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30/12/14

Esto no es sólo un resumen del año

El 17 de enero me desperté abrazada a ti en un sofá prestado de Paris. Hacía frío y las capas del croissant se nos iban deshaciendo entre los dedos. Desde el río miramos el reflejo de esa ciudad de hierro y luces blancas y nos sentamos en la iglesia de Saint Sulpice para contarnos secretos entre rezos extraños o, al menos, extranjeros. Más tarde escuchamos a la orquesta filarmónica de Viena desde el segundo piso de un teatro que contuvo el aliento. Esa noche pensé que era feliz, que todo estaba bien. Pero dos días más tarde a mi madre se le paró el corazón. Nunca he tenido tanto miedo. Los hospitales son fábricas de lágrimas y plástico, con sábanas nuevas y heridas viejas. Meses después mi madre ya recorría entero el parque del Retiro, con sus zapatillas modernas y su pequeña arruga entre las cejas, de todos los asaltos que ha ganado. Y ya son unos cuantos. Demasiados.

Se qué en febrero cumplí años pero apenas lo recuerdo. Había un ramo de flores de Valencia, un abrigo verde, una cena en un patio, cojines amontonados sobre un banco de piedra. Y casi 30 velas. Mi hermana y yo volvimos a la casa de siempre, donde huele a patatas al horno y a bizcochos de azúcar moreno. Las tres abrazadas en el sofá más viejo -de eso sí me acuerdo-. Más o menos entonces me cambiaron de sección en el periódico. Me fui cien metros más al sur, al mar revuelto de teletipos y alertas, donde se escriben últimas horas que son penúltimos minutos. Me gustó enseguida y no fue por las meriendas, lo prometo. 

El director se despidió encima de tres tomos de folios, zanjando para siempre el síndrome de la página en blanco. Repasó las portadas antiguas como quien saca polvo a las orlas de la Universidad, reconociéndose(nos) más sabio(s), pero también más frágil(es). Relevaron al gran jefe  y nos regalaron, sin preguntar, un culebrón de los buenos. Un poco como en España, pero en pequeño. Luego, un domingo por la mañana, entró por la puerta el tipo más loco y más valiente de la redacción. Venía de un secuestro de seis meses pero nadie se lo notó. Su hijo, a punto de perderle para siempre, sólo preguntaba: “¿y mañana tienes que trabajar?”


En abril hizo un año que nos conocimos. Quiero decirte más o menos esto: contigo todo tiene más sentido. Nos fuimos a tu antiguo escondite, Mallorca, que ahora es un poco mío. Tu amigo del colegio nos enseñó las puntas de la tierra metiéndose en el mar,  la cartuja donde vivió Chopin, las terrazas de mordiscos de sol y sobrasada. Y en el coche llamaron al teléfono. Era mi hermana, anunciando que se casaba, aunque todavía tiene las manos y la risa de un bebé.

Un mes más tarde inauguramos coche. Y carretera y manta llegamos a Santander, que siempre nos espera. Con amigos de siempre y algunos más recientes  visitamos las postales de la tierruca, acompañando el frío y las montañas con queso y bandejas enormes de pescado. También en mayo hubo elecciones europeas. Nadie pensó en el tipo que dibujó papeletas con su cara -con un par de coletas- Nadie vio venir a Pablo Iglesias. Nadie, tampoco, les ve llegar hasta el Congreso, pero la realidad supera casi siempre las encuestas. En la parte buena: han conseguido que la gente, además de hablar de fútbol, discuta sobre política; crear un partido distinto capaz de competir, quizás superar a los dos grandes; poner de moda las camisas blancas (esto también es un mérito). En el lado malo: lo que se vende como nuevo tiene mucho de robado; defendien que el fin -ser los más votados- justifica los medios- suavizar el discurso y no ser ni de derechas ni de izquierdas. 

En junio abdicó el Rey y dijo que guardaría a España siempre en el corazón, igualito que los 27.000 españoles que han tenido que marcharse este año del país por culpa de la crisis. Durante un par de días, pareció que España era, por fin, republicana. Pero los cánticos se fueron apagando igual que las luces del pasillo del piso de la Guindalera. Mis dos compañeras de sofá se fueron de casa con sus mecedoras y sus muñecas africanas, sus pepinillos en vinagre y sus tocadiscos; se llevaron un espejo de pared, unas zapatillas rosas, botes de crema, tacones mudos, algunas confesiones, ruidos, besos, silencios. No sé cuántas de estas cosas seguirán viviendo con ellas.



