del colegio nos enseñó las puntas de la tierra metiéndose en el mar,  la cartuja donde vivió Chopin, las terrazas de mordiscos de sol y sobrasada. Y en el coche llamaron al teléfono. Era mi hermana, anunciando que se casaba, aunque todavía tiene las manos y la risa de un bebé.

Un mes más tarde inauguramos coche. Y carretera y manta llegamos a Santander, que siempre nos espera. Con amigos de siempre y algunos más recientes  visitamos las postales de la tierruca, acompañando el frío y las montañas con queso y bandejas enormes de pescado. También en mayo hubo elecciones europeas. Nadie pensó en el tipo que dibujó papeletas con su cara -con un par de coletas- Nadie vio venir a Pablo Iglesias. Nadie, tampoco, les ve llegar hasta el Congreso, pero la realidad supera casi siempre las encuestas. En la parte buena: han conseguido que la gente, además de hablar de fútbol, discuta sobre política; crear un partido distinto capaz de competir, quizás superar a los dos grandes; poner de moda las camisas blancas (esto también es un mérito). En el lado malo: lo que se vende como nuevo tiene mucho de robado; defendien que el fin -ser los más votados- justifica los medios- suavizar el discurso y no ser ni de derechas ni de izquierdas. 

En junio abdicó el Rey y dijo que guardaría a España siempre en el corazón, igualito que los 27.000 españoles que han tenido que marcharse este año del país por culpa de la crisis. Durante un par de días, pareció que España era, por fin, republicana. Pero los cánticos se fueron apagando igual que las luces del pasillo del piso de la Guindalera. Mis dos compañeras de sofá se fueron de casa con sus mecedoras y sus muñecas africanas, sus pepinillos en vinagre y sus tocadiscos; se llevaron un espejo de pared, unas zapatillas rosas, botes de crema, tacones mudos, algunas confesiones, ruidos, besos, silencios. No sé cuántas de estas cosas seguirán viviendo con ellas.



De repente era verano y los dos subimos a nuestro coche lleno de botellas vacías, monedas pequeñas y sombreros de paja. Hicimos 1.400 kilómetros en diez días. Vimos los tejados de Oporto desde una buhardilla en la calle de atrás. Conocimos a una familia de gaviotas con vocación caníbal y viajamos en un tranvía sin ventanas dibujando la línea del mar. En la habitación había una figura de un santo en porcelana azul y una cama para querernos en portugués. Se estrellaban aviones y nosotros comíamos pulpo y nos llenábamos los ojos de imágenes nuevas. Aprendimos que somos frioleros y valientes -salvo en las cuestas de Ézaro-, que hay escondites para esquivar peregrinos en Santiago, que existen islas vírgenes, que las mareas ocultan esculturas de piedra, que en Asturias las montañas frenan las nubes, que siempre tenemos algo más que contarnos antes de apagar la luz.

En agosto ya estábamos juntos al final del día y al principio. Nos inventamos rituales y recetas y ordenamos la casa otra vez: el gran bazar, la sala de pensar y de las cuentas, la habitación de las almohadas y los (doscientos) vasos de agua. Fuimos a Salamanca, vimos ‘Begin Again’ y ‘True Detective’, nos bañamos en un río cerca de la Sierra de Gredos, con sombrillas clavadas en las piedras. Mi querida arquitecta se marchó a Pamplona, meses después otra amiga se iría a Frankfurt. Bruselas y París completan el mapa de la ‘movilidad exterior’.

En septiembre dimitió Gallardón y renunció Ana Botella. También se habían despedido Rubalcaba, Cayo Lara y Alfonso Guerra. Ana Mato dimitió después, no por el caso Gürtel, ni el ébola, si no por no hacerle un feo a Rajoy el (único) día que iba a hablar de corrupción en el Congreso. Matas, Fabra y hasta Isabel Pantoja entraron en la cárcel, pero otras formas de folklore -como robar a manos llenas- nos dejaron, de los Pujol a las tarjetas ‘black’, el calendario corrupto muy completo. 


En octubre tocamos con las manos cascadas de piedra en Zaragoza y vimos buitres y águilas volando encima de nuestras cabezas. Empezaste en un trabajo nuevo, fuimos al Auditorio, también a ver a Rosendo. Con tu dominio de las carreteras de circunvalación te hiciste madrileño por derecho. En la fiesta del 25 aniversario del periódico a algunos compañeros les juré mi admiración eterna por subirse a los escenarios a plena luz de los jefes atentos. A otros, que justificaron sus egos con las drogas, les perdí el respeto.

