9/5/10

Te espero en los conciertos

La piel de gallina. Metros de distancia desde el escenario hasta esta butaca. Entonces suenan unos acordes repasados miles de veces, una guitarra rasgada y una voz. Es como estar en todos lugares y en ninguno; al borde de las lágrimas sin sentido; en los márgenes de todas las páginas que te quedan por escribir.

Los años, los discos y los besos pasan volando sin que pueda atraparlos. Los recuerdos se enredan mientras en voz baja canto esa canción que siempre despierta los fantasmas y los sueños.

Alrededor, dos caras amigas y tantas otras invisibles. Pero todas esas pupilas comparten algo. Esa alegría efímera que dentro de unos minutos empezará a gotear por las paredes de este edificio abarrotado. Comparten la ilusión y el pasado.

Vuelvo a casa con la huella de un par de canciones infinitas. Pero algo ha cambiado.

No todos los viajes al pasado son buenos. A veces recuerdas más de lo que puedes soportar. A veces ciertas canciones encienden deseos que parecían apagados. Ni siquiera la lluvia insistente después de medianoche borra algunos miedos.

La mañana después hay dos opciones: caminar por las aristas de la melancolía o quizás....quizás me decida a ser valiente.



----------------------------------------------------------------------------------

Palabras después del concierto de Quique Gónzalez en el Palacio de Congresos (7/05/2010)

7/5/10

Velos y Desvelos

Érase una vez una chica de 16 años llamada Nawja. Nunca había aparecido en los periódicos, ni en las televisiones, ni en boca de todos. Pero, un día, un pañuelo sobre su cabeza, le abrió las puertas de la fama.

En el colegio público al que acudía, existía una norma que decía así: “en el interior del edificio no se permitirá el uso de gorras ni de ninguna otra prenda que cubra la cabeza”.

Es muy probable que, antes de Nawja, otros muchos adolescentes con brotes de rebeldía hayan acudido a esas mismas aulas con gorros en la cabeza y tras un “Quítate eso”, problema resuelto. Quizá incluso haya ocurrido que algún niño enfermo de cáncer y sufriendo las consecuencias de la quimioterapia, haya entrado en clase cubriéndose la cabeza con un pañuelo. Pero el dedo acusador sólo apunta al hiyab. Y aun así, desde este colegio de Pozuelo se apresuran en decir que aquí no entran cuestiones de religión ni de cultura.

Una vez encendida la mecha, la explosión es inminente. Los medios de comunicación se suben al tren de la polémica y se visten de palabras vacías, intoxicadas.  Luego, ese tren va perdiendo velocidad y llega el silencio. Ahora que en las portadas se vuelve a hablar de Grecia e Inglaterra, hay que decir algunas cosas sobre todo este asunto del hiyab.

España no es un estado laico (que separa Estado e Iglesia y que, entre otras cosas, no permite símbolos religiosos en el espacio público), ni laicista (el Estado rechaza todas las religiones). Es un estado aconfesional, y esto implica que, aunque ninguna confesión tiene carácter estatal, los poderes públicos deben tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española. No lo digo yo, lo dice la Constitución Española, que también recuerda que existen acuerdos de colaboración con todas las confesiones religiosas y, en concreto, con la Iglesia Católica. De manera que los intentos de eliminar cualquier símbolo religioso de espacios públicos deberán sortear ciertos obstáculos en el plano legal; por no hablar del sociológico ya que este país, acuda o no a misa, se declara, en su mayoría, católico (Barómetro del CIS de 2008: el 72% de los encuestados se declaró católico)

Numerosas voces claman estos días contra el velo islámico repitiendo que es éste el símbolo de la discriminación de la mujer en el Islam. Si la discriminación de la mujer en el Islam sólo se manifestara en el velo, ello sería  más bien motivo de alegría y no de enfado. ¿De verdad alguien se cree que si se prohibe el velo se acaba para siempre con la discriminación?