De repente era verano y los dos subimos a nuestro coche lleno de botellas vacías, monedas pequeñas y sombreros de paja. Hicimos 1.400 kilómetros en diez días. Vimos los tejados de Oporto desde una buhardilla en la calle de atrás. Conocimos a una familia de gaviotas con vocación caníbal y viajamos en un tranvía sin ventanas dibujando la línea del mar. En la habitación había una figura de un santo en porcelana azul y una cama para querernos en portugués. Se estrellaban aviones y nosotros comíamos pulpo y nos llenábamos los ojos de imágenes nuevas. Aprendimos que somos frioleros y valientes -salvo en las cuestas de Ézaro-, que hay escondites para esquivar peregrinos en Santiago, que existen islas vírgenes, que las mareas ocultan esculturas de piedra, que en Asturias las montañas frenan las nubes, que siempre tenemos algo más que contarnos antes de apagar la luz.

En agosto ya estábamos juntos al final del día y al principio. Nos inventamos rituales y recetas y ordenamos la casa otra vez: el gran bazar, la sala de pensar y de las cuentas, la habitación de las almohadas y los (doscientos) vasos de agua. Fuimos a Salamanca, vimos ‘Begin Again’ y ‘True Detective’, nos bañamos en un río cerca de la Sierra de Gredos, con sombrillas clavadas en las piedras. Mi querida arquitecta se marchó a Pamplona, meses después otra amiga se iría a Frankfurt. Bruselas y París completan el mapa de la ‘movilidad exterior’.

En septiembre dimitió Gallardón y renunció Ana Botella. También se habían despedido Rubalcaba, Cayo Lara y Alfonso Guerra. Ana Mato dimitió después, no por el caso Gürtel, ni el ébola, si no por no hacerle un feo a Rajoy el (único) día que iba a hablar de corrupción en el Congreso. Matas, Fabra y hasta Isabel Pantoja entraron en la cárcel, pero otras formas de folklore -como robar a manos llenas- nos dejaron, de los Pujol a las tarjetas ‘black’, el calendario corrupto muy completo. 


En octubre tocamos con las manos cascadas de piedra en Zaragoza y vimos buitres y águilas volando encima de nuestras cabezas. Empezaste en un trabajo nuevo, fuimos al Auditorio, también a ver a Rosendo. Con tu dominio de las carreteras de circunvalación te hiciste madrileño por derecho. En la fiesta del 25 aniversario del periódico a algunos compañeros les juré mi admiración eterna por subirse a los escenarios a plena luz de los jefes atentos. A otros, que justificaron sus egos con las drogas, les perdí el respeto.

El 9 de noviembre fue la consulta catalana, soberanista, independentista, popular, inconstitucional y un desafío a España (no confundir con la ofensa a España, que es un delito nuevo). Artur Mas calificó de éxito total una votación con urnas de cartón y sin censo y Rajoy ignoró el problema, que no es ERC ni Mas, como él piensa, si no un descontento crónico que sigue sin resolverse porque los políticos, en vez de cambiar el modelo de estado, se echan en cara, por tribunas y teles, el saqueo ajeno. Días después fuimos a Barcelona -ni rastro del guirigay, por cierto- y conociste a mi abuela paterna, chiquitita, mandona, Te dio dos besos y, después de estudiarte, el visto bueno. Ya estaba muy cansada. 

En diciembre asistí a la jura de nacionalidad española de un gran amigo medio cubano medio americano. Es una misa multicultural en la que todos repiten lo que dice el juez para conseguir un papel parecido a la salvación. (Todo depende de con qué se compare). El otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, nos cantó Sabina en el concierto bueno después del miedo escénico. Inauguramos la Navidad invitando a cenar a los amigos más fieles. Entre empanadas, tortilla y pacharán, discutimos sobre política y confesamos gustos musicales embarazosos de herencia adolescente.
El 22 de diciembre murió mi abuela. El día anterior había salido a ver el sol más de cerca y había pedido más galletas. Entre sus cosas guardaba el jarrón de Doña Flora, una rica del pueblo a la que tuvo que atender cuando no era más que una niña. También una fotografía de mi abuelo, al que conoció en la verbena de Santoña a principios de los años 40. Ella bailaba mejor. Estaban los libros de poemas de mi padre, unos prismáticos, mi primer artículo, los pendientes de perlas, el reloj que ahora guarda mi hermana, las postales que mandamos los veranos. Nunca hay que dejar de escribir cartas.