El 9 de noviembre fue la consulta catalana, soberanista, independentista, popular, inconstitucional y un desafío a España (no confundir con la ofensa a España, que es un delito nuevo). Artur Mas calificó de éxito total una votación con urnas de cartón y sin censo y Rajoy ignoró el problema, que no es ERC ni Mas, como él piensa, si no un descontento crónico que sigue sin resolverse porque los políticos, en vez de cambiar el modelo de estado, se echan en cara, por tribunas y teles, el saqueo ajeno. Días después fuimos a Barcelona -ni rastro del guirigay, por cierto- y conociste a mi abuela paterna, chiquitita, mandona, Te dio dos besos y, después de estudiarte, el visto bueno. Ya estaba muy cansada. 

En diciembre asistí a la jura de nacionalidad española de un gran amigo medio cubano medio americano. Es una misa multicultural en la que todos repiten lo que dice el juez para conseguir un papel parecido a la salvación. (Todo depende de con qué se compare). El otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, nos cantó Sabina en el concierto bueno después del miedo escénico. Inauguramos la Navidad invitando a cenar a los amigos más fieles. Entre empanadas, tortilla y pacharán, discutimos sobre política y confesamos gustos musicales embarazosos de herencia adolescente.
El 22 de diciembre murió mi abuela. El día anterior había salido a ver el sol más de cerca y había pedido más galletas. Entre sus cosas guardaba el jarrón de Doña Flora, una rica del pueblo a la que tuvo que atender cuando no era más que una niña. También una fotografía de mi abuelo, al que conoció en la verbena de Santoña a principios de los años 40. Ella bailaba mejor. Estaban los libros de poemas de mi padre, unos prismáticos, mi primer artículo, los pendientes de perlas, el reloj que ahora guarda mi hermana, las postales que mandamos los veranos. Nunca hay que dejar de escribir cartas.


El año se tiene que terminar con un deseo. Hace dos años, en el último resumen de 2012, deseé que todo estallara por los aires para empezar algo nuevo. Me equivoqué; quizás sea mejor conseguir que las cosas pequeñas aguanten el paso del tiempo y crezcan. Porque sólo se aprende de las cosas que dejan huella.

9/10/13

El temps s'atura

Es algo tan fácil como esto:
enciendes las grietas de mi piel,
inventas países donde cruzamos nuestras piernas
como enredaderas. Estabas justo aquí,
en las arrugas blancas de algodón,
en el baile de los músculos sedientos,
en la risa que sacia, los dedos mojados.
Tan cerca que no puedo verte, sólo sentirte
en el eje de mis huesos.

Nuestros brazos son raíces simétricas.
Suenan deseos, coplas, radios viejas.
-Madeleine Peyroux tiene trato de favor-
Regamos los besos con chistes malos y dejamos
los tobillos tendidos al vacío.
Volvemos a nacer.

Por primera vez nos asomamos al futuro y rematamos
con puntos y seguidos los miedos más ingenuos
-no es temporada, aún, de escepticismo -
Entonces, durante dos o tres minutos, una frontera,
no, algo menos definitivo, la distancia, nos aleja.

Pero vivir es mojarse en olas de peligro.
Y además nuestras rodillas derechas se doblan
exactas cada noche. Debe significar algo esta
misteriosa coincidencia.
Recuerda que somos
el tiempo que nos queda.


3/10/13

Vivir es esto

Termina el verano
Huele a fruta dulce y tambores 
que adelantan el frío.
Te piso al bailar y te ríes.
Se te dibujan olas en los ojos cuando ríes.

Por el camino de arroz que nace detrás de la ciudad
hay gaviotas aterrizando encima de los surcos,
familias que gesticulan en las puertas,
ciclistas rasgando el mediodía azul y verde.
Me señalas las huellas de tu infancia
El colegio, la música, los amigos que se quedan, 
las escaleras donde matabais dioses y gobiernos,
donde aprendisteis a leer. 
Yo te he gritado que soy feliz ahora,
tu me has mirado como un niño.
Cuando duermes también pareces más pequeño.

El verano está casi callado
y en la playa templada sólo un hombre
pasea con muletas dejando atrás el horizonte.
Yo te dibujo eses en el cuello,
tu me llenas de besos las muñecas 
Vivir es esto.


4/9/13

Este verano he aprendido


A conducir una bici en línea recta 
A descorchar botellas de champán en medio del campo.
A correr sin perder el aliento.
A quererte desde el primer párpado abierto.
A tocarte por dentro.
A saltar de concierto en concierto
A disimular mis manías –esto es bueno-
A callar los reproches –no tanto, esto-
A emocionarme cuando suena la orquesta.
A escribir antes de medianoche
A interpretar silencios.
A imaginar perfectos.



