Aquella niña se parecía tanto a tí que
has querido avisarla
guarda el primer diente roto y el último calcetín perdido
has querido abrazarla los próximos diez años
mira bien los gestos de tu padre y grábalos en tus brazos de arena,
tan finos que se escapan.
Aquella niña hacía música con un caleidoscopio
porque mirar no era bastante
y se escondía en cabañas de paraguas
porque la lluvia era el verano.
Aquella niña
ya no es
Pero, a veces,
la risa atragantada, la inocencia en los vagones,
la piel ganada por cosquillas
lo imposible atado en lazos rojos
la niña vuelve a ser.
12/6/12
30/5/12
Cartas de amor abandonadas
A veces recojo papeles de la calle. Aunque me atemoriza que esta manía me acabe llevando a los brazos de Diógenes, he de puntualizar: mi delicada espalda de urbanita no se agacha por cualquier trozo mugriento de papel. Soy una sibarita de los deshechos que cortan dedos. Sólo me llaman la atención los textos manuscritos. La mayoría de las veces resultan ser chorradas. Algún número de teléfono. Ortografía con cierta manía persecutoria. Listas de compra con los pimientos tachados y la leche en mayúsculas. Cosas así. Pero algunos días me encuentro pequeños tesoros. O eso me parecen a mí. El domingo pasado, caminito de uno de esos banquetes familiares en los que salen fuentes de comida como conejos de chisteras, me fijé en que había un papel azul doblado en un banco. Y esto es lo que decía.
Repasemos la misiva porque tiene miga.
Alex:
Estoy muy contenta y agradecida por haberme encontrado este año contigo.
Eres la única personita que me hace ir con una chispita de ilusión cada día a clase y me da ánimo y esperanza. Muchas gracias por hacerme sentir siempre bien.
Lucy
¿A vosotros qué os parece? A mí al principio me insufló litros de ternura. Me imaginé a la tal Lucy. 10 años. Primer amor. Niña solitaria a la que sus compañeros tratan mal. Cargando una mochila rosa tamaño maleta ryanair y un estuche con la forma de un oso panda lleno de rotuladores secos. Pero tras los primeros segundos, recapacité. Una niña de 11 años en 2012 no escribe así de correctamente. Y me apostaría una oreja (y las mías son grandes) a que los mochuelos de esta edad piensan que Chispita sólo puede ser un perro blanco tamaño lilliput. Así que la ternura inconsciente fue sustituida por un bufido de enfado. Estoy casi segura de que la tal Lucy tiene al menos 16 años. Una de las pistas clave es un logrado y extremadamente cursi dibujo de unas flores que acompaña la carta y que vosotros no véis porque el zoom es así de paradójico, oculta información. Pensé: ¡Diantres! 16 años, dos diminutivos y una cara sonriente. Lucy está muy verde en esto de las cartas de amor. A Lucy alguien tiene que explicarle cómo se escribe una carta de amor. Consejos básicos. Encabezamiento. Contar una historia. Emoción. Un poco de erotismo. Revelación de secretos. Algo como a que no sabes dónde he vuelto hoy, donde solíamos gritar. Pensé, también, que deberíamos escribir muchas más cartas de amor. Simplemente por el placer de recrearse en palabras llenas de fuerza y de ilusión. Y por la alegría de guardarlas en un cajón secreto y repasarlas al cabo de los años. Porque el romanticismo es como lo que dice tu madre de las gambas: ¡Deja, deja, que siempre te dejas lo mejor!
En Alex no me entretuve mucho. Me pareció un cretino de tres pares de orificios por haber dejado la carta ahí abandonada, a punto de achicharrarse bajo el sol. Mi hermana dice que tal vez no la olvidó, que puede que a Lucy le entrara en el último momento el pánico escénico. Sea como fuera, Lucy, querida mía, si me estás leyendo te invito a un café y te enseño mis cartas de amor. Será el principio de una larga amistad.
28/5/12
Estelas en la mar
Mi abuela María estuvo tres años seguidos sin salir de casa. Ella tenía 18 años, vivía con su madre y sus abuelos. Su padre se entregó para salvar a su hijo, que se fue a Madrid para aprender cómo se utiliza una guerra. Pero mi abuela estaba en casa. Cuidaba animales pequeños. Tenía un vestido de los domingos y ningún libro. Escuchaba las historias de su abuela. 19. 20. Años. Suplicaba a los relojes que avanzaran, sin saber que en la carretera los cadáveres guardaban también relojes en los bolsillos.
¿Qué son tres años, María?-me dice ahora
De 1936 a 1939 España sangraba muerte y hambre, lloraba hielo negro y escarcha y no había caminos que andar. Pero tres años no son nada, María, me dice mi abuela.
¿Cómo supo que el futuro puede ser de otra manera, a pesar de que tardó tres años en enterrar a su padre?
¿Cómo pudo volver a llenarse de risa para tapar los alaridos que escuchaba de la cárcel cercana?
Y sólo entonces comprendo que todos nuestros miedos son como enormes estatuas de sal. Hay que seguir hacia adelante. En algún momento aparecerá el mar.
¿Qué son tres años, María?-me dice ahora
De 1936 a 1939 España sangraba muerte y hambre, lloraba hielo negro y escarcha y no había caminos que andar. Pero tres años no son nada, María, me dice mi abuela.
¿Cómo supo que el futuro puede ser de otra manera, a pesar de que tardó tres años en enterrar a su padre?
¿Cómo pudo volver a llenarse de risa para tapar los alaridos que escuchaba de la cárcel cercana?
Y sólo entonces comprendo que todos nuestros miedos son como enormes estatuas de sal. Hay que seguir hacia adelante. En algún momento aparecerá el mar.
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