El año se tiene que terminar con un deseo. Hace dos años, en el último resumen de 2012, deseé que todo estallara por los aires para empezar algo nuevo. Me equivoqué; quizás sea mejor conseguir que las cosas pequeñas aguanten el paso del tiempo y crezcan. Porque sólo se aprende de las cosas que dejan huella.

23/11/11

Un dios salvaje


Toulouse Lautrec fue un pintor francés del siglo XIX que destapó lo que nadie se atrevió: el carmín rojo de la pasión, los bailes después de madrugada, la prostitución que siempre ha estado. Pintaba el movimiento y el color, pintaba rápido, mientras el alcohol consumía su vida y sus huesos, débiles por culpa de la endogamia de sus señores padres. Cuentan que un día, una mujer de alta alcurnia (o al menos con mayordomo), al ver un cuadro del pintor en el que una mujer se ataba el corsé bajo la mirada de un hombre, tuvo a bien desatar su ira contra el artista, preguntándole cómo era capaz de pintar a una prostituta desnúdandose delante de un cliente. Monsieur Lautrec se quitó elegantamente el sombrero y respondió "La suciedad, mi querida señora, sólo está en su cerebro. La mujer no se está desnudando, sino vistiéndose. Y el hombre que la mira no es un cliente, sino su marido".

Últimamente la pose y todo el rollo superficial son de lo más in. Lo comentaba hoy mismo el gran Manuel Jabois. Constantemente asistimos a un espectáculo de chorradas rimbombantes que dan ganas de vomitar los restos del cocido. Por ejemplo, en la Calle Genóva, el jefe de todo esto (que, ojito, anunció que colocará a la moribunda Eshpaña al frente de eshte ejército europeo de casi vagabundos) regalaba a sus fieles un beso-instante más planeado que la distribución de invitados en la cena de Nochebuena. El público, entregado, agitaba banderas que prometían un cambio sin entender que cambio significa acción y aquí vamos servidos de drama, pero de acción... Mientras, en un plató de televisión cualquiera, los tertulianos de cartón piedra escupían análisis baratos y desempolvaban los discursos precocinados. Las periodistas ejecutaban el guión encima de unos zapatos que bien podrían ser catalogados como instrumentos de tortura. Pero, pardiez, nadie se llevaba las manos a la cabeza.

Esto de la pose no viene de ahora, comprenden ustedes. Llevamos años practicando. Hemos adiestrado nuestra voz al responder al teléfono. Hemos ensayado la sonrisa perfecta para cada ocasión. Hemos inventado el papel brillante de envolver para no tener que hablar. Admiramos el valor de los que juegan con la muerte en África no por solidaridad, sino para subrayar que estamos en el lado occidental, altar de las libertades, y que nadie conseguirá movernos de aquí.  Hablamos de sexo sin sonrojarnos pero nos violenta darle un beso a nuestra propia madre. Queremos más para demostrar que no somos menos.

La buena noticia es que, de vez en cuando, aparece un señor con bisturí, abre en canal toda esta montaña de falsa moral y nos presenta la realidad tan ridícula, visceral e hipócrita como es. Estoy hablando de Un dios salvaje. Supongo que serán ustedes de los que rían a carcajada limpia en la oscuridad del cine. Si no es así, preocúpense.


28/9/11

¡Grita!

La verdad es que siempre me han conquistado las historias raras. Pero además, en los últimos meses, la actividad frenética que desempeño como periodista al pie del cañón me ha dado un respiro, y durante varias horas del día me empapo de los chorros de información seria y absurda que escupe la pantalla. Y, para qué negarlo, lo cierto es que el aburrimiento multiplica mi olfato. Olfato de surrealismo actual, se entiende.

Dos hallazgos interesantes hoy, dear Watson. Ambos, historias verídicas (o eso dicen los titulares). Por un lado tenemos a un misterioso cuarentón de Pontevedra que ha devuelto la mano de piedra de una estatua de Colón que llevaba ocultando en su casa 30 años. Resulta que cuando este hombre era muchacho practicó accidentalmente una amputación al bueno de Cristóbal una noche que estaba de fiesta con sus amigos.  Le dio miedo confesar y más terror le debió dar dejar abandonadas las pruebas del delito. Así que durante tres décadas, este hombre ha vivido con la mano de piedra a su vera. ¿Su familia lo sabía? ¿Le habría puesto un mote? ¿Dormiría la mano en el cuarto de invitados, se sentaría a la mesa? ¿Suspendió Historia alguna vez?  ¿Tendrá  más estatuas guardadas al fondo del placard? Son las típicas preguntas que me gustaría hacerle. 