Que las niñas bonitas sí pagan dinero, lo dijo el banquero.
Que la edad se mide en los segundos y metros que separan las pisadas.
Que en Menorca la pomada lleva ginebra y limón.
Que en Berlín hay gente que vive en los parques y en las nubes.
Que en Portugal al presunto (ladrón) se lo comen. Ojalá...
Que amar es paciencia, concentración y disciplina. Y reír, aunque no te apetezca.
Que la soledad es más aterradora que la muerte.
Que todos los caminos llevan a broma. (Perdonad).
Que la máxima especialización es la mínima garantía.
Que no es lo mismo creer que tener fe.
Que el orden de tus besos me altera.
Que el mejor lugar para hacer el amor es cualquiera.
Que la mejor música para hacer el amor es ninguna.
Que todo el mundo desconfía pero nadie pregunta. 
Que la indiferencia es, a la vez, antídoto y veneno.
Que ahora que la economía va despacio, vamos a contar mentiras.
Que el barco naufraga y no basta con nadar si nadie ha visto tierra
Que, a pesar de todo, hay que vivir más y pensar menos. 

7/6/13

Fly me to the moon

Cuentos para Io (2)


Me ducho con agua muy caliente y Frank Sinatra. Es un ritual, como batir los yogures hasta que estén líquidos o buscar en Google los nombres de mis compañeros para tacharles con alivio de una lista de fugitivos. Llevo años repitiendo este esquema cuando suena el timbre de los días. Café, mermelada de naranja amarga y la radio al mínimo para que las noticias no me raspen los codos destapados. Y luego Sinatra, viento y cuerdas, mientras me lavo. Así me lavo dos veces. No me gusta cantar en la ducha, me gusta oír música mientras me cae un hilo de agua por la espalda.

Empecé a escuchar La Voz para dejar de escuchar a mi padre. Lo había abrazado en la cocina, el salón y los pasillos de pisadas y ecos. Lo había abrazado con palabras a medias y los ojos contagiados de rojo. Pero él no podía parar de llorar porque mi madre, su mujer desde hacía 31 años y tres pinturas en casa, había muerto el día anterior. Creo que mi padre pensaba que si lloraba un mar, ella volvería nadando hasta la orilla. Hasta la misma cama que yo escalé precoz con mis brazos gorditos.


Así que desde aquel día lo hago todas las mañanas. Fly me to the moon. The way you look tonight. Someone to Watch Over me. To Watch over me. Hace ya nueve años. Por eso hoy, cuando el teléfono ha interrumpido al barítono del sombrero negro, me ha molestado. Y mientras escupía agua por la boca haciendo una fuente ­–otra costumbre ancestral-ha vuelto a sonar.

-Oye Paco, soy Martín. Nos vemos en la Avenida de las Trece Rosas, en la entrada. A las 9. No me jodas y se puntual, que nos conocemos

Pitido, let me sing for ever more, pi- ti-do.

Me he quedado con el auricular en la mano y cara de estar sujetando un ratón por la cola. El único Paco que conozco es el de seguridad del edificio donde trabajaba hasta hace poco, que tenía manchas de café en la camisa y leía ejemplares antiguos de la revista Hola.


La Avenida de las Trece rosas bordea el cementerio de la Almudena. En la puerta, un trozo de aire en la muralla de piedra, hay un chico de unos 30 años. Lleva un cubo de plástico azul y una mochila de tela desgastada y, si no fuera por el mono, parecería que está esperando que alguien le lleve a la playa a hacer castillos de arena. Me acerco. Él mira el reloj -Joder, Paco, ¡encima que te consigo el trabajo! -me mira -Si buscas la entrada principal , está en Avenida Daroca. Pero puedes pasar conmigo. 


Hace nueve años que vine por última vez. Recuerdo una pequeña ceremonia y tanto viento que apenas se escuchaban las palabras del cura arrugado y medio tartamudo. Luego mi padre apareció por una puerta de madera con la mirada fija en el suelo y una urna brillante entre los brazos. La acunaba como si llevara un recién nacido. Después de un paseo que me pareció eterno, llegó otro desconocido que se subió a una escalera y metió a mi madre dentro de una colmena de ladrillos marrones. Tapó el hueco con cemento y nos fuimos de allí igual que el viento. No hemos vuelto a ir, porque nunca supimos qué buscar en esas letras de piedra.

Ahora Martín empieza a andar por los caminos de arena. Pasamos los monumentos conmemorativos, las basílicas, los mausoleos y las tumbas. También hay jerarquías en la muerte. Cuanto más avanzas por los laberintos del camposanto, más escalones sociales desciendes. Los ramos de flores naturales dejan paso a las de plástico, el mármol a la piedra, y a ésta se la comen las hojas salvajes. Quedan recovecos donde se drogan los últimos desesperados y alguna pareja echa un polvo sucio en un coche, gritando por encima de millones de venas congeladas.