Además, detrás de discursos que pretenden ser odas a la tolerancia, se esconde un absoluto desconocimiento de una frase tan cierta como simple: “En todas partes cuecen habas”. ¿Qué quiero decir? Pues que la discriminación de la mujer es el lastre de la inmensa mayoría de las religiones del mundo. Sin ir más lejos, dice el Génesis “3:16 A la mujer le dijo: "Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”.

No sé cual es la solución al problema, ni cuanto de utópico tiene el deseo de construir una sociedad multicultural en la que se respeten todas las religiones y creencias. Pero si creo en la libertad por encima de la prohibición. Cualquier manifestación de una religión, creencia o ideología que no atente contra los derechos fundamentales del resto de las personas debería estar permitida.

..........................................................................

Aquí, unas palabras de Manuel Vicent sobre este tema. Muy acertado, como siempre

"Es inenarrable la cantidad de cosas que se ha puesto la gente en la cabeza desde el inicio de la historia. Algo muy extraño debe de esconder el cerebro cuando existe el instinto de cubrirlo o de prolongarlo con toda clase de prendas y cachivaches, cada uno con un significado: el velo, la mantilla, la gorra de plato, el solideo, el kipá, la tiara, la toca, el sombrero borsalino de Al Capone, el casco, el gorro de cocinero, el bonete, el turbante, la corona imperial o la boina capona"

20/3/10

El concierto

El concierto es la historia de un músico condenado al olvido que quiere recuperar el prestigio, la batuta y los aplausos. Andrei Filipov, “el Maestro” obsesionado con Tchaikovsky, es expulsado del Teatro Bolshoi por su amistad con varios músicos judíos. Varias décadas después, sigue repasando partituras en su cabeza mientras limpia las butacas del Teatro en el que, una vez, ordenó melodías.

Un día, mientras está sacando brillo al escritorio del jefe de la música en Moscú, cae en sus manos un fax del Teatro Chatelêt invitando a la orquesta del Bolshoi a tocar en la ciudad de la luz. Entonces, Andrei Filipov urde un plan tan emocionante como descabellado para reunir a su antigua orquesta y viajar a Paris. Intentando recuperar su prestigio y su honor, el director de orquesta y su amigo violonchelista Sacha, subidos en ambulancia (vehículo de trabajo de este último) se lanzan a la tarea de encontrar músicos e instrumentos.

Entre un Moscú que huele a comunismo podrido y sobredosis de ironía y un Paris de grandes lujos y monumentos, van pasando los minutos sin que apenas te des cuenta. Puede que algunos acusen a esta película de excederse en los tópicos o incluso naufragar en la inverosimilitud, pero yo creo que el género de la comedia permite a los directores ciertas licencias. Y, en este caso, el director,  Radu Mihaileanu consigue que el público se ría. No hay mayor placer en el cine que descubrir, al girar la cabeza en la oscuridad de la sala, un montón de caras que sonríen.


Que más da que los rusos no sean tan escandalosos, mafiosos o jetas como los pintan. Que más da que los franceses tampoco sean en realidad tan cursis, contenidos o alelados. El caso es que entre los personajes de esta película (tanto protagonistas como secundarios), y el espectador, se establece una relación de complicidad  que es la mejor virtud de esta película. El gitano virtuoso, el agente que es un nostálgico del comunismo, el amigo sensato y tierno, el músico que quiere hacer negocio vendiendo caviar en Paris.....son pequeñas ventanas por las que entra a raudales la luz, pequeños retratos que mejoran el cuadro completo.

Quizá para mí la única pega de esta película es que, a fuerza de insistir en la comedia, la dramática historia que protagoniza la violinista francesa (no desvelo más) parece menos creíble y eso hace que se desvanezca un poco esa lección histórica sobre las dictaduras soviéticas que el director también quiere contar.

A pesar de ello esta película es una historia emocionante y divertida. La escena final, el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky, son, probablemente, los mejores doce minutos que he visto en el cine en mucho tiempo. Doce maravillosos minutos en los que la música te pone la piel de gallina y las miradas entre los personajes transmiten un amor por la música que atraviesa cualquier pantalla de cine. Suena, más o menos, así, aunque en el cine, suena mucho mejor.