Por fortuna para vosotros, pasaré al segundo descubrimiento absurdo. Resulta que en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dos tipos llamados Narcisa Hirsch y Jorge Caterbetti han instalado una cabina de vidrio totalmente blindada, en la que los visitantes pueden entrar y gritar  a sus anchas, con ira o con recato, cada uno a su manera. ¿Es una broma?, preguntaréis. En absoluto. Estos dos artistas pretenden con su obra “reflexionar sobre cuál es el límite entre el grito privado y el grito público” -ajá- y también “indagar sobre estos gestos que navegan entre lo humano y lo animal, entre lo cultural y precultural”. Por si esto fuera poco, los sonidos capturados en el tiempo que la cabina esté expuesta, de agosto a diciembre, servirán como base para un concierto que otro artista, un músico parece, dará en el mismo escenario ensordecedor.

No sé qué opinaréis, pero a mí esto me parece una tontería muy muy grande. Me imagino al señor con traje azul que haya tenido la suerte de vigilar que nadie roba ese cubículo de la locura diciendo a los osados visitantes: “ Pase usted al fondo, allí, en esa caja de cristal. Grite, grite un rato, que esto es arte” (puede que con acento argentino suene más seductor).

¿En serio el arte moderno es esto? ¿Gritos anónimos? ¿El arte es tal porque lo ha creado un artista? ¿Se ha alcanzado ya la máxima complejidad técnica y por eso lo moderno es no hacer absolutamente nada? ¿Quién decide que eso es arte, quién decide qué entra y qué sale de un Museo? Y, sobre todo, ¿qué patraña es eso de que un grito es un “gesto que navega”?  

Dejadme que os diga algo, algo más. Muy probablemente sea una inculta artísticamente hablando. Se de Bellas Artes o Escultura lo mismo que de Música, Literatura, Astronomía o Jardinería: casi nada. Pero sí tengo clara una idea: el arte emociona. Así que,  querida Narcisa, querido Jorge, aquí tenéis una selección de gritos que ponen la piel de gallina.

El hombre de los monos, cómo olvidarle.

Tan joven, tan ingenuo. Siempre que me asomo a un acantilado imito al bueno de Leo.


Desde que vi esta película, temo a Jack. Qué miedo.

   
No todo va a ser terror. Qué sería de esta vida sin los gritos de placer (hasta los fingidos)

Baldosas amarillas y brujas cuya risa maligna se quedó grabada en la más tierna infancia



¡Corre! No podía faltar este grito desesperado que veo cada Navidad o fecha de guardar. Dudaba entre este o el también memorable grito de Tom Hanks a su balón Wiiiiiilsooon, pero soy una clásica.

....    Que gritéis mucho, amigos. 

27/9/11

Entre cuatro paredes


La primera es una historia desesperada, la segunda una historia de valientes inconscientes, la última, un desencuentro en la frontera. Y las tres ocurren entre cuatro paredes.

La historia de Lourdes apareció esta mañana en la página 16. Ella pasa los días en una silla de ruedas y necesita oxígeno. Su marido tiene una enfermedad que le impide trabajar. “No hay rabia ni hay miedo. No hay tristeza ni autocompasión”, escribe Pedro Simón. Sólo hay 36 céntimos en la cuenta del mismo banco que les reclama más de 200.000 euros. Mañana, cualquier mañana, se quedarán sin casa.

Francisco, su hermana María y un tal Javier buscaban un techo y se lo robaron al banco.  Olisquearon para encontrar casas sin dueño de carne y hueso en un pueblo de Andalucía. Empaquetaron la intimidad que habían desperdigado por ahí y se presentaron a los vecinos atónitos para alejar la mala fama de okupas desordenados. “Hay más casas vacías esperando familia”, cuentan. Puede que cunda el ejemplo y esas propiedades que han engullido los bancos indignos se llenen de personas que reclaman el derecho a una vivienda, aunque no sea digna.

Entonces me han entrado unas ganas locas de abrazar las paredes blancas de gotelé de la Calle Cartagena número dos sexto derecha. Mi casa es un escondite y un salvavidas, es el lugar dónde todo lo importante ha nacido, crecido y muerto. Es un mapa de mi pasado y una salida de emergencia. Aquí está el olor del desayuno y el tacto de las cortinas que dejan pasar el sol de por las tardes. Los libros, las fotografías, las fiestas, las promesas, las peleas, los gritos y hasta el rincón secreto donde se guardan los billetes de 100 euros.