Eternalia. Martín lleva ese nombre pegado en el mono, a la altura del corazón. Eternalia.

-¿Habías quedado con Paco, verdad?

-¡Mierda! Marqué mal...¡otra vez! Vaya, perdona - qué sonrisa más bonita- Sí, Paco. Un amigo, iba a presentárselo a mi jefe porque hay una vacante y él busca trabajo. ¿Y tú, por qué has venido?

-Bueno...no tenía nada mejor que hacer. Y además podrías haber sido un mafioso con la maleta llena de billetes - Deja ya de ver películas de Robert de Niro.

Él me habla de su trabajo. Limpia las tumbas de quienes no tienen tiempo, dinero o ganas. Como era lógico, cuanta más superficie tenía la casa del muerto, mayor era la tarifa. Si había que utilizar escalera, 10 euros más. Extra por velas: 15 euros. Ramo de margaritas, ídem. Las rosas, el doble.

-No pienso trabajar siempre aquí, pero me pagan bien. En realidad lo que me gusta es cantar - Haría el amor con esa sonrisa.-

Quiere ahorrar para ir a Londres, Viena, París, Nueva York, alguna de esas ciudades donde la música sigue escribiéndose todos los días. Lo lejano siempre se transforma en sueño. Yo le hablo de mis despertares con Sinatra. Le cuento que soy periodista y estoy en paro. También quiero escaparme, más por cobardía que por aventura. Él me cuenta que tiene una vecina que lee las cartas y una colección de copas de cristal. Yo le digo que me gusta nadar y que en el periódico donde trabajaba hasta hace un mes los horóscopos los redactaban las secretarias en la pausa del café de las 11.

A la misma hora hacemos un descanso y él empieza a trabajar. A un lado hay una de esas colmenas de ladrillo y arriba, en el tercer piso, el nombre de mi madre.

Sigo escuchando a Frank Sinatra por las mañanas, en la ducha. Aunque, a veces, Martín me pide otra canción.


26/5/13

Como desees


Para Io

El alcalde de Villafortuna leía el Tratado de Anatomía de Henri Rouvière todos los martes y jueves por la noche. Tenía debilidad por las páginas sobre el sistema reproductor y  el cerebral. Los demás días de la semana Alberto Silbado, que no tenía brazo derecho, hacía el amor con Fátima Reina. Alberto se sentía el hombre más afortunado del mundo por seguir practicando el sexo con su esposa igual que cuando se dieron el  “sí quiero” en la iglesia de San Segundo. Aunque a veces odiaba el pequeño muñón de su hombro derecho. Nadie sabía cómo había perdido el brazo.
De este erotismo hercúleo había nacido Javier. Tenía 18 años, una espalda fuerte y muchos amigos. En las Nochebuenas causaba furor con su teatro de sonidos animales que terminaba con un bis del elefante y miguitas de polvorón haciéndole un Miró en la pechera.
Todo Villafortuna creía que era feliz. Pero Javier tenía un problema. No veía un pijo, ni tres en un burro. ¡Ni torta! Él quería ser piloto de avión para buscar el rayo verde y conocer a las mujeres más bellas del mundo, las azafatas. Pero cada mes que pasaba el grosor de sus culos de vaso iba en aumento. Las gafas le pesaban tanto que iba con la cabeza inclinada como si estuviera buscando un botón en el suelo. Una noche, desesperado, rompió a llorar en brazos del alcalde Silbado, que ese jueves estaba rascándose la cabeza preguntándose cuánta cantidad de materia gris contendría su cerebro. Javier habló a su padre de su sueño frustrado, lloró a moco tendido sin ver un moco y cerró la exposición con una sublime imitación de un gato huérfano. Alberto, testigo incómodo de la tragedia, se puso muy serio: "Hay una forma de recuperar la vista. Si de verdad es lo que deseas, mañana iremos al Sepulcro de San Segundo".

