Me da
igual que se acabe el mundo. Me río de las profecías agoreras de los mayas sorbiéndonos
el seso, porque podemos palmarla cualquier día. Sólo hay una
diferencia. Si se acaba el mundo, morimos todos a la vez. Millones de almas, blancas,
negras y corruptas, convertidas en ceniza a las once de la mañana. Devorados
por enormes perros con mandíbulas de tiburón. Ahogados en un mar contaminado
de edulcorante y leche de soja. Sepultados por un dominó de edificios vacíos de
hormigón. Quizás –en mi guión-, quedándonos
dormidos en una hilera de camas a lo largo de un horizonte salado, o lanzando contenedores de plástico en llamas contra asesinos sin nombre. Joder, una
muerte así sería heroica. Memorable. La muerte dramática con la que todo el
mundo sueña, ya lo avisó Nacho Vegas.
Lo
que aterra, lo que de verdad da miedo es morirnos solos. Sin avisar, sin
despedirte, sin nadie que te abrace. Absolutamente solos. Y por eso, sólo por
eso, cada día debería ser una oportunidad para hacer algo, por pequeño que sea, que merezca la pena. Algo que brille aunque ahí fuera sólo haya señales del maldito Apocalipsis.
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Summer Rain. Lukas Kozmus |
1 comentario:
Muy acertada la distinción entre La Vida y cada vida. La primera es profunda y grandilocuente. La segunda es absurda y vulgar.
El reto -acaso mi reto- es invertir los papeles.
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