Tengo la enorme suerte de poder tocar estas paredes. Puede que un día no tenga nada mío salvo a mí. Pero eso no es lo que me ha dado miedo. Lo que de verdad me ha acojonado es que haya tenido que leer en los periódicos dos historias sobre personas sin hogar para darme cuenta de que vivo aislada sin preguntarme qué pasa a mi alrededor, en el piso de abajo, dos casas más allá, en aquel barrio, en esta ciudad. 

Y aquí viene la tercera historia, no me había olvidado. Esta la ví ayer en el cine. Se llama El hombre de al lado. Cuenta cómo un diseñador gafapasta con mucha pasta se levanta un día con el sobresalto del taladro del vecino que quiere hacer una ventana en su casa. Los dos se pasan las dos horas discutiendo sobre un hueco en la pared que para uno es una violación de la intimidad y para otro la única posibilidad de tener un poco de luz. Cuando acaba la película, el espectador se da cuenta de que se están separando para siempre dos absolutos desconocidos que fueron incapaces de salvar los tres metros de aire que les separaban. Así que así me he sentido hoy. Rodeada de desconocidos que de vez en cuando gritan auxilio a través de los periódicos para aferrarse a su hogar. 

3/9/11

Una oferta que no podréis rechazar


Todo es inútil y nada sirve para casi nada, así que he decidido que me voy a casar con un mafioso. No os alarméis porque es algo que llevo pensando aproximadamente cuarenta y tres minutos y es un plan tan maestro que seguramente querréis imitarme. Yo encantada.

Desde los cuentos infantiles hasta las charlas de nuestros sabios progenitores pasando por los discursos de algún premio Nobel y algún presidente estadounidense (no, no siempre coinciden) el mensaje siempre ha sido el mismo: lee a los clásicos, estudia una carrera, cede el asiento del autobús y una vida llena de felicidad, monedas y justos planes de pensiones sabrá recompensarte.

Ante esta indignante porquería, solamente quedan dos opciones: hacer las maletas y poner un puesto de collares en alguna isla o, siendo más realistas, entrar en la mafia. Como soy una chica con ambición, escojo lo segundo. Pero como también soy un poco miedica, en vez de apretar el gatillo y enfundarme yo el Armani y la pistola, creo que lo más sensato será ser la mujer de (esto me lo  ha enseñado la televisión en los ratos muertos en los que no leía a Cervantes).

¿Por qué los mafiosos son los que mejor se lo montan? Esto es una pregunta retórica. Básicamente, es una cuestión de saber elegir. Eligen no hacer cola en los sitios, saborear la venganza y el tacto de los billetes. Eligen ser respetados y temidos, imitados y odiados. Eligen tener mansiones y adrenalina, pasta exquisita, alcohol y drogas, favores de la policía y de los jueces. Y cuando han elegido se preguntan qué hace falta para tener todo eso. El famoso e igualmente respetable “el fin justifica los medios”, que es  poco más que una pistola y un grupo de amigos.

Hasta aquí muy bien, salvo por un detalle. Parece difícil saborear estas mieles y entrar en este mundo de Travoltas con traje capitaneados por cualquier Don Vito siendo del sexo débil. Me hago cargo. Ya os dije que el objetivo no era serlo sino casarme con uno de los nuestros, perdón, de los suyos. Preferentemente italiano, por la dieta mediterránea y porque Sicilia es un paraíso sin asfaltar, pero estoy dispuesta a dejarme querer por alguno del este soviético, que suelen tener el cuerpo lleno de tatuajes.

Así que, cuando me disponía a elaborar la lista de todas las cosas que tengo que hacer para encontrar, conquistar y cazar al mafioso en cuestión, me he dado cuenta de que ¡ya lo había hecho todo! Como os lo cuento. Se andar con tacones y la pasta es lo único que cocino decentemente. Soy discreta. Se lo que es la traición y no me da miedo la muerte. Se bailar twist o al menos imitarlo. Conozco el silencio necesario y he necesitado escuchar. Cuido mucho a mis amigos, el negro es uno de mis colores preferidos y en la universidad incluso me enseñaron qué era el secreto profesional. Así que ya está. Estoy preparada y esperando. Pero, por si él tarda en aparecer, me voy con Robert, y , como decía él: "Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y como yo las hago". 