Javier, nervioso y asustado, no consiguió dormir. Así que a las seis de la mañana decidió salir a pasear, pero olvidó su bastón de círculos transparentes. Después de recorrer un par de calles negras con farolas amarillas, empezó a oler a pan, mantequilla y chocolate. Como uno de los ratones de Hamelin llegó hasta la Pastelería Giner, donde la dueña, Teresa, amasaba una enorme pasta con las manos. Javier reconocía una forma femenina que le parecía una bailarina desnuda cuyos brazos eran como las ramas de un árbol y, las manos, las hojas temblando cuando hay viento
 -¿Tiene bombas de nata?, preguntó el joven visitante.
Teresa pegó un salto y dejó caer la enorme masa que formó un platillo gigante en el suelo. Sabía quien era Javier, pero sin gafas y con tan poca luz, no lo había reconocido.
-Llegas pronto para la nata, chaval. Estoy haciendo pan. ¿Quieres aprender?
Y así Teresa y Javier hicieron boxeo y malabares con pelotas de harina. El cuerpo de Teresa olía a naranja y bizcochos y sus piernas, casi siempre tapadas por el mostrador de las pastas de té, eran las más bonitas de Villafortuna. Ayudaba por las mañanas en el negocio familiar porque sufría insomnio crónico, le contó a aquel chico con la mirada perdida, y por eso, aunque tenía sólo cinco años más que él, sus ojos, arrugados como pasas, parecían los de una anciana.
-Creo que hay una forma de pararlo, dijo el apuesto imitador de animales, acariciándole las manos. Mañana, cuando termines aquí, ven al Sepulcro de San Segundo.
Una hora después, Javier y su padre caminaban en dirección a ese mismo lugar. El Alcalde, visiblemente agotado por el décimo coito de la semana, iba recitándole a su hijo los huesos del pie para romper el hielo. Las puertas de la Iglesia siempre estaban abiertas porque no había oro que robar. Hacía frío y el altar proyectaba una sombra con forma de mandíbula en el techo. Bajaron diez escaleras hasta el sepulcro y una vez allí, el padre se situó frente a la tumba de San Segundo, se colocó bien la chaqueta, tosió para afinar la voz (tics nerviosos heredados del cargo público) y y dijo:
-Si deseas recuperar la vista, mete el brazo debajo de esta tumba y pídeselo a Segundo. La noche de mi boda, vine aquí y le pedí al santo que nunca dejara de desear a tu madre hasta el día de mi muerte. Han pasado 20 años.
Javier se echó a reír y el eco de las carcajadas resonó en el panteón como una fiesta de lunáticos. El alcalde Silbado, que no había pronunciado ni mu ni ma, se acariciaba el muñón de su brazo derecho como si fuera el rey de los chalados. "No tengo nada que perder", pensó Javier, así que metió su brazo derecho debajo de la tumba.
Al día siguiente, Javier empezó a ver mejor. Los colores de los semáforos, los números de los portales y de los billetes, el cartel del teatro, el reloj de la estación. De madrugada volvió la Iglesia para encontrarse con Teresa. Allí estaba, caminando arriba y abajo sin parar, agarrándose las mangas de la camisa. Los dos repitieron la escena de la noche anterior. A la salida, Javier empujó a la bella insomne de la chaqueta contra la pared y le dio un beso en los labios para romper el hielo. Escucharon las campanas de las nueve de la mañana desde la panadería, desnudos, compartiendo la primera bomba de nata del día.

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Veinte años después de aquella noche Javier viaja de Río de Janeiro a Nueva York en un vuelto con 350 pasajeros. Lo ha conseguido, es un piloto de éxito y está rodeado de mujeres bellas. Ahora ve tan bien que lo hace a través de las personas. Sabe tanto de tantos que se ha vuelto un poco desconfiado. No ha vuelto a Villafortuna y ya no sabe imitar los sonidos de los animales, y eso que muchas noches sueña que lo persigue una manada de elefantes. En la cartera lleva una foto de Teresa, de cuerpo entero.
Ella consiguió dormir. Tanto, que sus ojos han vuelto a alisarse y brillar. Tanto, que ha dejado de ir a la panadería para hacer pan y bizcochos de naranjas, su especialidad. El negocio perdió calidad y clientes hasta que su madre decidió cerrarlo. Teresa, que durante años se carteó con Javier, que siempre estaba en las nubes, ha decidido lanzarse en la literatura infantil y le va bastante bien. Duerme todas las noches del tirón.
Lo único que tienen en común Javier y Teresa es que han perdido el brazo derecho. A él se lo amputaron en un hospital de Colombia algunos años atrás. Como para entonces los pilotos podían conducir con una sola mano (y hasta sin las dos), Javier pudo seguir trabajando. El médico dijo que era inexplicable, inaudito, cosa de brujería, pero que ese brazo estaba muerto y lo mejor era cortar. Lo mismo sentenció el médico de Villafortuna y desde entonces Teresa dicta palabras al ordenador. "De todas formas, llevaba años sin hacer pasteles", se dice.
La Iglesia de San Segundo ahora cierra sus puertas por las noches, después de que un grupo de adolescentes intentara robar la tumba del santo que, según habían oído, hacía realidad cualquier deseo. Y, en cuanto al Alcalde Silbado, ha tirado a la basura el Tratado de Anatomía de Rouvière. Ahora prefiere leer novelas de misterio, preferiblemente suecas. Su mujer y él siguen durmiendo juntos. 



