A veces tengo la sensación de vivir en un mundo lleno de grietas, un lugar de aparente calma con gigantescas goteras que, un día, acabarán por encharcarlo todo. Hoy, más que nunca, el título de este blog tiene un significado.
Dentro de unos minutos se acaban las veinticuatro horas de huelga general. Como era previsible, esta huelga, se ha quedado en una protesta que no ha logrado paralizar el país, algunos piquetes furiosos y una cadena de televisión que no está emitiendo nada.
Ahora que las manecillas del reloj llegan a la meta y yo llego a casa con síntomas de anginas en la garganta y la cabeza llena de titulares y entradillas, me gustaría dejar aquí alguna reflexión sobre el (insértese adjetivo según convenga) mundo laboral.
En general, voy a ser sincera, estoy cabreada. Cabreada porque me revienta escuchar a mi alrededor que la huelga era una pantomima, un teatro, un chiste. Cabreada porque mañana todos los periódicos pondrán el acento en Méndez y Toxo y al final (como siempre) del trabajador individual no se acuerda nadie. Cabreada porque acaparen la atención unos cuantos violentos con sed de llamas y bronca y no los que protestan pacíficamente. Cabreada con la falta de solidaridad y con quien se queja simplemente por llegar un poco tarde: ¡es un día!. Pero sobre todo, cabreada porque no hice huelga y me arrepiento y aquí está el por qué:
Pensé que de nada servía a una becaria precaria como yo acudir a la huelga porque mucho antes de la reforma, antes de la crisis, ahora y seguramente durante otro largo rato, los jóvenes son los eternos olvidados. La generación perdida. Los futuros dirigentes convertidos a mendigos. La ilusión borrada. Ni los sindicatos nos nombran, ni las empresas nos necesitan.
Pero de repente, estuve hablando con la gente. Con amigos y amigas, con mi madre (la más sabia entre las sabias), con compañeros, con algunos que pasan de todo y con otros que salen por la noche a armar jaleo con cacerolas. Y pensé que los jóvenes teníamos cientos, miles de motivos no sólo para hacer huelga sino para protestar, activamente. Y desaprovechar cualquier ocasión de hacerlo es, creo yo, admitir la derrota.
En realidad, este 29 de septiembre, me ha servido para reflexionar y darme de bruces, otra vez, con este mundo que no me gusta un pelo. He recordado los maravillosos reportajes que está haciendo EL PAIS sobre la generación pre-parada, que leo cada día y que me alegra ver siempre entre lo más leido en el periódico cuando normalmente este honor se lo lleva algún tema relacionado con el sexo o la muerte. Pero de nuevo me indigna que en la misma empresa, Prisa, la CADENA SER trate de forma absolutamente degradante a los becarios, a los que mantiene en esta precariedad, cobrando 300 euros, prometiéndoles un contrato que al final, nunca llega.
Y son muchas cosas más. Tantas, que no me caben aquí y no quiero que esto se acabe convirtiendo en un panfleto. Lo que de verdad me da miedo es darme cuenta del horrible bucle en el que estamos inmersos. Por una parte, es cierto y desolador que abunda un prototipo de joven aislado y conformista. Pero por otro lado ¿cómo pretender que renazca en esta sociedad el espíritu crítico cuando todo está ya pensado y con 25 o 30 seguimos teniendo que pedir dinero para tomar una cerveza? Quiero ver un futuro de progreso, pero no paro de ver sombras, muros y miedos.
30/9/10
31/8/10
Ésto no es poesía
Old beauty
El final del verano camina a mi lado y me hace daño
Me recuerda que hoy ha dejado ya de serlo.
Un día en el que se han encontrado dos soles
muerto personas a unos cientos de metros
vendido sueños a cualquier precio
manipulado gestos con la varita mágica
sin dueño
Ni siquiera la música es un consuelo
Cuando sabes que los días...y los días... forman sólo un espejo.