18/1/11

El discurso del Rey

Hoy el día está un poco cinematográfico, puede que sea por la niebla que hay en Madrid, aunque la carrera por los premios de la gran pantalla, que acaba de empezar, también tiene su parte de culpa. Hace un par de días se celebraban los Globos de Oro (¿no les sentará mal que siempre les pongan la coletilla de "antesala de los Oscar?") y el mejor actor parecía no tener rival ni duda: se lo iba a llevar Colin Firth. Así fue y no podía haber sido de otra manera.

Si no habeís visto "El discurso del Rey", poned remedio cuanto antes. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una película. La historia del Rey Jorge de Inglaterra, tartamudo en un tiempo que no permetía vacilación, cautiva hasta al más anti monárquico espectador. Con un guión rápido y emocionante, que pasa de la tragedia a la comedia en cuestión de minutos (como el protagonista) nos traslada a uno de los momentos más importantes de la Historia reciente, el principio de la Segunda Guerra Mundial, para contarnos algo tan sencillo como una historia de amistad y superación.

Pero es evidente que más allá de los diálogos, más allá del famoso discurso final que nos muestra como toda una nación detiene sus vidas por unas palabras de su rey, esta película es, definitivamente, un regalo para dos actores a los que el cine a veces no ha dedicado la atención que merecían. Antes de mencionar al monarca, creo que la interpretación de Geoffrey Rush, el logopeda revolucionario, el amigo fiel, el valiente australiano, el divertido actor frustrado que no teme a nada salvo a su mujer, es magnífica. Merece la pena recordar otros de sus papeles, no sólo en la célebre "Shine", si no otros más pequeños pero no por ello menos admirables: el incansable justiciero de "Los Miserables" que acaba por rendirse, o Philip Henslowe, el paciente "productor" de William Shakespeare en "Shakespeare in love". Versátil como pocos, en esta película, de nuevo, borda su papel.

Y en cuanto a Colin Firth, confesaré que me enamoré de él en la primera entrega de las entretenidas aventuras de Bridget Jones, aunque también me gustó el misterioso galán en "Una familia con clase" (una película que pasó muy desapercibida), o su papel divertidísimo y romántico en "Love actually" , aprendiendo portugués o lanzándose al agua helada en busca de papeles mojados. Inlcuso consiguió transformar una película absurda y bastante lamentable como "Mamma Mía" en algo con un mínimo de gracia (ayudado por Meryl Streep). Y todo esto, sin hablar de lo atractivo que es, claro.

En "El discurso del rey" no sólo tiene la enorme dificultad de interpretar a un tartamudo que, además, va mejorando en dicción a lo largo de la película, sino que debe también ser un rey con un pasado plagado de obstáculos, un padre cariñoso, un líder que debe llamar a la unidad de Inglaterra, un hombre sin amigos, un tipo con coraje y mala leche, pero que gracias a la amistad se vuelve un poco más amable. Si un actor consigue hacer todo esto no sólo se merece premios; necesita otras muchas películas, porque de este lado de la pantalla esperamos impacientes.

9/12/10

The Good Heart

"El buen corazón". Un título poco apetecible para una película, cierto. Quizá estamos demasiado acostumbrados a títulos mucho más enigmáticos y literarios. O tal vez sea un error fatal guiarse sólo por la tapa del libro y la primera impresión.

Esta es la historia de dos desgraciados sin esperanza que mal viven en una gran ciudad. Lucas es un veinteañero que vive en la calle entre cartones. Un mendigo con la mirada perdida que comparte lo poco que tiene. Jacques es un cascarrabias de aspecto descuidado y horrible salud. Es dueño de un bar oscuro en el que sólo caben 13 clientes y un perro fiel.

Ambos se conocen en un hospital: Lucas ha intentado suicidarse y Jacques ha sufrido un infarto. Hacen buenas migas porque ninguno tiene a nadie más y Jacques se lleva a Lucas como aprendiz. Así abandonará el frío de la calle, aprenderá un oficio y le hará compañía.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una película. Por supuesto no es ninguna obra maestra, pero cómo se agradece encontrarse con una historia sincera, sin pretensiones, sin alardes ni efectos especiales, sin giros extraños ni espirales incomprensibles que confunden al espectador. Su gran virtud son sus dos personajes protagonistas. Dos anti-héroes que van mostrando poco a poco su manera de ser y que, de verdad, emocionan.

Puede que se eche un poco en falta una explicación previa sobre la vida anterior de estos dos solitarios entre rascacielos, pero esa sensación es sólo reflejo de que los personajes te han cautivado y quieres saber más. El mérito, como casi siempre, es de los actores en la piel de Lucas y Jacques. El gruñón era un desconocido para mí. El que interpreta a Lucas, sin embargo, es el perfecto alelado encantador, que ya se presentó como hermano mayor de 'Little Miss Sunshine'.