8/5/13

Un mes

Eres como un gigante aplastando murciélagos
Como una orquesta que revienta ventanas que provoca
el baile amarillo de los pies y los labios.

Eres una canción, un sí, parece poca cosa, un sí, muy alto
Que cierra precipicios
Que se burla del mal
Que es más libre o, por lo menos,
conserva el equilibrio en el vacío.

Eres la solución más rara del problema
La diplomacia en calcetines
El nómada que desentierra sus raíces
El que atraviesa (mi) piel y llega hasta los huesos

Tú naces cada día.

Kevin Meredith


20/2/13

Disparos que me hacen feliz


La espalda desnuda de un hombre. Dos manos para hacer cosquillas en los pies. Copas de cristal ordenadas, botellas sin estrenar, hornos humeantes. Las carcajadas de los que no han cumplido años, algo más lentas con noventa y tantos. El crujido de las sorpresas. Reconocer , en el olor, mi casa; el sabor de la sal entre las olas. Tantos álbumes de fotos. Cajones llenos de diarios a medio escribir. El chico a los 13, los 14… los 15, sí, aquel era uno nuevo. El primer amor se pone más tarde por escrito. Aquella chica que era, hay algo de ella aún.

Despertar y recordar que soñé con mi padre, su recuerdo (es mi infancia). Los ojos azules y verdes de mi madre. Su gesto de niña cuando cierra la puerta. Mi hermana y cómo crece, mi hermana y su raya negra de los ojos. Saber que es mi escondite cuando viene la tormenta. 

Atrincherarme en la cama un día entero. En el que suena la música, la mía, sin parar. Play. Una más. Play. La canción de los viajes, la música de los veranos. El piano. Dylan, Lennon, Évora, Presley, Richard, Tiersen, Cigala, Charles, Piaf. Simone. It’s a new day,and I’m feeling good. Trompetas, saxofones, y por Dios que haya siempre una guitarra. Mil apellidos que son piel de gallina. Los ojos cerrados, los brazos como de animadora, aquel gesto de muelles al bailar. Hacer tanto el tonto al dar vueltas que acabo escupiendo el corazón.

Señoras pasándoselo very good. Elliot Erwitt.
Mi vestido, negro y nuevo, las camisetas de la suerte, mi ropa interior arrancada como el papel del último regalo. El chocolate caliente del día de Reyes, las arrugas pequeñas en la risa de los ojos. Pizarnik y sus versos, duelen, pero qué hermoso, mirad: Salta con la camisa en llamas, de estrella a estrella. Y aquel rumor a lila rompiéndose en la espera. Mil apellidos más, playas donde perderse. Cortázar, Austen, Brönte, Hierro, Pacheco, Paz, Camus, Lorca. Los que llegarán más tarde. El último capítulo de Orgullo y Prejuicio. El séptimo de Rayuela. Las expectativas (estratosféricas, no bajarán) que me creó la Literatura. Saber que tengo todo un día para acariciar las páginas de un libro.

Todo un día para besar tus labios, la palma de tu mano, la clavícula, el sexo, entero, tu cuello, debajo del ombligo, el lóbulo de tu oreja izquierda. Otra vez, desde el principio. 

El mar, maldita sea. Pero debe hacer sol, el agua estará helada. Coger una de esas olas que me arrastran a la orilla. Murallas de arena cuando yo era 100 centímetros menos, más o menos. Se las llevaba el mar, pero siempre empezaba de nuevo. Días de sol hasta las diez. Comprobar la marca del moreno en el hueso de la cadera. Comer lasaña, pescado crudo, fresas, salmorejo. Litros de helado de leche merengada. Comer, sólo eso. La satisfacción de la otra marca que deja la experiencia, está no me la cuelas. Ganar al ajedrez y una discusión, la más difícil. Ganar a la desgana con un lápiz de labios. Reconciliar peleas, conspirar con amigos. Mis amigos. ¿Cómo los encontré? Jugar a adivinar sus gestos. 

Escribir, sobre todo escribir, y que hasta me paguen por ello. Escribir porque sonrío al hacerlo. Escribirte, seguro que alguna vez me lees. Enamorarme en el autobús, en los bares. Aprenderme toda una filmografía -estoy en ello- y hasta empezar trilogías, sólo por tí, qué ocurrencia. Imaginar diálogos con mis dos amores platónicos. (La lista puede crecer). Todos acaban en un beso con lengua, qué pregunta.

Saber, cada vez mejor, quien miente.

Acabar riéndome cuando había empezado a llorar. Me gusta lo que hubo antes, y lo que viene. 