Ni siquiera tu sonrisa es un recuerdo
Cuando detrás esperan frascos azules llenos de agua que dicen es veneno
inunda todo, contagia todo, envuelve casi todo.
Y hoy ya ha dejado de serlo
Copas de vino
Quiero brindar
Por todas las copas de vino vacías,
porque a veces ocurre:
las pequeñas arrugas en tu ojo derecho cuando ríes
la espalda en los abrazos
el aliento gota a gota
el tacto del calor entre paredes amarillas
y las fotos de cuando éramos niños
Admito que en algunas esquinas te pierdo la sombra
Discusiones torcidas
en laberintos donde viven tortugas hambrientas
Pero
¿qué pasa con los instantes?
¿con los gritos, los códigos, las películas,
y aquel trozo de mar al que nos asomamos?
No sé de qué color son las mañanas de diciembre
Y tu…sigues contando
El final del verano camina a mi lado y me hace daño
Me recuerda que hoy ha dejado ya de serlo.
Un día en el que se han encontrado dos soles
muerto personas a unos cientos de metros
vendido sueños a cualquier precio
manipulado gestos con la varita mágica
sin dueño
Ni siquiera la música es un consuelo
Cuando sabes que los días...y los días... forman sólo un espejo.
Ni siquiera tu sonrisa es un recuerdo
Cuando detrás esperan frascos azules llenos de agua que dicen es veneno
inunda todo, contagia todo, envuelve casi todo.
Y hoy ya ha dejado de serlo
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Quiero brindar
Por todas las copas de vino vacías,
porque a veces ocurre:
las pequeñas arrugas en tu ojo derecho cuando ríes
la espalda en los abrazos
el aliento gota a gota
el tacto del calor entre paredes amarillas
y las fotos de cuando éramos niños
Admito que en algunas esquinas te pierdo la sombra
Discusiones torcidas
en laberintos donde viven tortugas hambrientas
Pero
¿qué pasa con los instantes?
¿con los gritos, los códigos, las películas,
y aquel trozo de mar al que nos asomamos?
No sé de qué color son las mañanas de diciembre
Y tu…sigues contando
30/8/10
Escenas de realidad
El otro día vi una película sorprendente y dramática a pesar de que sus protagonistas bailaran alrededor de una pista de baile sin cesar. Hoy he visto una película amarga y rocambolesca a pesar de la preciosa escena en la Fontana di Trevi.
Quería escribir sobre lo que he visto tumbada en el sofá rojo del que ya he hablado en alguna ocasión, pero en realidad creo que esto que vais a leer un par de líneas más abajo no son más que un montón de miedos y deseos filtrados a través de algunos fotogramas antiguos.
La primera de las películas se llama Danzad, danzad, malditos, aunque su título original no tiene (como en muchas ocasiones) nada que ver: They shoot horses don’t they?. Dirigida por Sydney Pollack hace 40 añitos, la historia transcurre en un único escenario: Una pista de baile, con forma de elipse, rodeada de gradas. En plena Gran Depresíón, se organiza un maratón de baile al que acuden parejas desde todas partes de Estados Unidos. La pareja que aguante más tiempo sin parar de bailar recibirá un premio: 1.500 dólares. Llegan muchos y todos comparten una misma tragedia: no tienen dinero. Así que bailan y bailan, hasta que apenas mueven los pies, hasta uno sobre otro tienen que apoyarse para continuar mientras el escenario de sudor y cansancio se va llenando de gente que quiere ver un circo camuflado de concurso, la degradación tapada con esfuerzo.
La otra película es La dolce vita, de Federico Fellini (1960). El protagonista es un periodista de esos que ahora llaman del corazón, Marcello. Guapo, cautivador y adicto a las mujeres, sufre una horrible enfermedad que le atormenta día y noche: nunca nada es suficiente. Así, su vida se vuelve el exceso por el exceso, las mujeres se amontonan, las fiestas se vuelven grotescas, y el olor a podrido se extiende incluso a lo que parecía intocable. Marcello está metido de lleno en el mundo de los flashes de los paparazzis, de las traiciones y los tragos de más.