Si con esto no he conseguido animaros a verla, os diré que cualquiera de las escenas del bar, que irónicamente se llama 'La Casa de las Ostras' (ni se sirven ni nadie allí las ha probado), es un pequeño tratado sobre los deseos y los miedos del ser humano. O quizá es que a mí siempre me ha parecido que un bar es el mejor escenario para las grandes historias.


Aquí el trailer:


  

Pd: La película se estrenó en el 2009, yo no recuerdo haberla visto en las carteleras y los críticos la golpearon sin misericordia alguna. Pero gracias a Internet todo el mundo tiene una segunda oportunidad


30/8/10

Escenas de realidad

El otro día vi una película sorprendente y dramática a pesar de que sus protagonistas bailaran alrededor de una pista de baile sin cesar. Hoy he visto una película amarga y rocambolesca a pesar de la preciosa escena en la Fontana di Trevi.

Quería escribir sobre lo que he visto tumbada en el sofá rojo del que ya he hablado en alguna ocasión, pero en realidad creo que esto que vais a leer un par de líneas más abajo no son más que un montón de miedos y deseos filtrados a través de algunos fotogramas antiguos.

La primera de las películas se llama Danzad, danzad, malditos, aunque su título original no tiene (como en muchas ocasiones) nada que ver: They shoot horses don’t they?. Dirigida por Sydney Pollack hace 40 añitos, la historia transcurre en un único escenario: Una pista de baile, con forma de elipse, rodeada de gradas. En plena Gran Depresíón, se organiza un maratón de baile al que acuden parejas desde todas partes de Estados Unidos. La pareja que aguante más tiempo sin parar de bailar recibirá un premio: 1.500 dólares. Llegan muchos y todos comparten una misma tragedia: no tienen dinero. Así que bailan y bailan, hasta que apenas mueven los pies, hasta uno sobre otro tienen que apoyarse para continuar mientras el escenario de sudor y cansancio se va llenando de gente que quiere ver un circo camuflado de concurso, la degradación tapada con esfuerzo.

La otra película es La dolce vita, de Federico Fellini (1960). El protagonista es un periodista de esos que ahora llaman del corazón, Marcello. Guapo, cautivador y adicto a las mujeres, sufre una horrible enfermedad que le atormenta día y noche: nunca nada es suficiente. Así, su vida se vuelve el exceso por el exceso, las mujeres se amontonan, las fiestas se vuelven grotescas, y el olor a podrido se extiende incluso a lo que parecía intocable. Marcello está metido de lleno en el mundo de los flashes de los paparazzis, de las traiciones y los tragos de más.
Dos grandes películas que, si no habéis visto aún, recomiendo.

Pero lo que me ha hecho ponerme delante de este teclado ruidoso es lo que estas dos películas, creo, tiene en común: sus personajes buscan, desesperadamente, algo que no tienen. A veces no lo encuentran porque lo que quieren y necesitan escasea tanto que, a pesar del esfuerzo, se hace imposible alcanzarlo: no hay dinero, se ha roto el famoso sueño americano, no hay salida. Otras veces, no lo encuentran porque lo que ansían es un ideal, porque no existe la vida perfecta, fácil y plena.

Cuando la pantalla del salón se vuelve negra de nuevo y me pongo a recoger los restos de palomitas y dulces brebajes, me paro a pensar. Incluso siendo afortunados, estando aquí y ahora, con la vida más o menos resuelta, los bolsillos más llenos que vacíos y algunos diminutos triunfos (simples etapas de la vida) a la espalda….incluso así: qué cerca puede estar el vacío y que poco nos damos cuenta.

20/3/10

El concierto

El concierto es la historia de un músico condenado al olvido que quiere recuperar el prestigio, la batuta y los aplausos. Andrei Filipov, “el Maestro” obsesionado con Tchaikovsky, es expulsado del Teatro Bolshoi por su amistad con varios músicos judíos. Varias décadas después, sigue repasando partituras en su cabeza mientras limpia las butacas del Teatro en el que, una vez, ordenó melodías.

Un día, mientras está sacando brillo al escritorio del jefe de la música en Moscú, cae en sus manos un fax del Teatro Chatelêt invitando a la orquesta del Bolshoi a tocar en la ciudad de la luz. Entonces, Andrei Filipov urde un plan tan emocionante como descabellado para reunir a su antigua orquesta y viajar a Paris. Intentando recuperar su prestigio y su honor, el director de orquesta y su amigo violonchelista Sacha, subidos en ambulancia (vehículo de trabajo de este último) se lanzan a la tarea de encontrar músicos e instrumentos.