16/2/13

Matar insectos


Lo peor del sábado es el eco de la casa vacía y el corazón hambriento
Lo peor es no saber matar insectos y adivinar costillas puntiagudas en la piel
Lo peor es estar sin saber y el olor a tierra quemada

-¿Vas a quererme siempre?
-¿Vas a creerme ahora?
-Sí, sí, sí, sí

El agua nos cubre la cintura pero yo sigo desenredando el horizonte
Primer capítulo: dientes que tiemblan de frío, techos de plástico, vasos que chocan

Lo peor es quedarse inmóvil mientras suena la canción de los huérfanos
Último capítulo: mar


Edouard Boubat




21/1/13

Canción para los perdidos (II)

Lo que no puedo olvidar duele más que lo que no recuerdo
Como un perdedor sin guerra
Como los hombres que beben para no ver el incendio,
Silban sin tímpanos, ríen sin dientes

Hay miles de ojos completamente blancos y tantas manos inquietas
¿para qué el tiempo, cómo el tiempo, por qué el tiempo?
¿ésta soy yo, sin ojos?

Me escondo de las heridas pero todo el mundo escupe heridas
Me alivian los ojos de mi madre, los brazos de mi hermana

Encima de la avaricia endémica, del paisaje de esqueletos vencidos
Hay hombres que aman para no caer al vacío
Deseo -el corazón abierto- ser uno de ellos.


29/12/12

2012, Hallelujah


El año empezó con trozos de papel ardiendo en una cazuela y nosotros, los de siempre, brindando encima del calor de los deseos negros. Horas después mi lengua se abrazó a la de un viajero de océanos,  que me sacaba algunos años y más de una cabeza. Volvimos a vernos en las calles de siempre –la noche empedrada que empieza en Pez y acaba en Barco-. Hablamos del pasado sujetando los trozos moribundos del presente, de la música en blanco y negro y la que huele a mar, de los libros que nos hicieron sanar y sangrar, de esa manía de estar a punto de salir corriendo en cada entreacto. 

La primera semana de febrero soplé 26 velas de una tarta líquida sujetándome una sábana (mal)atada al pecho, porque aquella noche era Hipatia, filósofa de las estrellas en Alejandría. En el salón bebían cerveza Leonardo Da Vinci y Rosa Parks - sonrisa blanca sobre fondo pastoso negro-, Jesús Gil picoteaba tortilla a la vera de Marie Curie y hasta Isabel Pantoja se dejó caer, cantando coplas y dientes largos. Aquel día nos disfrazamos de revolucionarios y mafiosos, pero del otro lado del cristal no hay caretas, y los segundos –Camps, Dívar, Díaz Ferrán, Urdangarín, siga la serie-llenan sus guaridas de billetes ante un ejército de testigos cansados de esperar una revolución que nunca llega.

El 29 de marzo hice huelga, aunque algunos días bordo el papel de fantasma. Por la tarde llenamos las calles, desde Colón hasta la puerta de Sol, auténtica parada de los monstruos. Allí van a beber los hombres que venden oro y los que recuerdan que existe Palestina y tantas otras guerras olvidadas. Y los padres divorciados, algún que otro peluche con las cuencas de los ojos vacías, la marea blanca, la marea verde y la marcha negra de los mineros. Y los desahuciados  y los que arrastran bolsas sin escuchar nunca nada, y los despedidos de Telemadrid y El País y los desesperados anónimos, buscando una causa a la que agarrarse entre tanta consecuencia (¿o se dice sentencia?)



Un viernes cualquiera el Consejo de Ministros anunció el mayor ajuste de la historia de la democracia. ¿Cómo no iban a sacar pecho por inaugurar la temporada de estocadas letales? Entonces aprendimos a ver detrás de las palabras. Los reajustes sustituyeron a los recortes y a los despidos y la apertura de línea de crédito al rescate.  Pero este barco se hunde y el capitán, hombros levantados, sólo dice: No quería huir, me caí en una barca.   

En abril compré un billete de avión a Nueva York y toqué, por fin, ese sueño que cantó Sinatra, Allen, Lorca y todos los reyes sin palacios. No se si todo es posible en esa ciudad de escamas amarillas entre rascacielos, pero para mí fue una especie de salvación. Una prueba de que siempre hay un sitio más lejano al que mirar. Una dulce borrachera de imágenes. Un cuadro donde bañarse, de puentes, colores y cine hecho carne. Un regalo.

Mayo no hizo ruido hasta el día 12. Se cumplía un año desde que tomaron tomamos las plazas  y siempre me gustaron las celebraciones a todo megáfono. Aquellos días me desatasqué el cerebro intentando convencer a mis amigos de por qué tenían que salir a la calle, pero las portadas (en especial el showman  Marhuenda) y el poder se sacudieron el bulto. ¿Cuántas veces hay que gritar para que te escuche un sordo?


