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9/12/11

A las siete de la tarde


A las siete de la tarde un círculo de plata remueve grumos de chocolate negro. El lápiz de labios se desliza sin querer hasta mis dientes. Yo pensaré que el final y el principio son lo mismo visto desde dos ventanas paralelas.

A las nueve cierran los parques y las farmacias, aunque la última cabina de teléfono de la ciudad sigue escupiendo remedios. El agua a veintinueve grados baña mi piel impaciente y arrastra por el desagüe las huellas del sexo. Un corazón se para en la décima planta del mismo hospital en el que el mío empezó a contar. Tal vez mañana cierre los ojos al cruzar la calle.

A las once y media de la noche lo que era nuevo se hace viejo. Las cortinas bailan tangos silenciosos. Los párpados del placer y los del cansancio se cierran y todo se convierte en nada. Yo sólo pienso en mañana. Siempre, mañana.

A las tres el mundo entero negocia en sueños la salvación o la condena. En la cocina huele a aceite y mandarinas. Por el pasillo, paso a paso, el invitado de las esperanzas rotas llega hasta mi cama para decirme que la única verdad son las palabras, las que hacen nuestra historia.

Pero, a las tres de la mañana, ¿quién está despierto?