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12/2/12

El sudor de los inquietos

En la palma de mi mano cabe un puñado de arena o tus cinco dedos
quietos, tus cinco dedos vivos.
No hay canciones de cuna para calmar el miedo.
Hay árboles que viven siglos en círculos concéntricos y nenúfares
que pasan del azul a las cenizas en un día.

En la estación, toneladas de heridas abiertas caen al suelo
como el cadáver de un gigante, pero nadie se limpia
las manchas rojas y secas.

En la habitación del sexto piso una lista de promesas cuelga de una pared vacía
y unos versos de Machado bailan vals sin lámparas, sin seda.

La piel es el principio y el final del viaje.

No hay un lenguaje universal ni una tierra prometida.
No hay un mundo mejor que el que han cantado.
No hay recompensas para el sudor de los inquietos.
No hay orejas que soporten la rabia de los huérfanos.

Pero un beso dura más segundos que la muerte.
En las almohadas soñamos con ser quien no podemos.
En el puño tengo cristales, la mitad de un corazón que se me escapa y la risa
tiene más eco que el llanto.





10/11/11

De lobos y héroes

Estás en el punto más alto de una esas atracciones de feria desvencijadas por el tiempo y los chirridos. Tienes vértigo y sientes latir la adrenalina en el electrocardiograma verde de tus sueños. Estás arriba y quieta. Como un fotograma, con las alas amarradas al cuerpo, anestesiada por las descargas, cincuenta y cuatro metros y pico en sentido vertical desde el suelo. 

Veinte años antes, cuando te tapabas la cara con la manta, para no desafiar a las sombras con forma de leñadores que se comían niñas vestidas de rojo, en este mismo lugar, gritaste: "¡Eh, mira, mírame, sin manos!" y creíste que eras única, poderosa, libre, a pesar del metal que apretaba tus piernas.

Pero ahora estás congelada, el frío te lima la primera piel del cuello. Eres un cadáver en un museo de cera. 

Y aquí, en este columpio con letras de hierro, cincuenta y cuatro metros más cerca del cielo (escarcha, casi tiniebla), observas. Porque casi siempre es más inteligente que hablar.

¿Por qué estudiar el baile de la elipse que dibuja la Tierra, si un día dormiremos en el barro negro donde también van a morir los insectos? ¿Por qué este empeño en conseguir un premio, si nunca disfrutamos el camino donde escupimos el aliento?

Aunque cada domingo te hundas en el celuloide de la eternidad, las butacas acabarán rompiéndose. Y aunque te dejes cautivar por el papel donde bailan las letras, mañana olvidarás el capítulo nueve. Y si cierras los ojos imaginando la piel desnuda mientras suena la música, cuando despiertes la garganta del dolor se habrá tragado la orquesta entera.

Pero desde aquí arriba parece que los lobos sólo pueden aullar. Porque no hace falta creer en los héroes para ser un valiente.