Dos grandes películas que, si no habéis visto aún, recomiendo.
Pero lo que me ha hecho ponerme delante de este teclado ruidoso es lo que estas dos películas, creo, tiene en común: sus personajes buscan, desesperadamente, algo que no tienen. A veces no lo encuentran porque lo que quieren y necesitan escasea tanto que, a pesar del esfuerzo, se hace imposible alcanzarlo: no hay dinero, se ha roto el famoso sueño americano, no hay salida. Otras veces, no lo encuentran porque lo que ansían es un ideal, porque no existe la vida perfecta, fácil y plena.
Cuando la pantalla del salón se vuelve negra de nuevo y me pongo a recoger los restos de palomitas y dulces brebajes, me paro a pensar. Incluso siendo afortunados, estando aquí y ahora, con la vida más o menos resuelta, los bolsillos más llenos que vacíos y algunos diminutos triunfos (simples etapas de la vida) a la espalda….incluso así: qué cerca puede estar el vacío y que poco nos damos cuenta.
Quería escribir sobre lo que he visto tumbada en el sofá rojo del que ya he hablado en alguna ocasión, pero en realidad creo que esto que vais a leer un par de líneas más abajo no son más que un montón de miedos y deseos filtrados a través de algunos fotogramas antiguos.
La primera de las películas se llama Danzad, danzad, malditos, aunque su título original no tiene (como en muchas ocasiones) nada que ver: They shoot horses don’t they?. Dirigida por Sydney Pollack hace 40 añitos, la historia transcurre en un único escenario: Una pista de baile, con forma de elipse, rodeada de gradas. En plena Gran Depresíón, se organiza un maratón de baile al que acuden parejas desde todas partes de Estados Unidos. La pareja que aguante más tiempo sin parar de bailar recibirá un premio: 1.500 dólares. Llegan muchos y todos comparten una misma tragedia: no tienen dinero. Así que bailan y bailan, hasta que apenas mueven los pies, hasta uno sobre otro tienen que apoyarse para continuar mientras el escenario de sudor y cansancio se va llenando de gente que quiere ver un circo camuflado de concurso, la degradación tapada con esfuerzo. La otra película es La dolce vita, de Federico Fellini (1960). El protagonista es un periodista de esos que ahora llaman del corazón, Marcello. Guapo, cautivador y adicto a las mujeres, sufre una horrible enfermedad que le atormenta día y noche: nunca nada es suficiente. Así, su vida se vuelve el exceso por el exceso, las mujeres se amontonan, las fiestas se vuelven grotescas, y el olor a podrido se extiende incluso a lo que parecía intocable. Marcello está metido de lleno en el mundo de los flashes de los paparazzis, de las traiciones y los tragos de más.
Dos grandes películas que, si no habéis visto aún, recomiendo.
Pero lo que me ha hecho ponerme delante de este teclado ruidoso es lo que estas dos películas, creo, tiene en común: sus personajes buscan, desesperadamente, algo que no tienen. A veces no lo encuentran porque lo que quieren y necesitan escasea tanto que, a pesar del esfuerzo, se hace imposible alcanzarlo: no hay dinero, se ha roto el famoso sueño americano, no hay salida. Otras veces, no lo encuentran porque lo que ansían es un ideal, porque no existe la vida perfecta, fácil y plena. Cuando la pantalla del salón se vuelve negra de nuevo y me pongo a recoger los restos de palomitas y dulces brebajes, me paro a pensar. Incluso siendo afortunados, estando aquí y ahora, con la vida más o menos resuelta, los bolsillos más llenos que vacíos y algunos diminutos triunfos (simples etapas de la vida) a la espalda….incluso así: qué cerca puede estar el vacío y que poco nos damos cuenta.
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