Entre un Moscú que huele a comunismo podrido y sobredosis de ironía y un Paris de grandes lujos y monumentos, van pasando los minutos sin que apenas te des cuenta. Puede que algunos acusen a esta película de excederse en los tópicos o incluso naufragar en la inverosimilitud, pero yo creo que el género de la comedia permite a los directores ciertas licencias. Y, en este caso, el director,  Radu Mihaileanu consigue que el público se ría. No hay mayor placer en el cine que descubrir, al girar la cabeza en la oscuridad de la sala, un montón de caras que sonríen.


Que más da que los rusos no sean tan escandalosos, mafiosos o jetas como los pintan. Que más da que los franceses tampoco sean en realidad tan cursis, contenidos o alelados. El caso es que entre los personajes de esta película (tanto protagonistas como secundarios), y el espectador, se establece una relación de complicidad  que es la mejor virtud de esta película. El gitano virtuoso, el agente que es un nostálgico del comunismo, el amigo sensato y tierno, el músico que quiere hacer negocio vendiendo caviar en Paris.....son pequeñas ventanas por las que entra a raudales la luz, pequeños retratos que mejoran el cuadro completo.

Quizá para mí la única pega de esta película es que, a fuerza de insistir en la comedia, la dramática historia que protagoniza la violinista francesa (no desvelo más) parece menos creíble y eso hace que se desvanezca un poco esa lección histórica sobre las dictaduras soviéticas que el director también quiere contar.

A pesar de ello esta película es una historia emocionante y divertida. La escena final, el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, son, probablemente, los mejores doce minutos que he visto en el cine en mucho tiempo. Doce maravillosos minutos en los que la música te pone la piel de gallina y las miradas entre los personajes transmiten un amor por la música que atraviesa cualquier pantalla de cine. Suena, más o menos, así, aunque en el cine, suena mucho mejor.

29/1/10

Up in the air

Ayer volvió el frío helador a Madrid y yo me resguardé en el cine. El último recuerdo de una pantalla tamaño XXL era una escena de presidarios reclamando justicia así que había que volver a recolectar historias.

Cines Renoir en la Calle Narváez y osos de gominolas en el bolsillo. Silencio, algún despistado que entra tarde, color negro y… empieza la película. La primera canción, "This Land is Your Land" es una premonición. Y si no, dadle al play y seguid leyendo:


Supongo que como gentes cultas y con inquietudes que sois, habreís leido algo acerca del argumento de esta película de Jason Reitman, también autor de la estupenda "Juno". Repaso express: La historia de un tipo que se dedica a despedir a la gente. No a mover la mano cuando subes a un avión ni a decir “escribe cuando llegues”. Un despedidor en toda regla, de los que deja a la gente en la calle.

Esta película podría haber sido solamente la historia de Ryan Bingham, un tipo sin escrúpulos que destroza vidas y carreras, que trunca sueños y trae malas noticias. Pero no es así. Es una historia sobre el mundo en el que nos ha tocado vivir, lleno de baches y zanjas. Una historia sobre el placer de estar solo y el miedo a la soledad. Una historia de una persona que guarda su fortuna en decenas de tarjetas y se enorgullece de no tener hogar ni recuerdos. Sobre un tipo que vuela sin cesar para evitar el peso de la gravedad, de lo que no cambia nunca.

El guión es, simplemente, genial, desborda ironía en cada escena. Los personajes están bien construidos y cuando apenas han transcurrido unos minutos, te has encariñado con ellos. La chica joven de apariencia ingenua que está aprendiendo a vivir. La mujer que ya ha vivido y esconde un secreto. Hasta un personaje secundario, una caricatura del piloto de avión (ese señor con una gorra blanca impoluta al que todos quisimos conocer alguna vez), te arranca una sonrisa.

Evidentemente, también hay una historia de amor. Solitario atractivo conoce a solitaria atractiva y saltan chispas. Pero luego nada resulta ser como parecía. Qué sorpresa, como en la vida misma.

Y diréis…¿tan estupenda es esta película, ni una sola pega? Sí, una. No me acabo de tragar el personaje de George Clooney, no puede ser tan desquiciadamente perfecto dedicándose a destrozar la vida a la gente. Es que no es tan perfecto. Por eso sigue huyendo.

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