En junio abandoné temporalmente la sección de Suplementos para cubrir una baja en Internacional. Disfruté mucho y volví a recordar que el periodismo es emocionante y, sobre todo, necesario. Hablé con Khaled, que había sobrevivido a la matanza de Breivik. Me contó-sólo a mi se me ahogaban las preguntas-que había caído encima del cuerpo de 19 años de su hermano muerto. Alguna vez me dejaron escribir sobre otras cosas y me perdí un poco en el exhibicionismo.

Las otras noches de aquellos días de piel desnuda y calor bailé en Aranda del Duero, y me compré algún vestido nuevo. Esquivé hogueras en San Juan con grandes amigos al grito de ¡Señoras! Me perdí entre teletipos y cifras de muertos en la guerra de Siria. Ví delfines cerca del Sardinero, vi a mi abuela cumplir 94 años.  

 

En septiembre me independicé. Monté una mesa, una estantería, y un sofá sin cojines. Me sentí mayor y poderosa. Y más pobre, también. En octubre llegó Blanca con kilos de ropa y sus brazos pequeños siempre abiertos para mí. Ese mismo mes mi madre se jubiló con saltos de alegría y fuimos, las tres, a ver a un poeta llamado Cohen. No olvidaremos aquellas cuatro horas en las que un viejito de casi ochenta años se quitó el sombrero para gritarnos Carpe Diem, ¡Joder! Días después llegó Sandra, con kilos de discos de los Beatles y leche de soja. Desde entonces nuestra casa es el cuartel general de las conspiraciones y los sueños. Entre canónigos y yogures de fresa planeamos cómo aniquilar a los despótas y conquistar a los chicos difíciles (tímidos, guapos y estrellas de rock, en ese orden). Y elaboramos complicadísimas teorías filosóficas a partir de un comentario en Facebook, y compartimos secador, y café en las mañanas más lentas.

La fiesta de inauguración fue en noviembre, mes de la segunda huelga general en un año (y ni por esas bajan a ver qué aspecto tiene el cabreo acumulado de la gente). This land is your land, decía la invitación al nuevo hogar. Había tarta y tortilla y unas quinientas latas de cerveza. Al cabo de los días apareció, por cierto, una braga huérfana. La estudiamos con un poco de asco y mucha minucia, como si fuera la prueba de un crimen pasional. Acabamos tirándola a la basura y nadie ha resuelto el misterio, por ahora. Viajé a París a ver a Ester, una más de los talentos que se escapan de España. Una noche, sentadas en su pequeño piso de paredes vacías, en Republique, comprendí que tardaría muchos años en volver y que nos han obligado a tolerar las injusticias. Pero ella es fuerte y más lista que el hambre y el hilo que nos une, aunque a veces se enrede, nunca se corta. 

Esta nueva vida estuvo a punto de alumbrar una historia de amor que deja huella. Empezó con una confesión en un bar, luego canciones compartidas y besos -me temblaba este hueso, y éste, y también éste, y quería arrastrarte a mi cama- en una cocina casi a la hora del desayuno. Entre cuentos, playas de otoño y cartas desveladas quise quererle, pero él decidió seguir huyendo. No sabe que es capaz de abrir nuevos caminos en desiertos, espero que en su exilio del norte lo descubra. Uno de mis mejores amigos me dijo después algunas frases que se clavan, como que me esforzaba, sufriendo, demasiado, en buscar un amor que me han contado.  Creo que sólo quería protegerme, a mi se me olvida a veces. 

Estos últimos días la indignación se va haciendo marea, de todos los colores, a punto de engullirnos. Volví a Suplementos, a la rutina de las llamadas telefónicas y los recados rocambolescos. Aquello es una cueva en la que apenas hay luz (llámenlo creatividad) habitada por personas excepcionales. Valientes, como la letra u, luchadoras, como mi ex-pelirroja que también quiere largarse a una ciudad con viento, y divertidos, como el chico que imagina duchas de zumo de naranja en vez de agua. 

Me da vértigo pensar en el año que empieza. Un año es una eternidad con forma de horizonte. Tengo, como siempre, una lista de (des)propósitos que nunca ,  a última hora, cumpliré. Pero si me tengo que quedar con un deseo, si las lámparas todavía abrigan genios, ojalá  todo estalle de una vez por los aires. Tal vez cuando hayamos borrado este olor a idea carcomida podremos construir algo nuevo, algo -más grande que nuestro cuerpo, más pequeño que este país ingobernable- de lo que sentirnos orgullosos.